Hipertensión: medir es sólo el comienzo. Hallazgos en casi 42 mil personas en México

En un tamizaje de 41,953 adultos en México, 17.1% tenía hipertensión sin tratar o insuficientemente controlada. Explicamos por qué medir es sólo el comienzo y cómo cerrar la ruta hacia el control.

Una medición de presión arterial dura pocos minutos. Lo difícil viene después: confirmar el diagnóstico, iniciar o ajustar el tratamiento y mantener un seguimiento que permita alcanzar el control.

Esa es una de las lecciones más claras de May Measurement Month 2022 en México. La campaña evaluó a 41,953 personas adultas y encontró que 7,176 —el 17.1% de todas las participantes— tenían hipertensión sin tratar o con un control insuficiente.

La cifra no describe la prevalencia nacional. Sí muestra cuánto puede descubrir una estrategia de detección cuando la medición se conecta con la atención clínica.

¿Cómo se realizó la campaña?

May Measurement Month es una iniciativa internacional para aumentar el conocimiento sobre la presión arterial. En México, la campaña de 2022 se llevó a cabo entre mayo y agosto, principalmente en unidades de primer contacto de Ciudad de México, Estado de México, Coahuila, Michoacán, Chiapas, Morelos y Campeche.

Participaron voluntariamente personas de 18 años o más. Personal médico y de enfermería capacitado realizó idealmente tres mediciones con la persona sentada y separadas por un minuto. Para el análisis se utilizó el promedio de la segunda y la tercera lectura.

El estudio consideró hipertensión una presión sistólica de 140 mmHg o más, una presión diastólica de 90 mmHg o más, o el uso de medicamentos antihipertensivos. Se consideró controlada cuando una persona que recibía tratamiento presentaba cifras menores de 140/90 mmHg.

La ruta desde la detección hasta el control

La edad promedio de las personas evaluadas fue de 48.5 años y 58.2% eran mujeres. Estos fueron los principales resultados:

  • 16,888 participantes, equivalentes al 40.3% de la muestra, cumplieron los criterios de hipertensión;
  • 85.7% de quienes tenían hipertensión ya conocían su diagnóstico;
  • 84.5% recibían medicamentos antihipertensivos;
  • 68.1% de las personas tratadas tenían la presión controlada;
  • si se considera a todas las personas con hipertensión, tratadas o no, el control alcanzó 57.5%;
  • 1,655 participantes, el 3.9% de la muestra, dijeron que nunca antes les habían medido la presión arterial.

También se identificaron 2,623 personas que no tomaban tratamiento y presentaron presión elevada durante el tamizaje. Al sumar a quienes recibían medicamentos pero continuaban fuera de control, 7,176 participantes tenían hipertensión sin tratar o insuficientemente controlada.

Conocer el diagnóstico no garantiza el control

Los porcentajes de conocimiento y tratamiento fueron altos dentro de esta muestra. Sin embargo, casi una de cada tres personas que tomaba medicamentos no alcanzó el nivel de control utilizado por el estudio.

Los autores plantearon que este resultado podría estar relacionado con inercia clínica, es decir, con la ausencia de ajustes oportunos cuando el tratamiento no consigue su objetivo. Pero el estudio no observó directamente las decisiones tomadas en cada consulta y, por ello, no permite atribuir la falta de control únicamente al personal de salud.

También pueden intervenir la toma irregular del medicamento, dosis o combinaciones insuficientes, efectos adversos, dificultades económicas o de acceso, poco tiempo de seguimiento, mediciones imprecisas y otros problemas clínicos. Distinguir entre estas posibilidades requiere una evaluación individual.

¿Qué aporta a la práctica clínica?

El tamizaje sirve cuando abre una ruta concreta de atención. En la consulta, esa ruta puede incluir:

  1. Medir correctamente. Usar un brazalete adecuado, permitir reposo, mantener una posición correcta y repetir la lectura reduce errores evitables.
  2. Confirmar. Una cifra elevada durante una campaña no equivale por sí sola a un diagnóstico definitivo. La Organización Mundial de la Salud señala que, en general, el diagnóstico requiere mediciones elevadas en dos días distintos.
  3. Evaluar el riesgo completo. La presión debe interpretarse junto con diabetes, enfermedad renal, tabaquismo, antecedentes cardiovasculares y otros factores.
  4. Revisar el tratamiento. Cuando la presión permanece elevada, conviene comprobar cómo se toman los medicamentos, explorar barreras y valorar si es necesario ajustar el esquema.
  5. Asegurar continuidad. Una referencia sin seguimiento puede convertirse en una oportunidad perdida. Los registros, recordatorios y citas de control ayudan a cerrar esa brecha.

Estas acciones también deben adaptarse a las condiciones sociales de cada persona. Como explicamos en nuestra entrada sobre escolaridad e hipertensión, la capacidad de acudir a consulta, comprender el plan y conseguir los medicamentos no se distribuye de manera uniforme.

Lo que las cifras no representan

La campaña utilizó un muestreo oportunista: participaron personas que acudieron voluntariamente a centros seleccionados, muchos de ellos vinculados con la seguridad social. No fue una encuesta probabilística de todos los adultos del país.

Por esa razón, el 40.3% observado no debe presentarse como la prevalencia de hipertensión en México ni compararse directamente con encuestas nacionales como si las poblaciones fueran equivalentes. La elevada proporción de participantes que ya conocían su diagnóstico o recibían tratamiento probablemente refleja, al menos en parte, el lugar y la forma en que fueron reclutados.

El diseño fue transversal y la información sobre antecedentes y medicamentos se obtuvo mediante cuestionario. Además, se estimaron estadísticamente lecturas faltantes para 368 participantes, el 0.9% de la muestra. Estas características deben considerarse al interpretar los resultados.

El mensaje central

Detectar una presión elevada es importante, pero el beneficio aparece cuando la persona llega a confirmación diagnóstica, tratamiento adecuado y seguimiento hasta alcanzar el control.

Las campañas amplias pueden encontrar a quienes nunca se habían medido, identificar tratamientos que necesitan revisión y recordar que la hipertensión suele avanzar sin síntomas. El reto para los servicios de salud es convertir cada medición en una oportunidad de atención continua.

Héctor Armando Rincón-León participó como coautor del estudio.

Fuentes

  • Alcocer L, Palomo S, Berumen Lechuga MG, et al. “May Measurement Month 2022: an analysis of blood pressure screening results from Mexico”. European Heart Journal Supplements. 2025;27(Suppl 7):vii54–vii56. Consultar el artículo.
  • Organización Mundial de la Salud. “Hipertensión”.

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.

Escolaridad e hipertensión: qué encontramos en 166 mil adultos en México

En 166,251 adultos evaluados en México, la hipertensión fue más frecuente entre quienes tenían menos años de estudio. Explicamos qué significa esta asociación, sus límites y su relevancia para la práctica clínica.

La presión arterial no depende solamente de lo que una persona come, cuánto ejercicio hace o si toma correctamente sus medicamentos. También se relaciona con las condiciones en las que vive, trabaja, aprende y recibe atención médica.

Una de esas condiciones es la escolaridad. Pero conviene aclararlo desde el principio: tener menos años de estudio no causa por sí mismo hipertensión, ni el nivel educativo determina inevitablemente la salud de alguien. La escolaridad puede funcionar como una señal de oportunidades y desventajas acumuladas a lo largo de la vida: ingresos, tipo de empleo, acceso a información comprensible, posibilidad de acudir a consulta, alimentación, estrés y continuidad del tratamiento, entre muchas otras.

Con esta perspectiva analizamos la relación entre escolaridad e hipertensión en 166,251 personas adultas que participaron en campañas mexicanas de medición de la presión arterial.

¿Qué estudiamos?

El trabajo reunió datos de las campañas May Measurement Month realizadas en México durante 2021, 2022 y 2023. Las personas acudieron voluntariamente a puntos de detección instalados en distintos estados del país.

Se consideró que una persona tenía hipertensión si había recibido previamente el diagnóstico, tomaba medicamentos para controlarla o presentaba una presión sistólica de al menos 140 mmHg o una presión diastólica de al menos 90 mmHg durante la evaluación.

Para el análisis se formaron tres grupos de escolaridad:

  • de 0 a 6 años de estudio;
  • de 7 a 12 años;
  • 13 años o más.

En el conjunto analizado, 60% eran mujeres, la edad promedio fue de 47 años y 37% cumplía criterios de hipertensión.

Una diferencia que no desapareció al ajustar los resultados

En las cifras sin ajustar, la hipertensión estuvo presente en:

  • 28% de quienes tenían 13 años o más de escolaridad;
  • 34% de quienes habían cursado entre 7 y 12 años;
  • 53% de quienes tenían entre 0 y 6 años de estudio.

Estas proporciones no pueden compararse de manera aislada, porque los grupos también diferían en edad, sexo y otras características. Por eso se realizó un análisis ajustado.

Después de considerar esas diferencias, las personas con 0 a 6 años de estudio tuvieron una prevalencia de hipertensión 22% mayor que quienes tenían 13 años o más. En el grupo de 7 a 12 años, la prevalencia fue 10% mayor.

La asociación fue más marcada en las mujeres. Además, la presión sistólica promedio fue más alta en los grupos con menor escolaridad: la diferencia alcanzó 7.7 mmHg en el conjunto de participantes, 9.2 mmHg entre las mujeres y 5.5 mmHg entre los hombres, al comparar los extremos de escolaridad.

¿Qué podría explicar la relación?

El estudio exploró algunos factores que podrían intervenir, como diabetes, consumo de alcohol, inactividad física y tabaquismo; en las mujeres también se consideró el antecedente de presión alta durante el embarazo.

En conjunto, estas variables explicaron estadísticamente alrededor de 14% a 19% de la asociación, según el sexo y el grupo educativo. Dicho de otra forma, la mayor parte de la diferencia no quedó explicada por los factores que se midieron.

Eso orienta la mirada hacia condiciones más amplias que no estaban disponibles en las encuestas: ingreso, ocupación, seguridad laboral, alimentación, estrés crónico, sueño, características del vecindario, acceso a medicamentos y servicios de salud, entre otras. No demuestra que alguna de ellas sea la causa; señala preguntas importantes para futuras investigaciones.

¿Por qué importa en la práctica clínica?

La escolaridad no debe utilizarse para etiquetar a las personas ni para anticipar que comprenderán menos o seguirán peor un tratamiento. Sí puede recordarnos que la prevención cardiovascular y la atención clínica necesitan ser accesibles para realidades muy distintas.

En la consulta, esto puede traducirse en acciones concretas:

  • medir la presión arterial de forma correcta y periódica, aun cuando no haya síntomas;
  • explicar el diagnóstico y el tratamiento con lenguaje claro, apoyos visuales y ejemplos cotidianos;
  • confirmar la comprensión pidiendo al paciente que explique con sus propias palabras el plan acordado;
  • preguntar por dificultades reales para conseguir medicamentos, asistir a consulta o cambiar hábitos;
  • integrar el control de diabetes y otros riesgos cardiovasculares;
  • reforzar el seguimiento, especialmente cuando existen barreras sociales o de acceso.

La hipertensión suele no producir síntomas. Por eso la Organización Mundial de la Salud subraya que medir la presión arterial es la única manera de detectarla con certeza.

Lo que este estudio no permite concluir

Los datos provienen de una detección voluntaria realizada en localidades seleccionadas, no de una muestra nacional representativa. Por lo tanto, el 37% observado no debe interpretarse como una nueva estimación de prevalencia para todo México.

Además, se trata de un análisis transversal: escolaridad, presión arterial y demás variables se observaron en el mismo periodo. Podemos hablar de una asociación, pero no afirmar que un nivel educativo determinado haya causado hipertensión. La escolaridad también es una medida parcial de la posición social y no sustituye información sobre ingreso, ocupación, entorno o acceso efectivo a la atención.

El artículo fue publicado en línea por BMC Public Health el 13 de agosto de 2026 como una versión aceptada, revisada por pares y citable, todavía sujeta a correcciones editoriales antes de la versión definitiva.

El mensaje central

La escolaridad no es un diagnóstico: es una pista sobre las condiciones sociales que pueden moldear el riesgo cardiovascular y la posibilidad de recibir atención oportuna.

Reducir las desigualdades en hipertensión requiere mucho más que recomendar buenos hábitos. También exige detección accesible, comunicación clínica comprensible, tratamientos disponibles y sistemas capaces de acompañar a cada persona según sus circunstancias.

Héctor Armando Rincón-León participó en el grupo de redacción y coordinación del estudio. Karla Reyna Navarro-Fuentes participó en la recolección de datos en Chiapas. Todas las personas autoras revisaron y aprobaron el manuscrito.

Fuentes

  • Collaborative Group on Arterial Hypertension. “Educational attainment and arterial hypertension in 160,000 Mexican adults: a pooled subanalysis of three surveys endorsed by the Collaborative Group on Arterial Hypertension”. BMC Public Health (publicación en línea, 2026). Consultar el artículo.
  • Organización Mundial de la Salud. “Hipertensión”.

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.