Flavonoides y cáncer de mama: ¿qué encontró un estudio en mujeres de Chiapas?

Un estudio de casos y controles comparó la alimentación de 123 mujeres en Tapachula. Explicamos sus asociaciones, sus límites y por qué no prueban que un alimento prevenga el cáncer de mama.

Ilustración de una entrevista de investigación sobre alimentación saludable y cáncer de mama en mujeres de Chiapas.

¿Puede la alimentación ayudar a reducir el riesgo de cáncer de mama? Es una pregunta relevante, pero también fácil de convertir en promesas que la ciencia todavía no puede sostener.

Un estudio realizado en Tapachula exploró si el consumo habitual de alimentos ricos en flavonoides y otros polifenoles era diferente entre mujeres con y sin diagnóstico de cáncer de mama. Encontró varias asociaciones que merecen seguir investigándose. Sin embargo, no demostró que un alimento, una bebida o estos compuestos por sí solos prevengan la enfermedad.

La diferencia entre encontrar una asociación y probar una causa es el punto central para interpretar los resultados.

¿Qué son los flavonoides y los polifenoles?

Los polifenoles son compuestos producidos por las plantas. Dentro de este grupo se encuentran los flavonoides. Están presentes en frutas, verduras, leguminosas, cereales, semillas, nueces, té, especias y otros alimentos de origen vegetal.

En estudios experimentales se han investigado por sus posibles efectos antioxidantes, antiinflamatorios y sobre distintos procesos celulares. Pero que una sustancia produzca un efecto en el laboratorio no significa automáticamente que un alimento evite el cáncer en personas. En la vida real influyen el patrón completo de alimentación, las cantidades, la preparación, otros hábitos, la genética y numerosos factores clínicos y sociales.

¿Cómo se realizó el estudio?

La investigación incluyó a 123 mujeres atendidas en la Unidad de Medicina Familiar No. 11 del IMSS, en Tapachula, entre 2019 y 2021:

  • 42 tenían antecedente de cáncer de mama confirmado mediante estudio histopatológico;
  • 81 formaron el grupo de comparación y contaban con una mastografía BI-RADS 1 o 2, es decir, sin hallazgos sospechosos de cáncer.

Mediante un cuestionario se preguntó con qué frecuencia consumían distintos alimentos ricos en compuestos fenólicos. También se recopilaron datos como edad, peso, actividad física, antecedentes familiares, consumo de alcohol y tabaco, historia reproductiva, uso de hormonas y tiempo desde el último estudio de detección.

Se trató de un estudio de casos y controles: se comparó retrospectivamente la exposición alimentaria de ambos grupos. Este diseño es útil para detectar señales y proponer nuevas preguntas, pero no permite establecer por sí solo una relación de causa y efecto.

¿Qué encontraron?

Las mujeres con cáncer de mama tenían una edad promedio de 57.4 años, frente a 52.4 años en el grupo de comparación. El tipo histológico más frecuente entre los casos fue el carcinoma ductal.

En los análisis de cada alimento por separado aparecieron asociaciones entre una menor probabilidad de pertenecer al grupo con cáncer y el consumo de algunos frutos rojos, tomate, cebolla, jengibre, soya, ejote, trigo, nueces o semillas, chocolate, té, clavo, menta y aceite de oliva, entre otros.

No se observó una señal uniforme. La frecuencia de consumo modificó algunas asociaciones y ciertos resultados fueron discordantes; por ejemplo, las estimaciones para aguacate y chile cambiaron según la categoría analizada. Esto recuerda que no puede extraerse una lista de alimentos “protectores” a partir de estas tablas.

En el modelo que consideró conjuntamente variables clínicas y reproductivas, la menopausia después de los 55 años se asoció con mayores posibilidades de pertenecer al grupo con cáncer. También apareció una asociación con haber dejado pasar más de tres años desde el último estudio de detección, aunque la estimación fue imprecisa y no debe interpretarse como una causa de la enfermedad.

Por qué estos resultados requieren cautela

El estudio aporta información local valiosa y poco frecuente en Chiapas. A la vez, tiene límites importantes:

  1. Asociación no significa causalidad. El diseño retrospectivo no puede demostrar que el consumo de un alimento haya evitado o provocado cáncer.
  2. La muestra fue pequeña y localizada. Participaron 123 mujeres de una sola unidad; los resultados no representan automáticamente a todas las mujeres de Chiapas o de México.
  3. La dieta se reconstruyó mediante memoria. Recordar lo que se consumía antes del diagnóstico puede ser difícil, y algunas mujeres pudieron modificar su alimentación después de enfermar.
  4. Se hicieron muchas comparaciones. Al analizar numerosos alimentos y frecuencias por separado, aumenta la posibilidad de encontrar asociaciones por azar.
  5. Varias estimaciones fueron inestables. Algunos intervalos de confianza fueron muy amplios y hubo categorías con pocas participantes.
  6. Los hallazgos alimentarios fueron principalmente análisis separados. Por ello pueden estar influidos por edad, actividad física, peso, acceso a servicios u otras diferencias entre los grupos.

Estos límites no anulan el estudio. Definen su aporte real: generar hipótesis que necesitan comprobarse con muestras más grandes, seguimiento prospectivo y análisis del patrón alimentario completo.

¿Qué significa para la vida cotidiana?

La conclusión práctica no es añadir un alimento específico al menú ni tomar suplementos de flavonoides. La evidencia de salud pública respalda un patrón de alimentación variado, con frutas, verduras, leguminosas, cereales integrales y nueces, además de actividad física y mantenimiento de un peso saludable.

Tampoco debe interpretarse una asociación aislada con el vino como una recomendación. El consumo de alcohol es un factor de riesgo reconocido para cáncer de mama; no es aconsejable comenzarlo o aumentarlo con fines preventivos.

Una alimentación saludable puede formar parte del cuidado general, pero no sustituye la valoración médica, la detección oportuna ni el tratamiento. Ante una masa en la mama, cambios en la piel o el pezón, secreción anormal o cualquier hallazgo nuevo, conviene solicitar evaluación profesional.

El siguiente paso de la investigación

El valor de este trabajo está en abrir una línea de investigación situada en la población de Chiapas. Los próximos estudios podrían evaluar cantidades y preparaciones, agrupar alimentos en patrones dietéticos, medir mejor otros factores de riesgo y seguir a las participantes a lo largo del tiempo.

Así será posible distinguir una señal verdadera de una coincidencia estadística y comprender si la alimentación contribuye al riesgo dentro de un contexto mucho más amplio.

Karla Reyna Navarro Fuentes fue primera autora y autora de correspondencia del estudio; Héctor Armando Rincón León participó como coautor.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.

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