Miércoles 28 de abril de 2021
Esta semana leí dos artículos del New York Times, el primero de David Leonhardt y el segundo de Melinda Wenner Moyer, ambos me parecieron fascinantes porque tocan un tema que no hemos discutido de forma adecuada aquí en México: Ahora que los padres y los maestros estén vacunados, ¿qué pasará con los niños?, ¿qué deberíamos hacer con ellos?, ¿enviarlos a clases o no, permitirles ir a fiestas, convivir con gente fuera del hogar, salir de vacaciones? La respuesta no es tan simple como podría parecer.
En primera instancia estarían las personas como Karla y como yo, que de entrada pensamos que no, hasta que ellos no estén vacunados no deberían salir ni exponerse a personas ajenas al entorno que ha sido su cápsula por más de 13 meses, es un riesgo innecesario y listo. Luego tendríamos a quienes piensan de forma opuesta, reconociendo que los chicos se ven afectados por el aislamiento tan prolongado, que su salud mental también es muy importante y finalmente, que su riesgo es muy bajo, si se contagian será casi siempre de forma asintomática y no presentan la enfermedad (Covid) en forma grave.
En los Estados Unidos a estas alturas la vacunación ya está abierta para todo aquel mayor de 16 años que lo desee, e incluso se puede ir a algunas farmacias para comprar la vacuna, mientras tanto en México aún tenemos un panorama de escasez -hasta ayer se habían aplicado un poco más de 16 millones de vacunas para una población de más de 120 millones de habitantes-. Esto ocurre porque no somos un país productor y dependemos de los envíos de las compañías que las fabrican, aún así hay que reconocer que nos ha ido mucho mejor que a casi todo el resto de Latinoamérica y el mundo.
La vacunación inició en nuestro país con el personal de salud de primera línea -aquellos que atienden de forma directa a los pacientes graves que requieren de asistencia respiratoria-, luego se pasó al resto del personal de salud en instituciones públicas y a los adultos de 60 años y más, dejando fuera al personal de instituciones privadas y a quienes trabajan en consultorios particulares -como si estos no atendieran en primera instancia a miles de personas con enfermedad respiratoria, teniendo un riesgo mucho más elevado que el resto de la población para contagiarse con el virus-; y el día de ayer se anunció el inicio de la vacunación de las personas de 50 a 59 años, esperándose que esto avance conforme se vayan completando estos grupos de edad y sigan llegando más vacunas.
La cosa es que los niños, todos aquellos menores de 18 años, serán los últimos en ser vacunados porque se asume que su riesgo es mucho menor; al mismo tiempo el gobierno está planeando reiniciar las clases de forma presencial lo más pronto posible.
Hasta hoy, nadie sabe a ciencia cierta cuándo habrá vacunas disponibles para los niños, las de mRNA (Pfizer/NBiotech y Moderna) han sido aprobadas para su uso en niños de 16 años y más en los Estados Unidos, y un estudio la semana pasada halló que la primera de ellas es segura y muy efectiva en niños de 12 y más, pero aún no sabemos nada sobre los ensayos clínicos y procesos de aprobación en estos grupos de edad en México.
En el caso particular de mi hogar, mi esposa y yo al ser personal de salud ya fuimos vacunados con las dos dosis de la vacuna Pfizer/NBiotech y tenemos la cobertura completa, mientras que nuestros hijos de 16 y 14 años no, esta situación será cada vez más común en México y nos lleva a preguntarnos:
¿Y ahora qué? ¿qué sí y qué no deberíamos hacer?
¿Qué deberían de hacer las familias en esa situación durante el verano y otoño en relación con las clases presenciales?, ¿deberían poder visitar familiares que no han visto en un año y medio, tener reuniones con amigos y celebraciones de cumpleaños, comer en restaurantes o viajar en avión o camión?
No hay respuestas sencillas, a partir de esta situación hay más de un enfoque que parece razonable.
El primero es el que teníamos nosotros hasta antes de leer estos artículos, muchos padres elegirán mantener a sus hijos alejados de situaciones sociales en espacios cerrados hasta que ellos también se encuentren vacunados. Se puede señalar que algunos niños han fallecido por Covid, y varios miles otros han sufrido por una rara condición inflamatoria –síndrome inflamatorio multisistémico pediátrico-, y es claro que aún hay muchas cosas que desconocemos sobre el Covid, como el efecto de las variantes actuales y futuras en relación con los jóvenes, especialmente aquellos con condiciones subyacentes de salud.
El segundo grupo es el que elegirá ir retomando partes de su vida normal pre-pandemia antes de que sus hijos hayan sido vacunados y curiosamente, estos padres estarán tomando una decisión que al igual que en el caso de la postura “conservadora”, puede argumentarse desde un punto de vista científico.
No hay que perder de vista que la salud de los niños no es únicamente estar libres de Covid, el mantenerlos aislados tiene claros inconvenientes para su desarrollo social y salud mental, especialmente en familias con menores recursos que no permiten a los padres tener trabajo desde el hogar o pagar la atención por cuidadores si tienen que salir a trabajar.
Al final, cualquiera que sea la decisión tendrá que ser la elección -desde el particular punto de vista de cada familia- entre el mal menor y el que se considere como peor en este contexto.
Es importante revisar cuál es el efecto del Covid en los niños, para empezar sabemos que en los adultos ha sido devastador, teniendo una elevada mortalidad en las personas infectadas, en los Estados Unidos ha ocasionado la muerte de 16 veces más personas que la influenza en un año típico, muy especialmente en el grupo de mayores de 65 años, siendo en ellos durante el año pasado la tercera causa de defunción después de la enfermedad cardiaca y el cáncer, incluso en personas en sus 30’s fue la quinta causa de muerte después de los accidentes, suicidio, cáncer y enfermedad cardiaca. En niños menores de 18 años fue la décima causa de muerte después de las lesiones, suicidio, cáncer, homicidio, anomalías congénitas, enfermedad cardiaca, INFLUENZA, enfermedad respiratoria baja crónica y causas cerebrovasculares.
Esto significa que el efecto del Covid en los niños es muy diferente al de los adultos, y David Leonhardt apunta que el riesgo que ocasiona en estos es muy parecido al tipo de riesgo que la sociedad ha tolerado por mucho tiempo sin alterar sus rutinas diarias; en otras palabras en un año sin pandemia no dejamos de llevar a nuestros hijos a clases y demás actividades durante la temporada de influenza, sin embargo el año pasado esta mató a más niños que el mismo Covid, y eso que anualmente los vacunamos -espero que ustedes los vacunen contra influenza, si no lo han hecho, háganlo, no hay mejor forma de demostrar su amor por sus hijos que ayudándolos a no morir por enfermedades prevenibles-, aún así la influenza fue peor que el Covid el año pasado en este grupo de edad, y hemos decidido como sociedad no detener las actividades y la escuela por ella –con excepción del 2009, pero esa también fue una pandemia con un nuevo tipo de virus-. Y a pesar de que las nuevas variantes del coronavirus podrían ser más severas y aún no sabemos mucho de ellas, el riesgo parece ser mínimo para los menores de edad.
Y no es sólo que los niños hayan estado más protegidos que los adultos porque fueron aislados de forma más temprana y duradera que sus padres, incluso entre aquellos que sí enfermaron por Covid, la letalidad fue similar a la de los que enfermaron por influenza -0.005 por 100,000 en menores de 5 años y 0.002 entre los 5 y los 17 años-, para ponerlo en contexto, entre las personas de 65 y mas años la letalidad por Covid fue mayor al 2%, esto sería como 2,000 defunciones por cada 100,000 personas que tuvieron la infección.
Esto, además de recordarnos que la influenza es una enfermedad muy seria y tenemos suficientes vacunas anuales para ella; nos indica que en los jóvenes el Covid no es la misma enfermedad que en los adultos y adultos mayores. Si logramos que los adultos estén vacunados, las medidas de distanciamiento y cuidados como las mascarillas KN95 o el uso de doble cubrebocas deberían de ser suficientes para reanudar la vida escolar en aulas de nuestros hijos.
Para tomar una decisión final también tendremos que considerar que, aunque el efecto en los niños y jóvenes es mucho menor, sí pueden adquirir la infección y contagiar a los adultos y adultos mayores no vacunados, por ello también deberá considerarse si en el hogar de los chicos que acudirán a la escuela todos los adultos ya fueron vacunados, si hay personas que decidieron no hacerlo habría que insistir y convencerlos, además de reforzar mucho la idea de las precauciones de distanciamiento y cuidados respiratorios con mascarillas o cubrebocas. Y aunque se tome la decisión de que sí acudan a clases presenciales, creo que debería estar claro que las medidas generales deben mantenerse, y que ir a la escuela no significa volver a la “normalidad” anterior y poder estar en lugares mal ventilados, muy concurridos o estar mucho tiempo en un único salón o área. Es decir, no es lo mismo ir a una escuela que tomó las precauciones adecuadas como el tener a todos sus maestros vacunados, circulación del aire en las aulas, medidores de CO2 -son excelentes para estimar el aire ya respirado en una habitación, olvídense de los tapetes sanitizantes-, clases al aire libre cuando sea posible y un muy buen filtro de acceso a las instalaciones; que poder estar en salones cerrados, ir a fiestas muy concurridas o ir al cine y convivir sin mayores cuidados con personas de las que no sabemos su estatus vacunal y riesgo general de infección. Eso tendremos que seguir cuidándolo hasta que todos -bueno, al menos el 80% de la población- se encuentren vacunados.
Entonces, ¿qué van a hacer ustedes? Nosotros aún tenemos que tomar una decisión, no sé cuál será, pero es importante considerar que, por ejemplo, anualmente mueren muchos más niños en accidentes de auto o ahogados o por la misma influenza que por Covid, y ninguna de esas cosas ha hecho que tomemos la decisión de que no se suban a un coche, dejen de ir a nadar o no vayan a la escuela de octubre a mayo, que es la temporada de influenza en México.