Zika o dengue: ¿por qué una sola muestra puede no bastar?

Un estudio en Tapachula mostró que repetir y combinar pruebas en distintos momentos puede identificar infecciones por Zika y dengue que una sola muestra omitiría.

Una persona consulta por fiebre, sarpullido, dolor muscular y malestar. Vive en una región donde circulan varios virus transmitidos por mosquitos. Se toma una muestra, la prueba resulta negativa y surge una pregunta inevitable: ¿ese resultado descarta realmente la infección?

No siempre. Una prueba de laboratorio es una fotografía tomada en un momento específico. El virus puede estar presente en una cantidad demasiado baja para ser detectado, desaparecer pronto de la sangre o encontrarse en otra muestra. Los anticuerpos, por su parte, tardan en aparecer y pueden parecerse a los producidos frente a otros virus relacionados.

Esta dificultad fue el centro de un estudio realizado en Tapachula, Chiapas, durante la epidemia de Zika. El trabajo mostró que analizar muestras en distintos momentos mejoró la identificación de infecciones por Zika y dengue. También reveló por qué un resultado aislado debe interpretarse junto con los días de evolución, los síntomas, el lugar de exposición y las limitaciones de cada prueba.

Dos tipos de señales: el virus y la respuesta del organismo

Las pruebas moleculares, como la RT-PCR, buscan material genético del virus. Cuando detectan una señal específica en una muestra adecuada, aportan evidencia directa de una infección actual. Su principal dificultad es el tiempo: la cantidad de ARN viral cambia a lo largo de la enfermedad y puede ser baja o durar poco.

Las pruebas serológicas buscan anticuerpos, principalmente IgM e IgG. La IgM suele relacionarse con una infección reciente, mientras que la IgG puede permanecer durante mucho tiempo y reflejar exposiciones pasadas. Estas pruebas amplían la ventana diagnóstica, pero plantean otro problema: Zika y dengue pertenecen a la misma familia de virus y sus anticuerpos pueden reaccionar de forma cruzada.

En términos sencillos:

  • La RT-PCR intenta encontrar al virus.
  • La serología busca la huella que dejó la respuesta inmunitaria.
  • Ninguna medición aislada cuenta necesariamente toda la historia.

El momento de la muestra modifica lo que podemos encontrar

Al inicio de una infección, el virus puede detectarse mediante una prueba molecular. Conforme pasan los días, esa señal puede disminuir, mientras los anticuerpos comienzan a aumentar. Por eso, una misma persona puede tener resultados diferentes según el día en que se tome la muestra.

Un resultado negativo tampoco tiene el mismo significado en todas las circunstancias. Puede indicar que no hubo infección, pero también que la muestra se tomó demasiado pronto, demasiado tarde, que la cantidad de virus era inferior al límite de detección o que la muestra estudiada no contenía suficiente material viral.

Esto no significa que toda prueba negativa deba repetirse. Significa que su interpretación depende de la probabilidad previa de infección y del contexto clínico y epidemiológico.

Cómo se realizó el estudio en Tapachula

El equipo desarrolló un estudio prospectivo y multicéntrico entre 2016 y 2018. Participaron cinco instituciones de salud de Tapachula y la Red Mexicana de Investigación en Enfermedades Infecciosas Emergentes.

El análisis incluyó a 350 personas con fiebre, exantema u otros síntomas compatibles con una posible infección por Zika, además de 81 integrantes de sus hogares que no presentaban síntomas. A las personas sintomáticas se les programaron visitas al ingreso y a los días 3, 7 y 28.

En las primeras tres visitas se realizaron pruebas de RT-PCR en suero y orina para Zika, dengue y chikunguña. También se midieron anticuerpos IgM e IgG contra estos virus en diferentes momentos.

Entre las 350 personas sintomáticas, el estudio clasificó:

  • 32 infecciones confirmadas por Zika.
  • 59 infecciones confirmadas por dengue.
  • 259 episodios febriles cuya causa no pudo identificarse con las pruebas del protocolo.

Que un episodio quedara sin clasificación no significa que los síntomas fueran imaginarios. Indica que el estudio no consiguió atribuirlos con certeza a uno de los virus evaluados.

Ocho infecciones por Zika aparecieron después de la primera muestra

El hallazgo más fácil de visualizar surgió al comparar las mediciones seriadas. De las 32 personas con Zika confirmado, ocho —una de cada cuatro— tuvieron su primera RT-PCR positiva en una visita posterior, no en la muestra inicial.

Los autores calcularon que una sola evaluación al ingreso habría omitido 25% de las infecciones por Zika y 20% de las infecciones por dengue que finalmente se confirmaron. El intervalo entre el inicio de los síntomas y la detección posterior llegó hasta 13 días en el protocolo.

Este resultado no convierte una PCR negativa en una prueba inútil. Muestra que la sensibilidad de una estrategia depende tanto del método como de la oportunidad, el tipo de muestra y la posibilidad de observar la evolución.

Los anticuerpos también necesitan una línea de tiempo

El segundo componente del estudio fue la serología. En una región con exposición previa a dengue, una IgG positiva contra Zika o dengue puede reflejar una infección pasada o una reacción cruzada, no necesariamente la causa del episodio actual.

El ejemplo fue llamativo: 90% de las personas sin síntomas del grupo domiciliario tenía una prueba de IgG contra Zika por encima del punto de corte recomendado. Sin embargo, sus niveles permanecieron relativamente estables. En las personas con infección confirmada, en cambio, la dirección y magnitud del cambio entre el ingreso y el día 28 aportaron información adicional.

El equipo construyó un árbol de clasificación que combinó mediciones de anticuerpos contra Zika y dengue en distintos momentos. Al considerar conjuntamente sensibilidad y especificidad, el modelo clasificó mejor a los grupos conocidos que los puntos de corte comerciales aplicados a una sola muestra.

La enseñanza no es que ese árbol deba copiarse en cualquier laboratorio. Es que la trayectoria de los anticuerpos puede ser más informativa que un valor aislado y que los puntos de corte obtenidos en viajeros sin exposiciones previas no siempre funcionan igual en una población que vive en una región endémica.

Una prueba positiva tampoco siempre resuelve todo

Las pruebas serológicas pueden reaccionar frente a flavivirus relacionados. Una persona con dengue previo, vacunación contra otro flavivirus o varias exposiciones a lo largo de la vida puede desarrollar un patrón difícil de interpretar.

Las pruebas de neutralización pueden ayudar a aclarar algunos resultados, pero requieren laboratorios especializados y tampoco siempre distinguen con certeza entre Zika y dengue después de infecciones sucesivas. Por eso, el diagnóstico final puede permanecer como probable o indeterminado aun cuando se realicen estudios adicionales.

La incertidumbre no es un defecto de la medicina. Reconocerla evita transformar un resultado dudoso en una certeza falsa.

Qué recomiendan actualmente las guías

Las recomendaciones actuales conservan la idea central de elegir las pruebas según el tiempo transcurrido y el contexto epidemiológico, aunque no indican repetir de forma rutinaria el esquema completo utilizado en esta investigación.

La guía de la Organización Mundial de la Salud para Zika y dengue señala que la selección e interpretación de las pruebas debe considerar la epidemiología, la historia del paciente y las limitaciones de los ensayos disponibles.

Para una persona sintomática no embarazada con posibilidad de exposición a ambos virus, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos recomiendan pruebas moleculares para Zika y dengue en suero durante los primeros siete días. Si esas pruebas son negativas, o si la muestra se obtiene después, puede indicarse serología IgM. Una IgM positiva puede requerir pruebas de confirmación cuando distinguir el virus sea importante.

Para dengue agudo, las recomendaciones actuales combinan una prueba molecular o antígeno NS1 con IgM durante los primeros siete días. Después, la IgM adquiere mayor utilidad. Un resultado molecular o de NS1 negativo no descarta por sí solo el dengue y el manejo clínico no debe retrasarse mientras llegan los resultados.

En México, la Red Nacional de Laboratorios de Salud Pública y el InDRE mantienen lineamientos específicos para la vigilancia por laboratorio de dengue y otras arbovirosis. La elección de muestras, pruebas y envío debe seguir esos procedimientos nacionales y la situación epidemiológica vigente.

Lo que este estudio no permite concluir

Los resultados deben leerse junto con varias limitaciones:

  • Sólo 32 participantes tuvieron Zika y 59 dengue confirmados.
  • La condición de verdaderos negativos en el grupo domiciliario no podía demostrarse con absoluta certeza.
  • No se realizaron pruebas de neutralización para resolver todas las reacciones cruzadas.
  • El árbol de clasificación no fue diseñado para coinfecciones.
  • Los puntos de corte obtenidos no pueden trasladarse automáticamente a otras poblaciones, laboratorios o marcas de pruebas.
  • El modelo no ajustó por el día exacto desde el inicio de los síntomas, una variable que influye en las curvas de virus y anticuerpos.
  • La investigación se desarrolló durante la epidemia de 2016 a 2018 y no describe la circulación actual de Zika o dengue.

Por estas razones, el trabajo aporta una demostración del valor de las mediciones seriadas, pero no constituye un algoritmo clínico universal ni reemplaza las guías vigentes.

Qué significa para la práctica clínica

La solicitud de pruebas debe partir de una pregunta concreta: qué infección es probable, cuántos días han pasado, qué muestra está disponible y si el resultado cambiará el manejo clínico, la vigilancia epidemiológica o las decisiones durante el embarazo.

Una prueba negativa temprana puede necesitar una interpretación posterior si la sospecha continúa. Una IgG positiva aislada no demuestra necesariamente que el episodio actual sea Zika o dengue. Y ningún resultado de laboratorio sustituye la valoración de signos de alarma o la atención oportuna.

En personas embarazadas o con posibilidad de exposición durante el embarazo, las decisiones diagnósticas requieren especial cuidado por las consecuencias potenciales de la infección por Zika. Deben seguirse los protocolos clínicos y de salud pública correspondientes.

El mensaje central

El diagnóstico de Zika y dengue no depende únicamente de escoger una prueba. También depende de escoger el momento adecuado y de interpretar el resultado dentro de una secuencia.

En esta cohorte de Tapachula, las mediciones repetidas detectaron infecciones que una sola muestra habría omitido. La evolución de los anticuerpos también ayudó a separar señales de una infección reciente de la exposición previa y la reactividad cruzada.

Héctor Armando Rincón León participó como coautor del artículo desde la Unidad de Medicina Familiar No. 11 del IMSS en Tapachula. Karla R. Navarro-Fuentes aparece reconocida en los agradecimientos por su participación en la recolección de datos.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye la valoración médica ni los lineamientos diagnósticos de las autoridades sanitarias. Si existe sospecha de dengue, Zika u otra arbovirosis, el estudio y el manejo deben individualizarse.

¿El Zika afecta temporalmente la memoria y otras funciones cognitivas?

Un estudio con 406 personas en Tapachula encontró cambios cognitivos leves durante la fase aguda de Zika, dengue y otras enfermedades, sin evidencia de deterioro persistente.

Una infección aguda no sólo produce fiebre, dolor o cansancio. Mientras el cuerpo enfrenta la enfermedad, algunas personas sienten que les cuesta concentrarse, recordar información o pensar con la misma rapidez de siempre. ¿Se trata únicamente del malestar general o ciertos virus pueden afectar de manera temporal el funcionamiento cognitivo?

Esta pregunta fue especialmente importante durante la epidemia de Zika. El virus se relacionó con complicaciones neurológicas graves —como el síndrome de Guillain-Barré, la neuropatía y la mielitis— y con alteraciones congénitas cuando la infección ocurre durante el embarazo. Sin embargo, se sabía mucho menos sobre posibles cambios sutiles en la memoria, la atención y otras funciones en adolescentes y adultos con una infección sintomática.

Para explorarlo, analizamos la evolución de personas atendidas en Tapachula, Chiapas, con Zika, dengue u otras enfermedades agudas cuya causa no pudo identificarse. El resultado principal fue tranquilizador, aunque no definitivo: observamos cambios cognitivos leves durante la etapa aguda, pero no encontramos evidencia clínica de un deterioro persistente atribuible específicamente al Zika.

Qué entendemos por funciones cognitivas

Las funciones cognitivas son las capacidades que utilizamos para aprender, recordar, mantener la atención, comprender el lenguaje, orientarnos y resolver problemas. No son una sola habilidad: una persona puede conservar bien algunas y mostrar dificultades transitorias en otras.

En el estudio utilizamos la Evaluación Cognitiva de Montreal, conocida como MoCA. Es una prueba breve de tamizaje que puede aplicarse en aproximadamente diez minutos y explora cinco áreas:

  • Memoria.
  • Habilidades visuoespaciales y funciones ejecutivas.
  • Atención.
  • Lenguaje.
  • Orientación en el tiempo y el espacio.

La puntuación total va de 0 a 30. En la versión utilizada, un resultado menor de 26 puntos se consideró anormal para fines del análisis. Esto no significa que una puntuación aislada establezca un diagnóstico de demencia, lesión cerebral o discapacidad. El MoCA es una herramienta de detección; su interpretación depende de la edad, la escolaridad, el contexto clínico y, cuando es necesario, de una evaluación neuropsicológica más amplia.

Cómo se realizó el estudio

El trabajo formó parte de una cohorte prospectiva desarrollada entre 2016 y 2018 en cuatro instituciones de salud de Tapachula. Incluimos a personas de 12 años o más que habían iniciado recientemente con fiebre, exantema u otros síntomas compatibles con una posible infección por Zika.

Los participantes fueron evaluados al ingreso y durante el seguimiento, con visitas programadas a los 3, 7, 28 y 180 días. Además de la exploración clínica y el MoCA, se obtuvieron muestras de sangre y orina para realizar pruebas repetidas de RT-PCR.

El análisis incluyó a 406 personas:

  • 37 con infección confirmada por Zika.
  • 73 con dengue confirmado.
  • 296 con una enfermedad aguda de origen no identificado.

Este último grupo reunió episodios en los que las pruebas no detectaron Zika, dengue ni chikunguña. No significa que las personas no tuvieran una enfermedad real, sino que el protocolo no determinó su causa específica.

Los cambios fueron leves y transitorios

Los tres grupos siguieron trayectorias generales parecidas. Las puntuaciones promedio del MoCA fueron menores durante los primeros días y mejoraron de manera significativa entre el día 7 y el día 28. Después, entre los días 28 y 180, el promedio se mantuvo estable.

En otras palabras, el patrón se relacionó principalmente con la fase aguda y la recuperación temprana. A los seis meses, el estudio no encontró evidencia de que Zika o dengue provocaran alteraciones cognitivas que persistieran más allá de ese periodo.

Esto no demuestra que todas las personas se recuperen de la misma manera ni descarta por completo efectos poco frecuentes o muy sutiles. Indica que, en esta cohorte y con la herramienta utilizada, no apareció una señal clínica clara de deterioro prolongado.

La memoria fue la diferencia más visible

Cuando analizamos por separado las distintas funciones, la memoria explicó buena parte de las diferencias entre los grupos. Durante la enfermedad aguda, las personas con Zika tuvieron, en promedio, puntuaciones de memoria ligeramente menores que quienes tenían dengue. El grupo con enfermedades de origen no identificado mostró un patrón parecido al de Zika.

La probabilidad de obtener una puntuación total del MoCA considerada anormal también fue mayor en Zika y en las enfermedades no identificadas que en dengue. Sin embargo, Zika no se diferenció significativamente del grupo de enfermedades de origen no identificado.

Este detalle cambia la interpretación. Los resultados no permiten afirmar que el Zika produzca una alteración cognitiva exclusiva. Más bien sugieren que distintas enfermedades agudas pueden acompañarse de dificultades temporales de memoria, atención o desempeño visuoespacial mientras el organismo se recupera.

Una puntuación baja no equivale a daño cerebral permanente

El rendimiento en una prueba cognitiva puede modificarse por muchos factores: fiebre, dolor, cansancio, deshidratación, alteraciones del sueño, ansiedad, medicamentos, escolaridad y condiciones del entorno durante la evaluación. Una persona enferma puede responder peor un día sin que exista una lesión neurológica permanente.

Por eso, el estudio no debe interpretarse como si hubiera demostrado que el virus destruye la memoria. Tampoco evaluó demencia ni produjo una prueba diagnóstica para atribuir dificultades cognitivas al Zika.

El valor del seguimiento fue precisamente observar la trayectoria. Una medición aislada podía mostrar un desempeño menor, pero la mejoría posterior ayudó a distinguir un cambio transitorio de una alteración persistente.

Lo que el estudio no permite concluir

Los resultados deben leerse junto con varias limitaciones:

  • El grupo con Zika fue pequeño: sólo 37 participantes.
  • Las 296 enfermedades de origen no identificado probablemente reunieron causas muy diversas.
  • El MoCA se diseñó originalmente para detectar deterioro cognitivo leve en personas mayores y puede no identificar cambios muy sutiles en una población más joven.
  • No se realizaron estudios de imagen cerebral ni análisis de líquido cefalorraquídeo para investigar mecanismos neurológicos.
  • Hubo pérdidas durante el seguimiento, aunque el equipo analizó si los datos faltantes podían modificar las conclusiones.
  • La cohorte incluyó a personas sintomáticas que buscaron atención y cumplían criterios específicos; no representa a toda la población de Tapachula ni describe la circulación actual de los virus.

Por estas razones, el estudio genera evidencia y nuevas preguntas, pero no permite convertir una puntuación del MoCA en un diagnóstico individual ni establecer causalidad definitiva.

Qué significa para la práctica clínica

Las dificultades para concentrarse o recordar durante una infección aguda pueden formar parte de un proceso transitorio. Aun así, conviene valorar su intensidad, evolución y relación con otros síntomas.

La confusión súbita, la desorientación marcada, las convulsiones, la debilidad progresiva, las alteraciones del estado de conciencia, la dificultad para hablar o caminar y cualquier empeoramiento neurológico requieren atención médica urgente. Estas manifestaciones no deben atribuirse simplemente al cansancio o a una infección leve.

La Organización Mundial de la Salud reconoce que el Zika puede asociarse con complicaciones neurológicas como el síndrome de Guillain-Barré, la neuropatía y la mielitis. Sin embargo, esas complicaciones no deben confundirse con los cambios leves y transitorios explorados en esta cohorte.

Si una dificultad de memoria, atención o desempeño cotidiano persiste después de la recuperación, la evaluación debe buscar otras explicaciones y considerar una valoración clínica o neuropsicológica más completa.

El mensaje central

El estudio encontró una disminución leve del rendimiento cognitivo durante la enfermedad aguda en personas con Zika, dengue y otros cuadros no identificados. La memoria fue el área que más contribuyó a las diferencias observadas, pero no apareció una alteración exclusiva del Zika ni evidencia clínica de deterioro persistente a los seis meses.

La pregunta no queda cerrada. Estudios más grandes, con pruebas neuropsicológicas más sensibles y herramientas como neuroimagen, podrían detectar efectos poco frecuentes o sutiles que esta investigación no estaba en condiciones de identificar.

Héctor Armando Rincón León participó como coautor, formó parte del equipo de diseño del estudio y colaboró en la recolección de datos. Karla R. Navarro-Fuentes aparece reconocida entre los integrantes de la Red Mexicana de Investigación en Enfermedades Infecciosas Emergentes que apoyaron el trabajo.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual. Ante síntomas neurológicos súbitos o progresivos, busque atención inmediata.

Zika, dengue u otra infección: por qué los síntomas no siempre bastan para distinguirlas

Zika y dengue comparten muchos síntomas. Un estudio con 441 personas en Tapachula muestra qué pistas orientan y por qué el laboratorio sigue siendo esencial.

Fiebre, dolor de cabeza, cansancio, dolor muscular, molestias articulares y manchas en la piel. En una región donde circulan varios virus transmitidos por mosquitos, este conjunto de síntomas puede iniciar una pregunta difícil: ¿se trata de dengue, Zika o de otra enfermedad?

La exploración clínica ofrece pistas valiosas. Sin embargo, cuando distintas infecciones comparten muchas manifestaciones, una pista no equivale a una confirmación. Nuestro estudio en Tapachula mostró precisamente eso: algunos patrones fueron más frecuentes en las personas con dengue y otros en quienes tenían Zika, pero el traslape fue tan amplio que los síntomas por sí solos no permitieron identificar con certeza la causa en cada paciente.

Un mismo mosquito, enfermedades que se parecen

Los virus del dengue y del Zika pertenecen a la misma familia y pueden ser transmitidos por mosquitos del género Aedes. Las dos infecciones pueden producir fiebre, exantema —las manchas o erupciones de la piel—, dolor muscular, dolor articular, cefalea y malestar general.

Esto explica por qué una descripción como “fiebre con sarpullido y dolor de cuerpo” no basta para ponerle apellido a la enfermedad. Incluso la conjuntivitis o la comezón, consideradas características del Zika, pueden aparecer en personas con otros padecimientos.

La dificultad no es sólo académica. Reconocer oportunamente un posible dengue es importante porque algunas personas pueden desarrollar signos de alarma o enfermedad grave. Identificar Zika también tiene implicaciones particulares durante el embarazo. Por ello, el diagnóstico diferencial debe integrar síntomas, exploración, evolución, antecedentes, situación epidemiológica y, cuando está indicado, pruebas de laboratorio.

Qué estudiamos en Tapachula

Entre junio de 2016 y junio de 2018 realizamos un estudio prospectivo en cuatro instituciones de salud de Tapachula. Incluimos a personas de 12 años o más que habían iniciado en los siete días previos con fiebre, exantema o ambos, acompañados de manifestaciones compatibles con una posible infección por Zika.

Las personas fueron evaluadas al inicio y nuevamente durante el seguimiento. Se obtuvieron muestras de sangre y orina y se realizaron pruebas de RT-PCR repetidas para buscar material genético de los virus del Zika, dengue y chikunguña.

En el análisis participaron 441 personas:

  • 37 tuvieron infección confirmada por Zika.
  • 73 tuvieron dengue confirmado.
  • Una tuvo chikunguña.
  • En 296 episodios —67 % del total— no se identificó alguno de esos tres virus.
  • En 34 no fue posible completar la clasificación por falta de resultados suficientes.

Estas cifras no representan la prevalencia de las infecciones en toda la población de Tapachula. El estudio reunió a personas que buscaron atención y cumplían criterios clínicos específicos. Su propósito era comparar la presentación y la evolución de los distintos grupos.

Las pistas que orientaban hacia dengue

En conjunto, las personas con dengue tendieron a presentar una enfermedad más sintomática y limitante. La fiebre, la cefalea, el dolor articular, las petequias y el exantema generalizado aparecieron con mayor frecuencia que en el grupo con Zika.

El laboratorio también aportó señales importantes. En dengue fueron más frecuentes la disminución de plaquetas, leucocitos y neutrófilos, así como algunas alteraciones en las enzimas del hígado. La trombocitopenia —un número de plaquetas menor al esperado— fue una de las diferencias más persistentes y continuó observándose durante el seguimiento.

Estos hallazgos pueden elevar la sospecha de dengue y justificar una evaluación más estrecha o estudios específicos. No obstante, ninguna de estas alteraciones debe interpretarse fuera del contexto clínico. Un recuento bajo de plaquetas, por ejemplo, no es exclusivo del dengue y tampoco determina por sí solo la gravedad.

Las pistas que orientaban hacia Zika

En las personas con Zika observamos con mayor frecuencia un exantema localizado y de tipo maculopapular. La conjuntivitis y otras molestias oculares también formaron parte del patrón y tendieron a persistir más que en los otros grupos durante los primeros días.

En promedio, la enfermedad fue menos incapacitante que el dengue en esta cohorte. Esto no vuelve irrelevante al Zika: la mayoría de las infecciones son leves o no producen síntomas, pero la infección durante el embarazo puede causar complicaciones congénitas, y también se ha asociado con problemas neurológicos poco frecuentes.

Por esa razón, un cuadro aparentemente leve necesita interpretarse de acuerdo con las características y los riesgos de cada persona.

La gran zona gris: otras enfermedades agudas

El resultado más llamativo quizá no fue una diferencia entre Zika y dengue. Fue que 296 de los 441 episodios analizados no pudieron atribuirse mediante las pruebas realizadas a Zika, dengue o chikunguña.

Los clasificamos como enfermedades agudas de origen no identificado. Esto no significa que fueran padecimientos nuevos o inexplicables. Significa que el estudio no determinó su causa: pudieron intervenir otros virus, bacterias, parásitos o procesos no incluidos en el protocolo, además de las limitaciones propias del momento de la toma de muestras.

El hallazgo recuerda algo esencial: en una zona endémica, no toda fiebre con exantema es dengue o Zika. Anclarse demasiado pronto en una explicación puede retrasar la consideración de otras causas relevantes.

El momento de la evaluación cambia lo que vemos

Los síntomas y las pruebas no se comportan igual durante toda la enfermedad. En nuestro estudio, la mayoría de las diferencias clínicas entre los grupos se concentró en los primeros diez días y dejó de ser evidente después. Alrededor del día 28, los grupos ya eran muy parecidos, salvo por el recuento de plaquetas, que permaneció más bajo en las personas con dengue.

La oportunidad de la muestra también importa. La cantidad de virus detectable cambia conforme pasan los días; más adelante aparecen anticuerpos, que pueden reaccionar de manera cruzada entre flavivirus relacionados. Por ello, el tipo de prueba apropiado depende del tiempo transcurrido, de las muestras disponibles y de la circulación epidemiológica.

Una prueba negativa aislada no siempre cierra el caso. En la cohorte, repetir la RT-PCR y utilizar tanto sangre como orina ayudó a reducir errores de clasificación.

Entonces, ¿pueden distinguirse por los síntomas?

Los patrones clínicos ayudan a ordenar posibilidades, pero no funcionan como una lista infalible.

  • Un exantema maculopapular localizado y la conjuntivitis pueden orientar hacia Zika.
  • La fiebre intensa, el dolor articular, las petequias, un exantema generalizado y la trombocitopenia pueden aumentar la sospecha de dengue.
  • La superposición es amplia: una persona puede no presentar el patrón típico o mostrar características de más de un grupo.
  • La ausencia de una manifestación tampoco descarta una infección.

La pregunta clínica útil no es “¿qué síntoma demuestra cuál virus es?”, sino “¿qué diagnóstico es más probable, qué alternativas no debo pasar por alto y qué riesgo necesita atención inmediata?”.

Lo que esto significa para la atención

Ante una sospecha de arbovirosis, lo prioritario es valorar la evolución y buscar signos de alarma. En dengue, el dolor abdominal intenso, los vómitos persistentes, el sangrado, la dificultad respiratoria, la somnolencia o inquietud marcada, la debilidad intensa y el deterioro después de que baja la fiebre requieren atención inmediata.

Si no se ha descartado dengue, la Organización Mundial de la Salud recomienda manejar inicialmente el cuadro con esa posibilidad en mente y evitar aspirina, ibuprofeno y otros antiinflamatorios no esteroideos por el riesgo de sangrado. La hidratación y el seguimiento clínico oportuno son fundamentales, pero no sustituyen una valoración individual.

También deben considerarse el embarazo, los extremos de la vida, las enfermedades previas y las condiciones de acceso a los servicios. Las pruebas de laboratorio son especialmente valiosas cuando el resultado puede modificar la vigilancia, el seguimiento o las decisiones clínicas.

Lo que el estudio no permite concluir

Fue una cohorte observacional realizada entre 2016 y 2018 en personas que acudieron a instituciones de salud de Tapachula y cumplían una definición clínica orientada a Zika. No fue diseñada para crear una regla diagnóstica definitiva ni una calculadora que pueda aplicarse automáticamente a cualquier paciente.

Tampoco describe por sí sola qué virus circulan actualmente en la ciudad. Esa información requiere los datos recientes de vigilancia epidemiológica y de laboratorio.

El mensaje central

Zika y dengue dejan pistas, pero comparten demasiados síntomas como para confiar en una sola manifestación. La exploración clínica permite estimar riesgos y orientar las pruebas; el contexto epidemiológico ayuda a establecer probabilidades; y el laboratorio puede confirmar la causa cuando la ventana diagnóstica y la muestra son adecuadas.

Reconocer la incertidumbre no debilita la práctica clínica. Evita diagnósticos apresurados, ayuda a vigilar a quienes podrían complicarse y mantiene abiertas otras explicaciones cuando los resultados no confirman lo esperado.

Héctor A. Rincón-León y Karla Navarro-Fuentes participaron en la investigación realizada en Tapachula y en la revisión y edición del artículo científico.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual. Ante signos de alarma o deterioro clínico, busque atención inmediata.

Dengue en Tapachula: ¿qué significa realmente detectar el serotipo 2?

Los cuatro serotipos pueden causar dengue leve o grave. Explicamos por qué detectar DENV-2 importa para la vigilancia, pero no significa que sea «el peor tipo de dengue».

En redes sociales, una información útil puede convertirse en alarma con apenas unas palabras. Decir que se identificó el serotipo 2 del virus del dengue en Tapachula puede ser relevante para la vigilancia epidemiológica. Afirmar que se trata del “peor tipo de dengue” es otra cosa: simplifica en exceso lo que sabemos y puede hacer creer que el número del serotipo predice por sí solo la gravedad de una persona.

El dengue no se divide en una versión leve llamada DENV-1 y otras progresivamente más peligrosas. Existen cuatro serotipos del virus, pero cualquiera de ellos puede causar una infección sin síntomas, una enfermedad leve o dengue grave. La evolución depende de la interacción entre el virus, los antecedentes inmunológicos, las características de la persona, la oportunidad de la atención y el contexto epidemiológico.

Entonces, ¿por qué importa saber qué serotipo circula? Porque ese dato ayuda a anticipar cambios en la transmisión y en la susceptibilidad de una población. Es una señal para fortalecer la vigilancia y la preparación de los servicios de salud, no una sentencia sobre el desenlace de cada paciente.

Cuatro serotipos, una misma enfermedad

Los cuatro serotipos se denominan DENV-1, DENV-2, DENV-3 y DENV-4. Son virus estrechamente relacionados que producen la misma enfermedad: dengue.

Después de una infección, la persona desarrolla protección duradera contra el serotipo que la causó. Esa protección no se extiende de manera permanente a los otros tres. Por ello, alguien que ya tuvo dengue puede volver a infectarse posteriormente con un serotipo diferente.

Una segunda infección por otro serotipo se asocia con un mayor riesgo de dengue grave. Esto no significa que toda segunda infección será grave ni que una infección primaria esté libre de riesgo. Significa que el antecedente inmunológico es uno de varios factores que deben considerarse.

La clasificación clínica no depende del número del serotipo. Los equipos de salud valoran si existe dengue sin signos de alarma, dengue con signos de alarma o dengue grave, de acuerdo con la evolución y las manifestaciones de la persona.

¿Por qué la llegada o el regreso de un serotipo puede aumentar el riesgo?

Imaginemos una región en la que durante varios años predominó un serotipo y otro dejó de circular o se mantuvo en niveles muy bajos. Con el tiempo se incorporan nuevas generaciones y aumenta el número de personas que nunca estuvieron expuestas al serotipo ausente. Si éste vuelve a circular, puede encontrar una población con menor inmunidad específica.

Además, algunas personas habrán tenido antes una infección por otro serotipo. En ellas, una nueva infección será una exposición heteróloga —es decir, causada por un serotipo distinto— y tendrá una probabilidad mayor de evolucionar a formas graves que una primera infección, aunque el desenlace grave no sea inevitable.

Por eso la aparición o el aumento de un serotipo que llevaba tiempo sin predominar puede favorecer un incremento de casos y modificar el riesgo poblacional. La Organización Panamericana de la Salud utilizó precisamente este razonamiento al advertir en 2025 sobre la expansión de DENV-3 en países donde había circulado poco durante años.

La preocupación epidemiológica se relaciona con cuántas personas son susceptibles, qué exposiciones previas tuvieron, cuánto mosquito vector existe y qué tan preparados están la vigilancia y los servicios de salud. No surge simplemente de que el serotipo tenga el número 2, 3 o 4.

Entonces, ¿DENV-2 es “el peor”?

No existe una clasificación universal que ordene los serotipos del menos al más peligroso. Los cuatro se han asociado con brotes y con casos graves.

Algunos estudios han encontrado mayor frecuencia de gravedad con DENV-2 o con determinados genotipos en epidemias concretas. Otros han observado patrones diferentes. La Organización Mundial de la Salud señala que las variaciones en gravedad entre serotipos han sido inconsistentes entre estudios.

Esto permite una conclusión más precisa: DENV-2 merece vigilancia, como los otros serotipos, pero su identificación aislada no demuestra que una epidemia será más grave ni permite predecir la evolución de un paciente.

También conviene distinguir entre serotipo y genotipo. Dentro de cada serotipo existen linajes genéticos con características propias. El comportamiento de un brote puede relacionarse con el linaje viral, la inmunidad previa de la población, la densidad de mosquitos, el clima, la movilidad, el acceso a la atención y muchos otros factores. Reducir todo eso a “el dengue 2 es el peor” transforma una cuestión compleja en un eslogan engañoso.

Lo que observamos en Tapachula entre 2016 y 2018

Nuestro estudio prospectivo se realizó en cuatro instituciones de salud de Tapachula y siguió a personas con fiebre, exantema o ambos durante los primeros años posteriores a la introducción del Zika en México.

Se incorporaron 467 participantes con enfermedad febril o exantemática. Mediante pruebas de RT-PCR repetidas en sangre y orina se confirmaron 82 infecciones por dengue, 37 por Zika y una por chikungunya. En 307 episodios no se identificó alguno de esos tres virus, y en 40 participantes las muestras disponibles no permitieron descartar por completo las infecciones estudiadas.

El patrón cambió con rapidez. En la segunda mitad de 2016 predominó el Zika y el dengue apareció de manera esporádica. Durante 2017, el dengue aumentó, especialmente en el verano. En la primera mitad de 2018 ya no identificamos casos de Zika y observamos un pico importante de dengue durante mayo y junio.

Las personas con dengue fueron, en promedio, más jóvenes que quienes tenían Zika u otros episodios no identificados. También informaron con mayor frecuencia vivir cerca de agua estancada y conocer casos recientes de dengue en su vecindario. Estos resultados describieron grupos y exposiciones; no sirven para diagnosticar a una persona sin valoración y pruebas.

La lección más útil para la conversación actual es que la circulación de los virus cambia en el tiempo y dentro de espacios relativamente pequeños. La vigilancia local permite detectar esos cambios y orientar la respuesta.

Lo que nuestro estudio no puede decir sobre DENV-2

El estudio no fue diseñado para comparar los cuatro serotipos ni para determinar si uno causaba mayor gravedad. La prueba utilizada confirmaba infección por dengue, pero el análisis publicado no clasificó los casos de acuerdo con DENV-1, DENV-2, DENV-3 o DENV-4.

Tampoco describe la situación epidemiológica de Tapachula en 2026. Sus datos corresponden a 2016-2018 y proceden de personas que acudieron a servicios de salud y cumplían criterios de inclusión específicos. Para conocer la circulación actual deben consultarse los informes de la vigilancia epidemiológica y los resultados de laboratorio más recientes.

¿Qué sí permite afirmar la identificación de un serotipo?

Si un informe confirmado detecta DENV-2 en Tapachula, permite afirmar que ese serotipo está circulando en la población estudiada. Dependiendo del número de muestras, su distribución y la comparación con semanas y años previos, también puede ayudar a reconocer un cambio en el serotipo predominante.

Por sí solo, ese hallazgo no permite concluir que:

  • todas las infecciones serán más graves;
  • una persona con DENV-2 evolucionará mal;
  • el brote será necesariamente mayor que los anteriores;
  • DENV-2 sea siempre más peligroso que DENV-1, DENV-3 o DENV-4;
  • la gravedad pueda anticiparse sin valorar signos clínicos, antecedentes y evolución.

La detección debe interpretarse junto con el número de casos, la proporción de muestras tipificadas, la existencia de otros serotipos, las hospitalizaciones, los casos con signos de alarma, las defunciones y la distribución geográfica y temporal.

Para el paciente, lo importante son los signos de alarma

El serotipo no sustituye la vigilancia clínica. Una persona con sospecha de dengue debe recibir orientación médica y mantenerse atenta, especialmente cuando disminuye la fiebre, porque la fase crítica puede comenzar en ese momento.

Se debe buscar atención de inmediato ante dolor abdominal intenso, vómitos persistentes, sangrado de encías o nariz, sangre en vómito o evacuaciones, somnolencia o irritabilidad, dificultad para respirar, acumulación de líquidos, piel pálida y fría o debilidad marcada.

También es importante mantener una hidratación adecuada y evitar la automedicación. La aspirina, el ibuprofeno y otros antiinflamatorios no esteroideos pueden aumentar el riesgo de sangrado y no deben utilizarse ante sospecha de dengue salvo indicación expresa de un profesional que conozca el caso.

Del sobresalto a la acción útil

Una noticia sobre serotipos debería conducir a mejores preguntas: ¿el resultado fue confirmado por un laboratorio de referencia?, ¿cuántas muestras se tipificaron?, ¿es un hallazgo aislado o un cambio sostenido?, ¿qué muestran los casos graves y las hospitalizaciones?, ¿qué medidas se están reforzando?

La respuesta útil sigue siendo eliminar criaderos, cubrir y lavar recipientes de agua, utilizar repelente y barreras físicas, reconocer tempranamente los signos de alarma, consultar sin demora y sostener una vigilancia epidemiológica y de laboratorio capaz de detectar cambios.

El mensaje central

Los cuatro serotipos pueden causar dengue leve o grave. La introducción, reaparición o aumento de un serotipo importa porque cambia la susceptibilidad de la población y puede incrementar las infecciones secundarias por un serotipo distinto. Eso justifica vigilancia y preparación.

Pero identificar DENV-2 no equivale a descubrir “el peor dengue”. El número del serotipo no reemplaza el análisis epidemiológico ni permite anticipar por sí solo la evolución clínica. Comunicar con precisión no reduce el riesgo: ayuda a entenderlo y a responder mejor.

Héctor A. Rincón-León fue coautor del estudio realizado en Tapachula y participó en la adquisición de datos y la interpretación de los resultados.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual. Ante signos de alarma o deterioro clínico, busque atención inmediata.

¿Por qué algunos antibióticos dejan de funcionar en los hospitales? Señales de alerta desde Chiapas

Un estudio en un hospital de Chiapas analizó 1,300 aislamientos de infecciones asociadas a la atención de la salud. Explicamos qué revelaron las tendencias de resistencia y por qué los datos locales son esenciales para usar mejor los antibióticos.

Un estudio realizado en un hospital de tercer nivel de Chiapas analizó 1,300 aislamientos de infecciones asociadas a la atención de la salud. Los resultados mostraron que la resistencia no era un problema abstracto: varios de los microorganismos más frecuentes estaban perdiendo sensibilidad frente a antibióticos importantes.

Los datos corresponden al periodo 2009-2012 y no describen la situación actual de todos los hospitales. Su enseñanza, sin embargo, conserva plena vigencia: para elegir mejor los tratamientos, cada institución necesita saber qué microorganismos circulan y cómo cambia su resistencia con el tiempo.

La resistencia es del microorganismo, no de la persona

Cuando decimos que existe resistencia antimicrobiana no significa que el cuerpo de una persona se haya acostumbrado a un medicamento. Significa que una bacteria, un hongo, un virus o un parásito ha adquirido características que le permiten sobrevivir a un fármaco que antes podía controlarlo.

En una infección causada por una bacteria resistente, el tratamiento habitual puede dejar de ser eficaz. Esto puede prolongar la enfermedad, limitar las opciones terapéuticas y aumentar la necesidad de estudios, hospitalización o cuidados intensivos.

Los antibióticos no generan resistencia por una sola receta ni toda falla terapéutica se debe a este fenómeno. La resistencia surge y se selecciona mediante procesos biológicos complejos, pero el uso innecesario, incorrecto o excesivo de antimicrobianos acelera su aparición y propagación.

¿Qué estudiamos en Chiapas?

Entre septiembre de 2009 y diciembre de 2012 analizamos de manera retrospectiva los microorganismos identificados como causantes de infecciones hospitalarias en el Hospital Regional de Alta Especialidad Ciudad Salud, en Tapachula. Era una institución de tercer nivel con 90 camas y una unidad de cuidados intensivos de 12 camas.

El estudio incluyó 1,300 aislamientos microbiológicos. Esta cifra no equivale necesariamente a 1,300 pacientes: una misma persona podía aportar más de un aislamiento si presentó infecciones distintas. Se excluyeron los cultivos sin crecimiento, la contaminación, la colonización y las muestras repetidas del mismo sitio durante un mismo episodio.

En la actualidad se prefiere hablar de infecciones asociadas a la atención de la salud, porque pueden relacionarse con distintos procedimientos y espacios asistenciales, no sólo con permanecer internado.

¿Qué microorganismos aparecieron con mayor frecuencia?

De los 1,300 aislamientos:

  • 62.3% correspondió a bacterias gramnegativas.
  • 22.8% correspondió a bacterias grampositivas.
  • 14.9% correspondió a levaduras.

Los microorganismos más frecuentes fueron Pseudomonas aeruginosa —13.8% del total—, Escherichia coli —12.8%— y Candida albicans —8.3%—. También se identificaron Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumannii, especies de Enterococcus y diferentes estafilococos.

Seis grupos concentraron alrededor del 95% de los eventos: infecciones de la herida quirúrgica, neumonías, infecciones urinarias, infecciones del sitio de inserción de catéteres, bacteriemias e infecciones de la piel.

Estos porcentajes describen la experiencia de ese hospital durante aquellos años. No deben utilizarse como estimaciones actuales para Chiapas, México u otra institución.

Las señales que encendieron la alerta

El hallazgo más importante no fue un solo porcentaje, sino la dirección de varios cambios.

Escherichia coli mostró aumentos en la resistencia a aztreonam, cefepime y ceftazidima. Acinetobacter baumannii presentó incrementos frente a varios antibióticos; el aumento de la resistencia a amikacina alcanzó significación estadística en el análisis. En Pseudomonas aeruginosa, la resistencia a imipenem pasó de 47.1% en 2010 a 60.5% en 2012, aunque esa tendencia no fue estadísticamente significativa.

No todo se movió en la misma dirección. Klebsiella pneumoniae mostró disminuciones en la resistencia a amikacina y piperacilina con tazobactam. Esto recuerda que la resistencia no avanza de forma uniforme: depende del microorganismo, del medicamento, de la presión de selección, de las prácticas clínicas y de la transmisión dentro de cada institución.

Por eso un antibiograma hospitalario no es una lista estática. Es una fotografía que debe actualizarse y analizarse periódicamente.

¿Por qué no basta con usar un antibiótico “más fuerte”?

La expresión “antibiótico más fuerte” puede ser engañosa. El mejor tratamiento no es necesariamente el de espectro más amplio, sino el adecuado para el microorganismo probable o identificado, el sitio de infección, la gravedad, las características del paciente y la información local de sensibilidad.

En una infección grave puede ser necesario iniciar tratamiento antes de conocer el resultado del cultivo. Pero cuando el laboratorio identifica el microorganismo y su sensibilidad, el esquema debe reevaluarse: puede mantenerse, ajustarse o reducirse su espectro. Esta revisión ayuda a tratar mejor a la persona y a disminuir una exposición innecesaria a antimicrobianos.

Los porcentajes de nuestro estudio no deben emplearse para escoger hoy un tratamiento. Han cambiado el hospital, los microorganismos, los métodos de laboratorio, los criterios de interpretación y los patrones de uso de antibióticos. La decisión actual requiere datos recientes y valoración clínica individual.

Una advertencia local dentro de un problema mundial

La Organización Mundial de la Salud informó en 2025 que aproximadamente una de cada seis infecciones bacterianas confirmadas por laboratorio en el mundo durante 2023 fue resistente a los antibióticos evaluados. Entre 2018 y 2023, la resistencia aumentó en más de 40% de las combinaciones de microorganismo y antibiótico vigiladas.

Estas cifras globales no pueden compararse directamente con las de nuestro hospital: proceden de poblaciones, infecciones y métodos distintos. Sí muestran que la pregunta que planteamos hace una década sigue abierta y se ha vuelto más urgente.

La vigilancia local aporta algo que un promedio mundial no puede ofrecer: información útil para las decisiones cotidianas de una institución concreta. Al mismo tiempo, los datos estandarizados de muchos hospitales permiten reconocer tendencias regionales, detectar amenazas emergentes y orientar políticas de salud pública.

¿Qué puede hacer un hospital?

La resistencia antimicrobiana no se resuelve con una sola medida. Requiere un sistema coordinado:

  1. Prevenir las infecciones. Higiene de manos, vacunación, limpieza, aislamiento cuando corresponde y prácticas seguras durante cirugías y procedimientos.
  2. Cuidar los dispositivos invasivos. Colocar catéteres y ventiladores sólo cuando están indicados, mantenerlos correctamente y retirarlos en cuanto dejan de ser necesarios.
  3. Tomar muestras de calidad. Obtener cultivos cuando están indicados y, si la situación clínica lo permite, antes de iniciar antibióticos.
  4. Usar la información del laboratorio. Elaborar y actualizar antibiogramas, comunicar resultados oportunamente y distinguir infección, colonización y contaminación.
  5. Optimizar la prescripción. Elegir el medicamento, dosis, vía y duración adecuados; revisar el tratamiento cuando aparecen nuevos datos y suspenderlo cuando no está justificado.
  6. Vigilar y aprender. Seguir las infecciones y el consumo de antimicrobianos, analizar brotes y evaluar si las intervenciones realmente funcionan.

Estos programas necesitan la participación de medicina, enfermería, microbiología, farmacia, epidemiología, control de infecciones, dirección hospitalaria y pacientes. Ningún servicio puede resolver el problema por sí solo.

¿Qué podemos hacer fuera del hospital?

La población también puede ayudar sin asumir responsabilidades que corresponden a los sistemas de salud:

  • No usar antibióticos para resfriados, influenza u otras infecciones virales.
  • No comprar, compartir ni reutilizar sobrantes de antibióticos.
  • Tomarlos exactamente como fueron indicados y consultar antes de suspenderlos o modificar la dosis.
  • No exigir una receta de antibióticos cuando el personal de salud explica que no están indicados.
  • Mantener al día las vacunas y practicar higiene de manos para reducir infecciones y, con ello, la necesidad de antimicrobianos.

Lo que el estudio no puede afirmar

Fue un estudio retrospectivo de un solo hospital. Analizó aislamientos identificados mediante la vigilancia institucional, no una muestra representativa de todos los hospitales ni de toda la población de Chiapas. El número de aislamientos para cada combinación de microorganismo y antibiótico varió y algunas tendencias numéricas no alcanzaron significación estadística.

Además, los datos terminaron en 2012. No permiten conocer cuáles son hoy los microorganismos predominantes ni qué antibióticos conservan actividad en esa institución. Tampoco prueban que una práctica concreta haya causado cada aumento o disminución observados.

Su contribución fue documentar el problema local y mostrar la necesidad de medirlo de manera continua.

El mensaje central

No se puede mejorar lo que no se vigila. Un antibiótico útil hoy puede perder efectividad si se prescribe sin necesidad, si las infecciones no se previenen o si los microorganismos resistentes se transmiten sin ser detectados.

Nuestro estudio ofreció una fotografía histórica de un hospital de Chiapas. Su mensaje actual no es elegir un medicamento a partir de cifras antiguas, sino construir sistemas capaces de producir información reciente, convertirla en decisiones clínicas y proteger los antimicrobianos que todavía funcionan.

Héctor A. Rincón-León y Karla R. Navarro-Fuentes fuimos autores del estudio y participamos desde los servicios de investigación y epidemiología en Chiapas.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica ni debe utilizarse para elegir o modificar un tratamiento antimicrobiano.

Sarampión en México: ¿cómo abren las brechas de vacunación la puerta a nuevos brotes?

En 2020 advertimos que una emergencia podía debilitar la vacunación. Seis años después, explicamos qué enseñan los brotes de sarampión en México, por qué cada esquema incompleto importa y cómo actuar sin alarmismo.

En 2020, cuando la atención del mundo estaba concentrada en la COVID-19, publicamos un editorial con una preocupación concreta: que la emergencia interrumpiera los programas de vacunación y dejara espacio para el regreso de enfermedades prevenibles.

No era una predicción sobre un brote específico. Era una advertencia sobre el funcionamiento de la salud pública. El sarampión no necesita que desaparezcan todas las vacunas para volver a circular; le basta encontrar suficientes personas susceptibles conectadas entre sí.

Seis años después, esa reflexión resulta especialmente pertinente. El informe de situación de la Organización Panamericana de la Salud publicado el 1 de septiembre de 2026 registró, con datos hasta el 22 de agosto, 12,607 casos confirmados y 18 defunciones en México. En toda la Región de las Américas se habían notificado 51,027 casos: 4.6 veces más que durante el mismo periodo de 2025.

Las cifras pueden cambiar conforme avanza la vigilancia. Por eso deben leerse con fecha de corte y consultarse en los informes oficiales. Su mensaje, sin embargo, es claro: mantener una cobertura alta y homogénea de vacunación sigue siendo una tarea esencial.

¿Por qué el sarampión se propaga con tanta facilidad?

El sarampión es una enfermedad viral transmitida por el aire. Una persona infectada puede expulsar el virus al respirar, toser o estornudar. La Organización Mundial de la Salud señala que el virus puede permanecer activo en el aire o sobre superficies hasta dos horas y que una persona enferma puede generar hasta 18 infecciones secundarias cuando quienes la rodean no son inmunes.

Los primeros síntomas suelen aparecer entre 7 y 14 días después de la exposición. Incluyen fiebre, tos, escurrimiento nasal, ojos rojos y llorosos y pequeñas manchas blancas dentro de la boca. El exantema —las manchas rojizas en la piel— suele aparecer varios días después, primero en la cara y el cuello y luego en el resto del cuerpo.

Aunque muchas personas se recuperan, el sarampión no es una enfermedad trivial. Puede provocar neumonía, diarrea grave, encefalitis, daño ocular y muerte. El riesgo de complicaciones es mayor en menores de cinco años, personas adultas mayores de 30, embarazadas, personas con desnutrición o con inmunidad debilitada.

El daño no siempre termina cuando desaparece el exantema

En nuestro editorial explicamos un efecto menos conocido: la llamada “amnesia inmunitaria”. La infección puede reducir parte de la memoria que el sistema inmunitario había desarrollado contra otros microorganismos. Después de superar el sarampión, una persona puede quedar temporalmente más vulnerable a otras infecciones.

Esta es otra razón para no presentar el sarampión como una simple enfermedad de la infancia ni como “unos días de ronchas”. La prevención evita el episodio agudo, sus complicaciones y parte del riesgo que puede persistir después.

Una vacuna individual produce protección colectiva

La vacuna contra el sarampión es segura y efectiva. Se requieren dos dosis porque no todas las personas desarrollan una respuesta suficiente después de la primera. Debido a la enorme facilidad de transmisión del virus, las autoridades sanitarias buscan coberturas superiores al 95% para interrumpir las cadenas de contagio.

Ese porcentaje debe alcanzarse de manera homogénea. Un promedio nacional aparentemente adecuado puede ocultar municipios, comunidades, escuelas o grupos de edad con muchas personas sin esquema completo. Esas concentraciones de susceptibilidad permiten que un caso importado o una cadena no detectada produzcan un brote.

Vacunarse protege a quien recibe la dosis, pero también reduce las oportunidades de que el virus llegue a bebés demasiado pequeños para completar su esquema, personas con contraindicaciones médicas y quienes tienen mayor riesgo de enfermedad grave.

¿La pandemia explica el brote actual?

La respuesta corta es: no por sí sola.

Durante la emergencia por COVID-19 se aplazaron campañas, disminuyeron algunas consultas preventivas y millones de niñas y niños en el mundo dejaron de recibir vacunas a tiempo. Nuestro editorial llamó la atención sobre ese riesgo cuando todavía se desconocía cuánto duraría la interrupción.

Pero atribuir toda la situación de 2026 exclusivamente a la pandemia sería una simplificación. Las brechas de vacunación pueden acumularse por dificultades de acceso, desabasto, movilidad de la población, horarios poco accesibles, oportunidades perdidas durante las consultas, información confusa, desconfianza y diferencias entre territorios. La circulación internacional del virus también puede iniciar cadenas de transmisión allí donde encuentra suficientes personas susceptibles.

La lección es más amplia: los servicios esenciales de prevención deben continuar durante cualquier emergencia y después deben identificar y recuperar con rapidez los esquemas atrasados.

¿Qué podemos hacer hoy?

  1. Revisar la Cartilla Nacional de Salud. Conviene comprobar el esquema de niñas, niños y adolescentes, y revisar los propios antecedentes de vacunación.
  2. Pedir orientación si faltan dosis o existe duda. La estrategia puede cambiar según la edad, el antecedente y la situación epidemiológica. El personal de salud debe indicar qué vacuna corresponde.
  3. Consultar los puntos oficiales. La Secretaría de Salud habilitó la plataforma ¿Dónde me vacuno? para localizar sitios de vacunación y conocer los grupos prioritarios.
  4. Actuar ante síntomas compatibles. Fiebre acompañada de exantema, tos, escurrimiento nasal o conjuntivitis requiere valoración. Es recomendable contactar primero a los servicios de salud y seguir sus indicaciones para evitar exponer a otras personas en salas de espera o transportes.
  5. No automedicarse ni difundir rumores. No existe un tratamiento antiviral específico que cure el sarampión. La atención médica busca aliviar síntomas, detectar complicaciones y aplicar las medidas de salud pública necesarias.

La vacunación no debe convertirse en motivo de confrontación. Las preguntas legítimas merecen respuestas claras, respetuosas y basadas en evidencia. Recuperar la confianza exige vacunas disponibles, servicios accesibles y personal dispuesto a escuchar.

Lo que conserva vigencia desde 2020

El editorial que Karla Navarro-Fuentes y Héctor Rincón-León publicamos en la Revista Médica del Instituto Mexicano del Seguro Social no fue un estudio con pacientes. Fue un análisis y un llamado a proteger los programas de inmunización durante la emergencia por COVID-19.

Propusimos mejorar la información sobre coberturas, fortalecer la vigilancia, garantizar el acceso a las vacunas y estudiar cómo las emergencias sanitarias afectan los esquemas de inmunización. La situación de 2026 confirma la importancia práctica de esas tareas, aunque no permite afirmar que la pandemia sea la causa única del brote actual.

El mensaje central

El sarampión es tan contagioso que cada brecha importa. Los brotes no se controlan únicamente atendiendo a quienes enferman: se controlan encontrando esquemas incompletos, acercando la vacunación a la población, detectando casos con rapidez y comunicando sin alarmismo.

Revisar una cartilla parece una acción pequeña. Multiplicada en hogares, escuelas, consultorios y comunidades, puede cerrar la puerta que el virus necesita para seguir circulando.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica ni las indicaciones de las autoridades sanitarias.

Sífilis y herpes genital: ¿qué reveló un estudio con 462 personas migrantes en Tapachula?

Un estudio en tres albergues de Tapachula evaluó sífilis y VHS-2 en 462 personas migrantes. Explicamos sus resultados, sus límites y por qué la respuesta debe centrarse en el acceso a la atención, no en el estigma.

La movilidad humana no causa infecciones. Sin embargo, dormir en la calle, enfrentar violencia o discriminación y no tener acceso continuo a servicios de salud puede aumentar la vulnerabilidad durante el trayecto.

Un estudio realizado en tres albergues de Tapachula encontró una frecuencia importante de anticuerpos contra sífilis y virus del herpes simple tipo 2 (VHS-2) entre las personas migrantes participantes. Los resultados no describen a toda la población migrante ni permiten saber dónde ocurrió cada infección. Sí muestran una necesidad concreta: ofrecer prevención, pruebas, tratamiento y continuidad del cuidado sin estigma y sin importar la situación migratoria.

¿Cómo se realizó el estudio?

Entre octubre de 2021 y septiembre de 2022 participaron 462 personas adultas alojadas en tres espacios de atención a población migrante en Tapachula, Chiapas. Todas comprendían español, aceptaron participar mediante consentimiento informado, respondieron un cuestionario y proporcionaron una muestra de sangre.

La edad promedio fue de 31.2 años y 56.9% eran mujeres. El grupo reunía personas de distintos países: 41.1% había nacido en Honduras, 20.6% en Venezuela y 11.9% en El Salvador; el resto provenía de Guatemala, Nicaragua, Haití y otros lugares.

El equipo buscó anticuerpos contra Treponema pallidum, la bacteria que causa la sífilis, y contra VHS-2, principal causa de herpes genital. Cuando la prueba para sífilis resultó positiva, se utilizó otra prueba para distinguir una infección activa de una infección previamente tratada o curada.

Dos cifras que necesitan contexto

El 29.9% de las personas participantes presentó anticuerpos contra VHS-2. Esto indica una infección adquirida en algún momento de la vida, aunque la persona nunca haya notado lesiones. No permite saber cuándo o en qué país ocurrió la transmisión ni significa que todas tuvieran síntomas durante el estudio.

En el caso de la sífilis, 4.5% presentó anticuerpos. La mayoría correspondía a infecciones curadas o tratadas: 3.9% de toda la muestra. Sólo 0.67% tuvo una prueba compatible con sífilis activa.

Esta distinción es esencial. Decir que 4.5% “tenía sífilis activa” sería incorrecto y produciría una alarma que los resultados no justifican.

También se observó coinfección serológica por sífilis y VHS-2 en 2.38% de las personas participantes.

¿Qué condiciones acompañaron a estas infecciones?

La mitad de las personas dijo haber dormido en la calle durante los 12 meses previos y 76% señaló que nunca o casi nunca utilizaba condón. Poco más de la mitad se había realizado alguna vez una prueba de VIH.

Después de considerar varias características a la vez, los anticuerpos contra sífilis fueron más frecuentes entre hombres, personas con antecedente de lesiones genitales, quienes informaron relaciones sexuales con personas del mismo sexo y quienes también tenían anticuerpos contra VHS-2.

La seropositividad a VHS-2 se asoció con ser mujer, mayor edad, escolaridad básica, haber dormido en la calle, antecedente de prueba de VIH, inicio de la vida sexual entre los 14 y 17 años, dos o más parejas sexuales durante el año previo y seropositividad a sífilis.

Estas son asociaciones poblacionales, no explicaciones individuales ni juicios sobre las personas. Por ejemplo, haberse realizado una prueba de VIH no causa herpes: puede indicar que alguien percibió un riesgo previo o tuvo mayor contacto con servicios de salud. Del mismo modo, el estudio transversal no permite establecer qué ocurrió primero.

El hallazgo durante el embarazo

Trece participantes dijeron estar embarazadas. Dos presentaron anticuerpos contra sífilis y una de ellas tuvo datos de infección activa.

El número es demasiado pequeño para calcular una frecuencia precisa o generalizarla a otras embarazadas migrantes. Aun así, señala una oportunidad que no debe perderse. La sífilis durante el embarazo puede transmitirse al bebé, pero la detección y el tratamiento oportunos reducen de forma importante ese riesgo.

Una ruta migratoria no debería interrumpir el control prenatal, la entrega de resultados o la aplicación del tratamiento indicado.

¿Qué significa para los servicios de salud?

La respuesta útil no consiste en señalar a una nacionalidad o grupo. La Organización Mundial de la Salud subraya que las personas refugiadas y migrantes no aumentan por sí mismas el riesgo de transmisión en las comunidades de acogida; son ellas quienes con frecuencia quedan expuestas a condiciones precarias y barreras de atención.

En puntos de tránsito como Tapachula, los resultados respaldan una estrategia con varios componentes:

  1. Pruebas voluntarias, confidenciales e integradas. Siempre que sea apropiado, ofrecer evaluación para sífilis, VIH, hepatitis y otras infecciones de transmisión sexual.
  2. Resultados y tratamiento sin demora. Una prueba pierde utilidad si la persona continúa su viaje antes de recibir el resultado o no puede acceder al tratamiento.
  3. Prioridad durante el embarazo. Incorporar la detección temprana de sífilis al control prenatal y asegurar el tratamiento y seguimiento de la madre y el bebé.
  4. Prevención disponible y comprensible. Facilitar preservativos, información clara y consejería respetuosa, adaptada al idioma y contexto de cada persona.
  5. Continuidad entre ciudades y países. Entregar constancias clínicas seguras y crear mecanismos de referencia que funcionen aun cuando la persona cambie de localidad.
  6. Atención sin discriminación. La situación migratoria, la nacionalidad, la orientación sexual o la identidad de género no deben convertirse en barreras para recibir atención.

La sífilis es prevenible y curable con el tratamiento indicado. El herpes genital no tiene una cura que elimine el virus, pero existen antivirales que reducen la duración y la intensidad de los episodios y pueden disminuir el riesgo de transmisión. La valoración debe ser individual; una prueba serológica aislada no sustituye la historia clínica y el examen médico.

Lo que el estudio no puede afirmar

La muestra se obtuvo en tres albergues y sólo incluyó a personas adultas que comprendían español y aceptaron participar. No fue una selección representativa de todas las personas migrantes que transitan por Chiapas.

Además, el diseño fue transversal: exposición y resultado se midieron en el mismo periodo. Por ello, las asociaciones no prueban causalidad. Algunas conductas se informaron mediante cuestionario y pueden estar sujetas a memoria, deseabilidad social o temor a revelar información sensible. Los grupos pequeños —como las embarazadas o las personas de algunos países— produjeron estimaciones imprecisas.

Tampoco fue posible determinar si las infecciones se adquirieron antes o durante la migración. Usar los resultados para atribuir riesgo a un país de origen sería científicamente incorrecto y socialmente dañino.

El mensaje central

El principal hallazgo no es que migrar sea un riesgo biológico. Es que la prevención y la atención de las infecciones de transmisión sexual deben poder acompañar a las personas durante el tránsito.

Acercar pruebas confidenciales a los albergues, vincular rápidamente a tratamiento y sostener el cuidado prenatal puede beneficiar tanto a las personas migrantes como a la salud pública de las comunidades de tránsito y destino.

Miguel Ángel Sánchez Alemán, investigador del Instituto Nacional de Salud Pública, fue el primer autor y autor de correspondencia del estudio. Héctor Armando Rincón León participó como coautor.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.

Flavonoides y cáncer de mama: ¿qué encontró un estudio en mujeres de Chiapas?

Un estudio de casos y controles comparó la alimentación de 123 mujeres en Tapachula. Explicamos sus asociaciones, sus límites y por qué no prueban que un alimento prevenga el cáncer de mama.

¿Puede la alimentación ayudar a reducir el riesgo de cáncer de mama? Es una pregunta relevante, pero también fácil de convertir en promesas que la ciencia todavía no puede sostener.

Un estudio realizado en Tapachula exploró si el consumo habitual de alimentos ricos en flavonoides y otros polifenoles era diferente entre mujeres con y sin diagnóstico de cáncer de mama. Encontró varias asociaciones que merecen seguir investigándose. Sin embargo, no demostró que un alimento, una bebida o estos compuestos por sí solos prevengan la enfermedad.

La diferencia entre encontrar una asociación y probar una causa es el punto central para interpretar los resultados.

¿Qué son los flavonoides y los polifenoles?

Los polifenoles son compuestos producidos por las plantas. Dentro de este grupo se encuentran los flavonoides. Están presentes en frutas, verduras, leguminosas, cereales, semillas, nueces, té, especias y otros alimentos de origen vegetal.

En estudios experimentales se han investigado por sus posibles efectos antioxidantes, antiinflamatorios y sobre distintos procesos celulares. Pero que una sustancia produzca un efecto en el laboratorio no significa automáticamente que un alimento evite el cáncer en personas. En la vida real influyen el patrón completo de alimentación, las cantidades, la preparación, otros hábitos, la genética y numerosos factores clínicos y sociales.

¿Cómo se realizó el estudio?

La investigación incluyó a 123 mujeres atendidas en la Unidad de Medicina Familiar No. 11 del IMSS, en Tapachula, entre 2019 y 2021:

  • 42 tenían antecedente de cáncer de mama confirmado mediante estudio histopatológico;
  • 81 formaron el grupo de comparación y contaban con una mastografía BI-RADS 1 o 2, es decir, sin hallazgos sospechosos de cáncer.

Mediante un cuestionario se preguntó con qué frecuencia consumían distintos alimentos ricos en compuestos fenólicos. También se recopilaron datos como edad, peso, actividad física, antecedentes familiares, consumo de alcohol y tabaco, historia reproductiva, uso de hormonas y tiempo desde el último estudio de detección.

Se trató de un estudio de casos y controles: se comparó retrospectivamente la exposición alimentaria de ambos grupos. Este diseño es útil para detectar señales y proponer nuevas preguntas, pero no permite establecer por sí solo una relación de causa y efecto.

¿Qué encontraron?

Las mujeres con cáncer de mama tenían una edad promedio de 57.4 años, frente a 52.4 años en el grupo de comparación. El tipo histológico más frecuente entre los casos fue el carcinoma ductal.

En los análisis de cada alimento por separado aparecieron asociaciones entre una menor probabilidad de pertenecer al grupo con cáncer y el consumo de algunos frutos rojos, tomate, cebolla, jengibre, soya, ejote, trigo, nueces o semillas, chocolate, té, clavo, menta y aceite de oliva, entre otros.

No se observó una señal uniforme. La frecuencia de consumo modificó algunas asociaciones y ciertos resultados fueron discordantes; por ejemplo, las estimaciones para aguacate y chile cambiaron según la categoría analizada. Esto recuerda que no puede extraerse una lista de alimentos “protectores” a partir de estas tablas.

En el modelo que consideró conjuntamente variables clínicas y reproductivas, la menopausia después de los 55 años se asoció con mayores posibilidades de pertenecer al grupo con cáncer. También apareció una asociación con haber dejado pasar más de tres años desde el último estudio de detección, aunque la estimación fue imprecisa y no debe interpretarse como una causa de la enfermedad.

Por qué estos resultados requieren cautela

El estudio aporta información local valiosa y poco frecuente en Chiapas. A la vez, tiene límites importantes:

  1. Asociación no significa causalidad. El diseño retrospectivo no puede demostrar que el consumo de un alimento haya evitado o provocado cáncer.
  2. La muestra fue pequeña y localizada. Participaron 123 mujeres de una sola unidad; los resultados no representan automáticamente a todas las mujeres de Chiapas o de México.
  3. La dieta se reconstruyó mediante memoria. Recordar lo que se consumía antes del diagnóstico puede ser difícil, y algunas mujeres pudieron modificar su alimentación después de enfermar.
  4. Se hicieron muchas comparaciones. Al analizar numerosos alimentos y frecuencias por separado, aumenta la posibilidad de encontrar asociaciones por azar.
  5. Varias estimaciones fueron inestables. Algunos intervalos de confianza fueron muy amplios y hubo categorías con pocas participantes.
  6. Los hallazgos alimentarios fueron principalmente análisis separados. Por ello pueden estar influidos por edad, actividad física, peso, acceso a servicios u otras diferencias entre los grupos.

Estos límites no anulan el estudio. Definen su aporte real: generar hipótesis que necesitan comprobarse con muestras más grandes, seguimiento prospectivo y análisis del patrón alimentario completo.

¿Qué significa para la vida cotidiana?

La conclusión práctica no es añadir un alimento específico al menú ni tomar suplementos de flavonoides. La evidencia de salud pública respalda un patrón de alimentación variado, con frutas, verduras, leguminosas, cereales integrales y nueces, además de actividad física y mantenimiento de un peso saludable.

Tampoco debe interpretarse una asociación aislada con el vino como una recomendación. El consumo de alcohol es un factor de riesgo reconocido para cáncer de mama; no es aconsejable comenzarlo o aumentarlo con fines preventivos.

Una alimentación saludable puede formar parte del cuidado general, pero no sustituye la valoración médica, la detección oportuna ni el tratamiento. Ante una masa en la mama, cambios en la piel o el pezón, secreción anormal o cualquier hallazgo nuevo, conviene solicitar evaluación profesional.

El siguiente paso de la investigación

El valor de este trabajo está en abrir una línea de investigación situada en la población de Chiapas. Los próximos estudios podrían evaluar cantidades y preparaciones, agrupar alimentos en patrones dietéticos, medir mejor otros factores de riesgo y seguir a las participantes a lo largo del tiempo.

Así será posible distinguir una señal verdadera de una coincidencia estadística y comprender si la alimentación contribuye al riesgo dentro de un contexto mucho más amplio.

Karla Reyna Navarro Fuentes fue primera autora y autora de correspondencia del estudio; Héctor Armando Rincón León participó como coautor.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.

Hipertensión: medir es sólo el comienzo. Hallazgos en casi 42 mil personas en México

En un tamizaje de 41,953 adultos en México, 17.1% tenía hipertensión sin tratar o insuficientemente controlada. Explicamos por qué medir es sólo el comienzo y cómo cerrar la ruta hacia el control.

Una medición de presión arterial dura pocos minutos. Lo difícil viene después: confirmar el diagnóstico, iniciar o ajustar el tratamiento y mantener un seguimiento que permita alcanzar el control.

Esa es una de las lecciones más claras de May Measurement Month 2022 en México. La campaña evaluó a 41,953 personas adultas y encontró que 7,176 —el 17.1% de todas las participantes— tenían hipertensión sin tratar o con un control insuficiente.

La cifra no describe la prevalencia nacional. Sí muestra cuánto puede descubrir una estrategia de detección cuando la medición se conecta con la atención clínica.

¿Cómo se realizó la campaña?

May Measurement Month es una iniciativa internacional para aumentar el conocimiento sobre la presión arterial. En México, la campaña de 2022 se llevó a cabo entre mayo y agosto, principalmente en unidades de primer contacto de Ciudad de México, Estado de México, Coahuila, Michoacán, Chiapas, Morelos y Campeche.

Participaron voluntariamente personas de 18 años o más. Personal médico y de enfermería capacitado realizó idealmente tres mediciones con la persona sentada y separadas por un minuto. Para el análisis se utilizó el promedio de la segunda y la tercera lectura.

El estudio consideró hipertensión una presión sistólica de 140 mmHg o más, una presión diastólica de 90 mmHg o más, o el uso de medicamentos antihipertensivos. Se consideró controlada cuando una persona que recibía tratamiento presentaba cifras menores de 140/90 mmHg.

La ruta desde la detección hasta el control

La edad promedio de las personas evaluadas fue de 48.5 años y 58.2% eran mujeres. Estos fueron los principales resultados:

  • 16,888 participantes, equivalentes al 40.3% de la muestra, cumplieron los criterios de hipertensión;
  • 85.7% de quienes tenían hipertensión ya conocían su diagnóstico;
  • 84.5% recibían medicamentos antihipertensivos;
  • 68.1% de las personas tratadas tenían la presión controlada;
  • si se considera a todas las personas con hipertensión, tratadas o no, el control alcanzó 57.5%;
  • 1,655 participantes, el 3.9% de la muestra, dijeron que nunca antes les habían medido la presión arterial.

También se identificaron 2,623 personas que no tomaban tratamiento y presentaron presión elevada durante el tamizaje. Al sumar a quienes recibían medicamentos pero continuaban fuera de control, 7,176 participantes tenían hipertensión sin tratar o insuficientemente controlada.

Conocer el diagnóstico no garantiza el control

Los porcentajes de conocimiento y tratamiento fueron altos dentro de esta muestra. Sin embargo, casi una de cada tres personas que tomaba medicamentos no alcanzó el nivel de control utilizado por el estudio.

Los autores plantearon que este resultado podría estar relacionado con inercia clínica, es decir, con la ausencia de ajustes oportunos cuando el tratamiento no consigue su objetivo. Pero el estudio no observó directamente las decisiones tomadas en cada consulta y, por ello, no permite atribuir la falta de control únicamente al personal de salud.

También pueden intervenir la toma irregular del medicamento, dosis o combinaciones insuficientes, efectos adversos, dificultades económicas o de acceso, poco tiempo de seguimiento, mediciones imprecisas y otros problemas clínicos. Distinguir entre estas posibilidades requiere una evaluación individual.

¿Qué aporta a la práctica clínica?

El tamizaje sirve cuando abre una ruta concreta de atención. En la consulta, esa ruta puede incluir:

  1. Medir correctamente. Usar un brazalete adecuado, permitir reposo, mantener una posición correcta y repetir la lectura reduce errores evitables.
  2. Confirmar. Una cifra elevada durante una campaña no equivale por sí sola a un diagnóstico definitivo. La Organización Mundial de la Salud señala que, en general, el diagnóstico requiere mediciones elevadas en dos días distintos.
  3. Evaluar el riesgo completo. La presión debe interpretarse junto con diabetes, enfermedad renal, tabaquismo, antecedentes cardiovasculares y otros factores.
  4. Revisar el tratamiento. Cuando la presión permanece elevada, conviene comprobar cómo se toman los medicamentos, explorar barreras y valorar si es necesario ajustar el esquema.
  5. Asegurar continuidad. Una referencia sin seguimiento puede convertirse en una oportunidad perdida. Los registros, recordatorios y citas de control ayudan a cerrar esa brecha.

Estas acciones también deben adaptarse a las condiciones sociales de cada persona. Como explicamos en nuestra entrada sobre escolaridad e hipertensión, la capacidad de acudir a consulta, comprender el plan y conseguir los medicamentos no se distribuye de manera uniforme.

Lo que las cifras no representan

La campaña utilizó un muestreo oportunista: participaron personas que acudieron voluntariamente a centros seleccionados, muchos de ellos vinculados con la seguridad social. No fue una encuesta probabilística de todos los adultos del país.

Por esa razón, el 40.3% observado no debe presentarse como la prevalencia de hipertensión en México ni compararse directamente con encuestas nacionales como si las poblaciones fueran equivalentes. La elevada proporción de participantes que ya conocían su diagnóstico o recibían tratamiento probablemente refleja, al menos en parte, el lugar y la forma en que fueron reclutados.

El diseño fue transversal y la información sobre antecedentes y medicamentos se obtuvo mediante cuestionario. Además, se estimaron estadísticamente lecturas faltantes para 368 participantes, el 0.9% de la muestra. Estas características deben considerarse al interpretar los resultados.

El mensaje central

Detectar una presión elevada es importante, pero el beneficio aparece cuando la persona llega a confirmación diagnóstica, tratamiento adecuado y seguimiento hasta alcanzar el control.

Las campañas amplias pueden encontrar a quienes nunca se habían medido, identificar tratamientos que necesitan revisión y recordar que la hipertensión suele avanzar sin síntomas. El reto para los servicios de salud es convertir cada medición en una oportunidad de atención continua.

Héctor Armando Rincón-León participó como coautor del estudio.

Fuentes

  • Alcocer L, Palomo S, Berumen Lechuga MG, et al. “May Measurement Month 2022: an analysis of blood pressure screening results from Mexico”. European Heart Journal Supplements. 2025;27(Suppl 7):vii54–vii56. Consultar el artículo.
  • Organización Mundial de la Salud. “Hipertensión”.

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.

Escolaridad e hipertensión: qué encontramos en 166 mil adultos en México

En 166,251 adultos evaluados en México, la hipertensión fue más frecuente entre quienes tenían menos años de estudio. Explicamos qué significa esta asociación, sus límites y su relevancia para la práctica clínica.

La presión arterial no depende solamente de lo que una persona come, cuánto ejercicio hace o si toma correctamente sus medicamentos. También se relaciona con las condiciones en las que vive, trabaja, aprende y recibe atención médica.

Una de esas condiciones es la escolaridad. Pero conviene aclararlo desde el principio: tener menos años de estudio no causa por sí mismo hipertensión, ni el nivel educativo determina inevitablemente la salud de alguien. La escolaridad puede funcionar como una señal de oportunidades y desventajas acumuladas a lo largo de la vida: ingresos, tipo de empleo, acceso a información comprensible, posibilidad de acudir a consulta, alimentación, estrés y continuidad del tratamiento, entre muchas otras.

Con esta perspectiva analizamos la relación entre escolaridad e hipertensión en 166,251 personas adultas que participaron en campañas mexicanas de medición de la presión arterial.

¿Qué estudiamos?

El trabajo reunió datos de las campañas May Measurement Month realizadas en México durante 2021, 2022 y 2023. Las personas acudieron voluntariamente a puntos de detección instalados en distintos estados del país.

Se consideró que una persona tenía hipertensión si había recibido previamente el diagnóstico, tomaba medicamentos para controlarla o presentaba una presión sistólica de al menos 140 mmHg o una presión diastólica de al menos 90 mmHg durante la evaluación.

Para el análisis se formaron tres grupos de escolaridad:

  • de 0 a 6 años de estudio;
  • de 7 a 12 años;
  • 13 años o más.

En el conjunto analizado, 60% eran mujeres, la edad promedio fue de 47 años y 37% cumplía criterios de hipertensión.

Una diferencia que no desapareció al ajustar los resultados

En las cifras sin ajustar, la hipertensión estuvo presente en:

  • 28% de quienes tenían 13 años o más de escolaridad;
  • 34% de quienes habían cursado entre 7 y 12 años;
  • 53% de quienes tenían entre 0 y 6 años de estudio.

Estas proporciones no pueden compararse de manera aislada, porque los grupos también diferían en edad, sexo y otras características. Por eso se realizó un análisis ajustado.

Después de considerar esas diferencias, las personas con 0 a 6 años de estudio tuvieron una prevalencia de hipertensión 22% mayor que quienes tenían 13 años o más. En el grupo de 7 a 12 años, la prevalencia fue 10% mayor.

La asociación fue más marcada en las mujeres. Además, la presión sistólica promedio fue más alta en los grupos con menor escolaridad: la diferencia alcanzó 7.7 mmHg en el conjunto de participantes, 9.2 mmHg entre las mujeres y 5.5 mmHg entre los hombres, al comparar los extremos de escolaridad.

¿Qué podría explicar la relación?

El estudio exploró algunos factores que podrían intervenir, como diabetes, consumo de alcohol, inactividad física y tabaquismo; en las mujeres también se consideró el antecedente de presión alta durante el embarazo.

En conjunto, estas variables explicaron estadísticamente alrededor de 14% a 19% de la asociación, según el sexo y el grupo educativo. Dicho de otra forma, la mayor parte de la diferencia no quedó explicada por los factores que se midieron.

Eso orienta la mirada hacia condiciones más amplias que no estaban disponibles en las encuestas: ingreso, ocupación, seguridad laboral, alimentación, estrés crónico, sueño, características del vecindario, acceso a medicamentos y servicios de salud, entre otras. No demuestra que alguna de ellas sea la causa; señala preguntas importantes para futuras investigaciones.

¿Por qué importa en la práctica clínica?

La escolaridad no debe utilizarse para etiquetar a las personas ni para anticipar que comprenderán menos o seguirán peor un tratamiento. Sí puede recordarnos que la prevención cardiovascular y la atención clínica necesitan ser accesibles para realidades muy distintas.

En la consulta, esto puede traducirse en acciones concretas:

  • medir la presión arterial de forma correcta y periódica, aun cuando no haya síntomas;
  • explicar el diagnóstico y el tratamiento con lenguaje claro, apoyos visuales y ejemplos cotidianos;
  • confirmar la comprensión pidiendo al paciente que explique con sus propias palabras el plan acordado;
  • preguntar por dificultades reales para conseguir medicamentos, asistir a consulta o cambiar hábitos;
  • integrar el control de diabetes y otros riesgos cardiovasculares;
  • reforzar el seguimiento, especialmente cuando existen barreras sociales o de acceso.

La hipertensión suele no producir síntomas. Por eso la Organización Mundial de la Salud subraya que medir la presión arterial es la única manera de detectarla con certeza.

Lo que este estudio no permite concluir

Los datos provienen de una detección voluntaria realizada en localidades seleccionadas, no de una muestra nacional representativa. Por lo tanto, el 37% observado no debe interpretarse como una nueva estimación de prevalencia para todo México.

Además, se trata de un análisis transversal: escolaridad, presión arterial y demás variables se observaron en el mismo periodo. Podemos hablar de una asociación, pero no afirmar que un nivel educativo determinado haya causado hipertensión. La escolaridad también es una medida parcial de la posición social y no sustituye información sobre ingreso, ocupación, entorno o acceso efectivo a la atención.

El artículo fue publicado en línea por BMC Public Health el 13 de agosto de 2026 como una versión aceptada, revisada por pares y citable, todavía sujeta a correcciones editoriales antes de la versión definitiva.

El mensaje central

La escolaridad no es un diagnóstico: es una pista sobre las condiciones sociales que pueden moldear el riesgo cardiovascular y la posibilidad de recibir atención oportuna.

Reducir las desigualdades en hipertensión requiere mucho más que recomendar buenos hábitos. También exige detección accesible, comunicación clínica comprensible, tratamientos disponibles y sistemas capaces de acompañar a cada persona según sus circunstancias.

Héctor Armando Rincón-León participó en el grupo de redacción y coordinación del estudio. Karla Reyna Navarro-Fuentes participó en la recolección de datos en Chiapas. Todas las personas autoras revisaron y aprobaron el manuscrito.

Fuentes

  • Collaborative Group on Arterial Hypertension. “Educational attainment and arterial hypertension in 160,000 Mexican adults: a pooled subanalysis of three surveys endorsed by the Collaborative Group on Arterial Hypertension”. BMC Public Health (publicación en línea, 2026). Consultar el artículo.
  • Organización Mundial de la Salud. “Hipertensión”.

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.