Anticuerpos contra el Zika: una pista para distinguirlo del dengue

Un estudio con pacientes de Tapachula encontró regiones del Zika que provocan respuestas de anticuerpos distintas a las del dengue. Una pista para futuras pruebas, aún no lista para uso clínico.

Una prueba de anticuerpos positiva parece dar una respuesta sencilla. En lugares donde también circula el dengue, no siempre es así: ambos virus están emparentados y algunas defensas del organismo pueden reconocerlos de manera parecida. ¿Podemos encontrar señales más específicas del Zika?

Esa pregunta llevó a un equipo internacional a estudiar muestras de personas atendidas en Tapachula durante la epidemia de 2016. El trabajo, publicado en Nature Communications, examinó no sólo cuántos anticuerpos había, sino qué partes del virus reconocían, cómo cambiaba esa respuesta con el tiempo y qué se observaba en sangre y orina.

Un mapa de la respuesta inmunitaria

Los anticuerpos son proteínas que se unen a regiones concretas de un agente infeccioso. La IgM suele aparecer temprano; la IgG puede desarrollarse después y persistir más tiempo. Pero decir «IgM positiva» o «IgG positiva» no revela por sí solo a qué región del virus se unieron ni si también reaccionarían frente al dengue.

Para explorar esos detalles, los investigadores emplearon una biblioteca de fragmentos que representaba proteínas de todo el virus del Zika. La usaron como un mapa: expusieron los fragmentos a anticuerpos de las muestras y observaron cuáles eran reconocidos. Además, midieron la fuerza con que los anticuerpos se unían a algunas proteínas virales. Estas técnicas sirvieron para investigar la respuesta inmunitaria; no son un examen clínico rutinario para pacientes.

El análisis incluyó muestras de 19 personas adultas con infección aguda por Zika confirmada mediante PCR. Para el mapeo más detallado, se agruparon muestras de cinco de ellas; otras mediciones se hicieron en muestras individuales. Esta distinción importa: los resultados del mapa no deben interpretarse como si cada uno de los 19 participantes hubiera mostrado exactamente el mismo patrón.

Las defensas no siguen una sola ruta

En la primera visita, los anticuerpos IgM reconocían una variedad amplia de regiones del virus. Con el paso de los días, algunas respuestas se concentraron en determinadas proteínas. La IgG en sangre aumentó y se enfocó especialmente en regiones de la proteína de envoltura E y de proteínas llamadas NS1 y NS2B.

La orina contó una historia diferente: los investigadores encontraron principalmente respuesta IgM y muy poca IgG específica del Zika en las muestras estudiadas. Sangre y orina, por tanto, no ofrecían copias idénticas de la respuesta inmunitaria. Tampoco todas las proteínas virales generaban anticuerpos que maduraran de la misma forma.

Este hallazgo ayuda a entender por qué una serología no puede interpretarse como una señal única y uniforme. El momento de la muestra, el tipo de anticuerpo y la parte del virus que reconoce pueden cambiar lo que una prueba detecta.

Una región prometedora para futuras pruebas

Una parte de la proteína NS2B destacó en los experimentos. El fragmento evaluado reaccionó al menos una vez con muestras de 17 de las 19 personas con Zika agudo, y con las 13 muestras de personas en recuperación de Zika incluidas en esa comparación. En contraste, sólo una de 27 muestras de personas en recuperación de dengue mostró una reacción débil.

Esa diferencia sugiere que el fragmento podría ayudar a diseñar pruebas capaces de distinguir mejor entre ambos virus. Es una pista valiosa, pero todavía no equivale a una prueba diagnóstica lista para usarse: harían falta evaluaciones independientes, con más pacientes, distintas exposiciones previas y condiciones reales de laboratorio, antes de conocer su rendimiento clínico.

La necesidad sigue vigente. Las guías actuales de los CDC para Zika advierten que la IgM puede reaccionar de forma cruzada con otros flavivirus y que incluso las pruebas confirmatorias pueden no separar siempre una infección de otra. La Organización Mundial de la Salud recomienda interpretar los resultados junto con la historia clínica, la situación epidemiológica y las limitaciones de cada método.

¿Anticuerpos más fuertes, menos síntomas?

El equipo observó otra asociación: las personas cuyos anticuerpos en sangre se unían con mayor fuerza a la proteína E durante la fase temprana tendían a reportar menos síntomas al día 28. La relación fue modesta y el grupo era pequeño. No demuestra que esos anticuerpos hayan causado la mejoría, ni permite predecir la evolución de una persona concreta.

Los propios autores plantearon que este resultado merece estudiarse en cohortes mayores. Comprender qué características de la respuesta inmunitaria se relacionan con la recuperación podría ayudar a orientar investigaciones futuras, incluidas las de vacunas. Por ahora, es una hipótesis apoyada por una asociación, no una herramienta para decidir tratamientos.

Lo que conviene recordar

Este estudio mostró que la respuesta al Zika cambia con el tiempo y varía según la proteína viral y el tipo de muestra. También identificó una región de NS2B que, en las muestras evaluadas, distinguió al Zika del dengue mejor que otros fragmentos estudiados.

Sus límites son igual de importantes: participaron 19 personas con Zika agudo; el mapeo profundo utilizó muestras agrupadas de cinco; la exposición previa a otros flavivirus no podía descartarse por completo; y los fragmentos candidatos no se validaron como pruebas clínicas. Tampoco describe por sí mismo la circulación actual del Zika en Chiapas.

En la práctica, una sospecha de Zika o dengue requiere valorar síntomas, días desde su inicio, antecedentes de exposición y pruebas disponibles. Un resultado serológico aislado no sustituye esa evaluación. La investigación sí deja una idea fértil: para hacer mejores pruebas, quizá debamos preguntar no sólo si hay anticuerpos, sino exactamente qué reconocen.

Karla R. Navarro-Fuentes participó como coautora de esta investigación desde el Instituto Mexicano del Seguro Social en Tapachula.

Fuentes

Esta entrada tiene fines de divulgación. No sustituye la valoración médica ni los lineamientos de diagnóstico y vigilancia aplicables en México.

Zika o dengue: ¿por qué una sola muestra puede no bastar?

Un estudio en Tapachula mostró que repetir y combinar pruebas en distintos momentos puede identificar infecciones por Zika y dengue que una sola muestra omitiría.

Una persona consulta por fiebre, sarpullido, dolor muscular y malestar. Vive en una región donde circulan varios virus transmitidos por mosquitos. Se toma una muestra, la prueba resulta negativa y surge una pregunta inevitable: ¿ese resultado descarta realmente la infección?

No siempre. Una prueba de laboratorio es una fotografía tomada en un momento específico. El virus puede estar presente en una cantidad demasiado baja para ser detectado, desaparecer pronto de la sangre o encontrarse en otra muestra. Los anticuerpos, por su parte, tardan en aparecer y pueden parecerse a los producidos frente a otros virus relacionados.

Esta dificultad fue el centro de un estudio realizado en Tapachula, Chiapas, durante la epidemia de Zika. El trabajo mostró que analizar muestras en distintos momentos mejoró la identificación de infecciones por Zika y dengue. También reveló por qué un resultado aislado debe interpretarse junto con los días de evolución, los síntomas, el lugar de exposición y las limitaciones de cada prueba.

Dos tipos de señales: el virus y la respuesta del organismo

Las pruebas moleculares, como la RT-PCR, buscan material genético del virus. Cuando detectan una señal específica en una muestra adecuada, aportan evidencia directa de una infección actual. Su principal dificultad es el tiempo: la cantidad de ARN viral cambia a lo largo de la enfermedad y puede ser baja o durar poco.

Las pruebas serológicas buscan anticuerpos, principalmente IgM e IgG. La IgM suele relacionarse con una infección reciente, mientras que la IgG puede permanecer durante mucho tiempo y reflejar exposiciones pasadas. Estas pruebas amplían la ventana diagnóstica, pero plantean otro problema: Zika y dengue pertenecen a la misma familia de virus y sus anticuerpos pueden reaccionar de forma cruzada.

En términos sencillos:

  • La RT-PCR intenta encontrar al virus.
  • La serología busca la huella que dejó la respuesta inmunitaria.
  • Ninguna medición aislada cuenta necesariamente toda la historia.

El momento de la muestra modifica lo que podemos encontrar

Al inicio de una infección, el virus puede detectarse mediante una prueba molecular. Conforme pasan los días, esa señal puede disminuir, mientras los anticuerpos comienzan a aumentar. Por eso, una misma persona puede tener resultados diferentes según el día en que se tome la muestra.

Un resultado negativo tampoco tiene el mismo significado en todas las circunstancias. Puede indicar que no hubo infección, pero también que la muestra se tomó demasiado pronto, demasiado tarde, que la cantidad de virus era inferior al límite de detección o que la muestra estudiada no contenía suficiente material viral.

Esto no significa que toda prueba negativa deba repetirse. Significa que su interpretación depende de la probabilidad previa de infección y del contexto clínico y epidemiológico.

Cómo se realizó el estudio en Tapachula

El equipo desarrolló un estudio prospectivo y multicéntrico entre 2016 y 2018. Participaron cinco instituciones de salud de Tapachula y la Red Mexicana de Investigación en Enfermedades Infecciosas Emergentes.

El análisis incluyó a 350 personas con fiebre, exantema u otros síntomas compatibles con una posible infección por Zika, además de 81 integrantes de sus hogares que no presentaban síntomas. A las personas sintomáticas se les programaron visitas al ingreso y a los días 3, 7 y 28.

En las primeras tres visitas se realizaron pruebas de RT-PCR en suero y orina para Zika, dengue y chikunguña. También se midieron anticuerpos IgM e IgG contra estos virus en diferentes momentos.

Entre las 350 personas sintomáticas, el estudio clasificó:

  • 32 infecciones confirmadas por Zika.
  • 59 infecciones confirmadas por dengue.
  • 259 episodios febriles cuya causa no pudo identificarse con las pruebas del protocolo.

Que un episodio quedara sin clasificación no significa que los síntomas fueran imaginarios. Indica que el estudio no consiguió atribuirlos con certeza a uno de los virus evaluados.

Ocho infecciones por Zika aparecieron después de la primera muestra

El hallazgo más fácil de visualizar surgió al comparar las mediciones seriadas. De las 32 personas con Zika confirmado, ocho —una de cada cuatro— tuvieron su primera RT-PCR positiva en una visita posterior, no en la muestra inicial.

Los autores calcularon que una sola evaluación al ingreso habría omitido 25% de las infecciones por Zika y 20% de las infecciones por dengue que finalmente se confirmaron. El intervalo entre el inicio de los síntomas y la detección posterior llegó hasta 13 días en el protocolo.

Este resultado no convierte una PCR negativa en una prueba inútil. Muestra que la sensibilidad de una estrategia depende tanto del método como de la oportunidad, el tipo de muestra y la posibilidad de observar la evolución.

Los anticuerpos también necesitan una línea de tiempo

El segundo componente del estudio fue la serología. En una región con exposición previa a dengue, una IgG positiva contra Zika o dengue puede reflejar una infección pasada o una reacción cruzada, no necesariamente la causa del episodio actual.

El ejemplo fue llamativo: 90% de las personas sin síntomas del grupo domiciliario tenía una prueba de IgG contra Zika por encima del punto de corte recomendado. Sin embargo, sus niveles permanecieron relativamente estables. En las personas con infección confirmada, en cambio, la dirección y magnitud del cambio entre el ingreso y el día 28 aportaron información adicional.

El equipo construyó un árbol de clasificación que combinó mediciones de anticuerpos contra Zika y dengue en distintos momentos. Al considerar conjuntamente sensibilidad y especificidad, el modelo clasificó mejor a los grupos conocidos que los puntos de corte comerciales aplicados a una sola muestra.

La enseñanza no es que ese árbol deba copiarse en cualquier laboratorio. Es que la trayectoria de los anticuerpos puede ser más informativa que un valor aislado y que los puntos de corte obtenidos en viajeros sin exposiciones previas no siempre funcionan igual en una población que vive en una región endémica.

Una prueba positiva tampoco siempre resuelve todo

Las pruebas serológicas pueden reaccionar frente a flavivirus relacionados. Una persona con dengue previo, vacunación contra otro flavivirus o varias exposiciones a lo largo de la vida puede desarrollar un patrón difícil de interpretar.

Las pruebas de neutralización pueden ayudar a aclarar algunos resultados, pero requieren laboratorios especializados y tampoco siempre distinguen con certeza entre Zika y dengue después de infecciones sucesivas. Por eso, el diagnóstico final puede permanecer como probable o indeterminado aun cuando se realicen estudios adicionales.

La incertidumbre no es un defecto de la medicina. Reconocerla evita transformar un resultado dudoso en una certeza falsa.

Qué recomiendan actualmente las guías

Las recomendaciones actuales conservan la idea central de elegir las pruebas según el tiempo transcurrido y el contexto epidemiológico, aunque no indican repetir de forma rutinaria el esquema completo utilizado en esta investigación.

La guía de la Organización Mundial de la Salud para Zika y dengue señala que la selección e interpretación de las pruebas debe considerar la epidemiología, la historia del paciente y las limitaciones de los ensayos disponibles.

Para una persona sintomática no embarazada con posibilidad de exposición a ambos virus, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos recomiendan pruebas moleculares para Zika y dengue en suero durante los primeros siete días. Si esas pruebas son negativas, o si la muestra se obtiene después, puede indicarse serología IgM. Una IgM positiva puede requerir pruebas de confirmación cuando distinguir el virus sea importante.

Para dengue agudo, las recomendaciones actuales combinan una prueba molecular o antígeno NS1 con IgM durante los primeros siete días. Después, la IgM adquiere mayor utilidad. Un resultado molecular o de NS1 negativo no descarta por sí solo el dengue y el manejo clínico no debe retrasarse mientras llegan los resultados.

En México, la Red Nacional de Laboratorios de Salud Pública y el InDRE mantienen lineamientos específicos para la vigilancia por laboratorio de dengue y otras arbovirosis. La elección de muestras, pruebas y envío debe seguir esos procedimientos nacionales y la situación epidemiológica vigente.

Lo que este estudio no permite concluir

Los resultados deben leerse junto con varias limitaciones:

  • Sólo 32 participantes tuvieron Zika y 59 dengue confirmados.
  • La condición de verdaderos negativos en el grupo domiciliario no podía demostrarse con absoluta certeza.
  • No se realizaron pruebas de neutralización para resolver todas las reacciones cruzadas.
  • El árbol de clasificación no fue diseñado para coinfecciones.
  • Los puntos de corte obtenidos no pueden trasladarse automáticamente a otras poblaciones, laboratorios o marcas de pruebas.
  • El modelo no ajustó por el día exacto desde el inicio de los síntomas, una variable que influye en las curvas de virus y anticuerpos.
  • La investigación se desarrolló durante la epidemia de 2016 a 2018 y no describe la circulación actual de Zika o dengue.

Por estas razones, el trabajo aporta una demostración del valor de las mediciones seriadas, pero no constituye un algoritmo clínico universal ni reemplaza las guías vigentes.

Qué significa para la práctica clínica

La solicitud de pruebas debe partir de una pregunta concreta: qué infección es probable, cuántos días han pasado, qué muestra está disponible y si el resultado cambiará el manejo clínico, la vigilancia epidemiológica o las decisiones durante el embarazo.

Una prueba negativa temprana puede necesitar una interpretación posterior si la sospecha continúa. Una IgG positiva aislada no demuestra necesariamente que el episodio actual sea Zika o dengue. Y ningún resultado de laboratorio sustituye la valoración de signos de alarma o la atención oportuna.

En personas embarazadas o con posibilidad de exposición durante el embarazo, las decisiones diagnósticas requieren especial cuidado por las consecuencias potenciales de la infección por Zika. Deben seguirse los protocolos clínicos y de salud pública correspondientes.

El mensaje central

El diagnóstico de Zika y dengue no depende únicamente de escoger una prueba. También depende de escoger el momento adecuado y de interpretar el resultado dentro de una secuencia.

En esta cohorte de Tapachula, las mediciones repetidas detectaron infecciones que una sola muestra habría omitido. La evolución de los anticuerpos también ayudó a separar señales de una infección reciente de la exposición previa y la reactividad cruzada.

Héctor Armando Rincón León participó como coautor del artículo desde la Unidad de Medicina Familiar No. 11 del IMSS en Tapachula. Karla R. Navarro-Fuentes aparece reconocida en los agradecimientos por su participación en la recolección de datos.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye la valoración médica ni los lineamientos diagnósticos de las autoridades sanitarias. Si existe sospecha de dengue, Zika u otra arbovirosis, el estudio y el manejo deben individualizarse.

¿El Zika afecta temporalmente la memoria y otras funciones cognitivas?

Un estudio con 406 personas en Tapachula encontró cambios cognitivos leves durante la fase aguda de Zika, dengue y otras enfermedades, sin evidencia de deterioro persistente.

Una infección aguda no sólo produce fiebre, dolor o cansancio. Mientras el cuerpo enfrenta la enfermedad, algunas personas sienten que les cuesta concentrarse, recordar información o pensar con la misma rapidez de siempre. ¿Se trata únicamente del malestar general o ciertos virus pueden afectar de manera temporal el funcionamiento cognitivo?

Esta pregunta fue especialmente importante durante la epidemia de Zika. El virus se relacionó con complicaciones neurológicas graves —como el síndrome de Guillain-Barré, la neuropatía y la mielitis— y con alteraciones congénitas cuando la infección ocurre durante el embarazo. Sin embargo, se sabía mucho menos sobre posibles cambios sutiles en la memoria, la atención y otras funciones en adolescentes y adultos con una infección sintomática.

Para explorarlo, analizamos la evolución de personas atendidas en Tapachula, Chiapas, con Zika, dengue u otras enfermedades agudas cuya causa no pudo identificarse. El resultado principal fue tranquilizador, aunque no definitivo: observamos cambios cognitivos leves durante la etapa aguda, pero no encontramos evidencia clínica de un deterioro persistente atribuible específicamente al Zika.

Qué entendemos por funciones cognitivas

Las funciones cognitivas son las capacidades que utilizamos para aprender, recordar, mantener la atención, comprender el lenguaje, orientarnos y resolver problemas. No son una sola habilidad: una persona puede conservar bien algunas y mostrar dificultades transitorias en otras.

En el estudio utilizamos la Evaluación Cognitiva de Montreal, conocida como MoCA. Es una prueba breve de tamizaje que puede aplicarse en aproximadamente diez minutos y explora cinco áreas:

  • Memoria.
  • Habilidades visuoespaciales y funciones ejecutivas.
  • Atención.
  • Lenguaje.
  • Orientación en el tiempo y el espacio.

La puntuación total va de 0 a 30. En la versión utilizada, un resultado menor de 26 puntos se consideró anormal para fines del análisis. Esto no significa que una puntuación aislada establezca un diagnóstico de demencia, lesión cerebral o discapacidad. El MoCA es una herramienta de detección; su interpretación depende de la edad, la escolaridad, el contexto clínico y, cuando es necesario, de una evaluación neuropsicológica más amplia.

Cómo se realizó el estudio

El trabajo formó parte de una cohorte prospectiva desarrollada entre 2016 y 2018 en cuatro instituciones de salud de Tapachula. Incluimos a personas de 12 años o más que habían iniciado recientemente con fiebre, exantema u otros síntomas compatibles con una posible infección por Zika.

Los participantes fueron evaluados al ingreso y durante el seguimiento, con visitas programadas a los 3, 7, 28 y 180 días. Además de la exploración clínica y el MoCA, se obtuvieron muestras de sangre y orina para realizar pruebas repetidas de RT-PCR.

El análisis incluyó a 406 personas:

  • 37 con infección confirmada por Zika.
  • 73 con dengue confirmado.
  • 296 con una enfermedad aguda de origen no identificado.

Este último grupo reunió episodios en los que las pruebas no detectaron Zika, dengue ni chikunguña. No significa que las personas no tuvieran una enfermedad real, sino que el protocolo no determinó su causa específica.

Los cambios fueron leves y transitorios

Los tres grupos siguieron trayectorias generales parecidas. Las puntuaciones promedio del MoCA fueron menores durante los primeros días y mejoraron de manera significativa entre el día 7 y el día 28. Después, entre los días 28 y 180, el promedio se mantuvo estable.

En otras palabras, el patrón se relacionó principalmente con la fase aguda y la recuperación temprana. A los seis meses, el estudio no encontró evidencia de que Zika o dengue provocaran alteraciones cognitivas que persistieran más allá de ese periodo.

Esto no demuestra que todas las personas se recuperen de la misma manera ni descarta por completo efectos poco frecuentes o muy sutiles. Indica que, en esta cohorte y con la herramienta utilizada, no apareció una señal clínica clara de deterioro prolongado.

La memoria fue la diferencia más visible

Cuando analizamos por separado las distintas funciones, la memoria explicó buena parte de las diferencias entre los grupos. Durante la enfermedad aguda, las personas con Zika tuvieron, en promedio, puntuaciones de memoria ligeramente menores que quienes tenían dengue. El grupo con enfermedades de origen no identificado mostró un patrón parecido al de Zika.

La probabilidad de obtener una puntuación total del MoCA considerada anormal también fue mayor en Zika y en las enfermedades no identificadas que en dengue. Sin embargo, Zika no se diferenció significativamente del grupo de enfermedades de origen no identificado.

Este detalle cambia la interpretación. Los resultados no permiten afirmar que el Zika produzca una alteración cognitiva exclusiva. Más bien sugieren que distintas enfermedades agudas pueden acompañarse de dificultades temporales de memoria, atención o desempeño visuoespacial mientras el organismo se recupera.

Una puntuación baja no equivale a daño cerebral permanente

El rendimiento en una prueba cognitiva puede modificarse por muchos factores: fiebre, dolor, cansancio, deshidratación, alteraciones del sueño, ansiedad, medicamentos, escolaridad y condiciones del entorno durante la evaluación. Una persona enferma puede responder peor un día sin que exista una lesión neurológica permanente.

Por eso, el estudio no debe interpretarse como si hubiera demostrado que el virus destruye la memoria. Tampoco evaluó demencia ni produjo una prueba diagnóstica para atribuir dificultades cognitivas al Zika.

El valor del seguimiento fue precisamente observar la trayectoria. Una medición aislada podía mostrar un desempeño menor, pero la mejoría posterior ayudó a distinguir un cambio transitorio de una alteración persistente.

Lo que el estudio no permite concluir

Los resultados deben leerse junto con varias limitaciones:

  • El grupo con Zika fue pequeño: sólo 37 participantes.
  • Las 296 enfermedades de origen no identificado probablemente reunieron causas muy diversas.
  • El MoCA se diseñó originalmente para detectar deterioro cognitivo leve en personas mayores y puede no identificar cambios muy sutiles en una población más joven.
  • No se realizaron estudios de imagen cerebral ni análisis de líquido cefalorraquídeo para investigar mecanismos neurológicos.
  • Hubo pérdidas durante el seguimiento, aunque el equipo analizó si los datos faltantes podían modificar las conclusiones.
  • La cohorte incluyó a personas sintomáticas que buscaron atención y cumplían criterios específicos; no representa a toda la población de Tapachula ni describe la circulación actual de los virus.

Por estas razones, el estudio genera evidencia y nuevas preguntas, pero no permite convertir una puntuación del MoCA en un diagnóstico individual ni establecer causalidad definitiva.

Qué significa para la práctica clínica

Las dificultades para concentrarse o recordar durante una infección aguda pueden formar parte de un proceso transitorio. Aun así, conviene valorar su intensidad, evolución y relación con otros síntomas.

La confusión súbita, la desorientación marcada, las convulsiones, la debilidad progresiva, las alteraciones del estado de conciencia, la dificultad para hablar o caminar y cualquier empeoramiento neurológico requieren atención médica urgente. Estas manifestaciones no deben atribuirse simplemente al cansancio o a una infección leve.

La Organización Mundial de la Salud reconoce que el Zika puede asociarse con complicaciones neurológicas como el síndrome de Guillain-Barré, la neuropatía y la mielitis. Sin embargo, esas complicaciones no deben confundirse con los cambios leves y transitorios explorados en esta cohorte.

Si una dificultad de memoria, atención o desempeño cotidiano persiste después de la recuperación, la evaluación debe buscar otras explicaciones y considerar una valoración clínica o neuropsicológica más completa.

El mensaje central

El estudio encontró una disminución leve del rendimiento cognitivo durante la enfermedad aguda en personas con Zika, dengue y otros cuadros no identificados. La memoria fue el área que más contribuyó a las diferencias observadas, pero no apareció una alteración exclusiva del Zika ni evidencia clínica de deterioro persistente a los seis meses.

La pregunta no queda cerrada. Estudios más grandes, con pruebas neuropsicológicas más sensibles y herramientas como neuroimagen, podrían detectar efectos poco frecuentes o sutiles que esta investigación no estaba en condiciones de identificar.

Héctor Armando Rincón León participó como coautor, formó parte del equipo de diseño del estudio y colaboró en la recolección de datos. Karla R. Navarro-Fuentes aparece reconocida entre los integrantes de la Red Mexicana de Investigación en Enfermedades Infecciosas Emergentes que apoyaron el trabajo.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual. Ante síntomas neurológicos súbitos o progresivos, busque atención inmediata.

Dengue en Tapachula: ¿qué significa realmente detectar el serotipo 2?

Los cuatro serotipos pueden causar dengue leve o grave. Explicamos por qué detectar DENV-2 importa para la vigilancia, pero no significa que sea «el peor tipo de dengue».

En redes sociales, una información útil puede convertirse en alarma con apenas unas palabras. Decir que se identificó el serotipo 2 del virus del dengue en Tapachula puede ser relevante para la vigilancia epidemiológica. Afirmar que se trata del “peor tipo de dengue” es otra cosa: simplifica en exceso lo que sabemos y puede hacer creer que el número del serotipo predice por sí solo la gravedad de una persona.

El dengue no se divide en una versión leve llamada DENV-1 y otras progresivamente más peligrosas. Existen cuatro serotipos del virus, pero cualquiera de ellos puede causar una infección sin síntomas, una enfermedad leve o dengue grave. La evolución depende de la interacción entre el virus, los antecedentes inmunológicos, las características de la persona, la oportunidad de la atención y el contexto epidemiológico.

Entonces, ¿por qué importa saber qué serotipo circula? Porque ese dato ayuda a anticipar cambios en la transmisión y en la susceptibilidad de una población. Es una señal para fortalecer la vigilancia y la preparación de los servicios de salud, no una sentencia sobre el desenlace de cada paciente.

Cuatro serotipos, una misma enfermedad

Los cuatro serotipos se denominan DENV-1, DENV-2, DENV-3 y DENV-4. Son virus estrechamente relacionados que producen la misma enfermedad: dengue.

Después de una infección, la persona desarrolla protección duradera contra el serotipo que la causó. Esa protección no se extiende de manera permanente a los otros tres. Por ello, alguien que ya tuvo dengue puede volver a infectarse posteriormente con un serotipo diferente.

Una segunda infección por otro serotipo se asocia con un mayor riesgo de dengue grave. Esto no significa que toda segunda infección será grave ni que una infección primaria esté libre de riesgo. Significa que el antecedente inmunológico es uno de varios factores que deben considerarse.

La clasificación clínica no depende del número del serotipo. Los equipos de salud valoran si existe dengue sin signos de alarma, dengue con signos de alarma o dengue grave, de acuerdo con la evolución y las manifestaciones de la persona.

¿Por qué la llegada o el regreso de un serotipo puede aumentar el riesgo?

Imaginemos una región en la que durante varios años predominó un serotipo y otro dejó de circular o se mantuvo en niveles muy bajos. Con el tiempo se incorporan nuevas generaciones y aumenta el número de personas que nunca estuvieron expuestas al serotipo ausente. Si éste vuelve a circular, puede encontrar una población con menor inmunidad específica.

Además, algunas personas habrán tenido antes una infección por otro serotipo. En ellas, una nueva infección será una exposición heteróloga —es decir, causada por un serotipo distinto— y tendrá una probabilidad mayor de evolucionar a formas graves que una primera infección, aunque el desenlace grave no sea inevitable.

Por eso la aparición o el aumento de un serotipo que llevaba tiempo sin predominar puede favorecer un incremento de casos y modificar el riesgo poblacional. La Organización Panamericana de la Salud utilizó precisamente este razonamiento al advertir en 2025 sobre la expansión de DENV-3 en países donde había circulado poco durante años.

La preocupación epidemiológica se relaciona con cuántas personas son susceptibles, qué exposiciones previas tuvieron, cuánto mosquito vector existe y qué tan preparados están la vigilancia y los servicios de salud. No surge simplemente de que el serotipo tenga el número 2, 3 o 4.

Entonces, ¿DENV-2 es “el peor”?

No existe una clasificación universal que ordene los serotipos del menos al más peligroso. Los cuatro se han asociado con brotes y con casos graves.

Algunos estudios han encontrado mayor frecuencia de gravedad con DENV-2 o con determinados genotipos en epidemias concretas. Otros han observado patrones diferentes. La Organización Mundial de la Salud señala que las variaciones en gravedad entre serotipos han sido inconsistentes entre estudios.

Esto permite una conclusión más precisa: DENV-2 merece vigilancia, como los otros serotipos, pero su identificación aislada no demuestra que una epidemia será más grave ni permite predecir la evolución de un paciente.

También conviene distinguir entre serotipo y genotipo. Dentro de cada serotipo existen linajes genéticos con características propias. El comportamiento de un brote puede relacionarse con el linaje viral, la inmunidad previa de la población, la densidad de mosquitos, el clima, la movilidad, el acceso a la atención y muchos otros factores. Reducir todo eso a “el dengue 2 es el peor” transforma una cuestión compleja en un eslogan engañoso.

Lo que observamos en Tapachula entre 2016 y 2018

Nuestro estudio prospectivo se realizó en cuatro instituciones de salud de Tapachula y siguió a personas con fiebre, exantema o ambos durante los primeros años posteriores a la introducción del Zika en México.

Se incorporaron 467 participantes con enfermedad febril o exantemática. Mediante pruebas de RT-PCR repetidas en sangre y orina se confirmaron 82 infecciones por dengue, 37 por Zika y una por chikungunya. En 307 episodios no se identificó alguno de esos tres virus, y en 40 participantes las muestras disponibles no permitieron descartar por completo las infecciones estudiadas.

El patrón cambió con rapidez. En la segunda mitad de 2016 predominó el Zika y el dengue apareció de manera esporádica. Durante 2017, el dengue aumentó, especialmente en el verano. En la primera mitad de 2018 ya no identificamos casos de Zika y observamos un pico importante de dengue durante mayo y junio.

Las personas con dengue fueron, en promedio, más jóvenes que quienes tenían Zika u otros episodios no identificados. También informaron con mayor frecuencia vivir cerca de agua estancada y conocer casos recientes de dengue en su vecindario. Estos resultados describieron grupos y exposiciones; no sirven para diagnosticar a una persona sin valoración y pruebas.

La lección más útil para la conversación actual es que la circulación de los virus cambia en el tiempo y dentro de espacios relativamente pequeños. La vigilancia local permite detectar esos cambios y orientar la respuesta.

Lo que nuestro estudio no puede decir sobre DENV-2

El estudio no fue diseñado para comparar los cuatro serotipos ni para determinar si uno causaba mayor gravedad. La prueba utilizada confirmaba infección por dengue, pero el análisis publicado no clasificó los casos de acuerdo con DENV-1, DENV-2, DENV-3 o DENV-4.

Tampoco describe la situación epidemiológica de Tapachula en 2026. Sus datos corresponden a 2016-2018 y proceden de personas que acudieron a servicios de salud y cumplían criterios de inclusión específicos. Para conocer la circulación actual deben consultarse los informes de la vigilancia epidemiológica y los resultados de laboratorio más recientes.

¿Qué sí permite afirmar la identificación de un serotipo?

Si un informe confirmado detecta DENV-2 en Tapachula, permite afirmar que ese serotipo está circulando en la población estudiada. Dependiendo del número de muestras, su distribución y la comparación con semanas y años previos, también puede ayudar a reconocer un cambio en el serotipo predominante.

Por sí solo, ese hallazgo no permite concluir que:

  • todas las infecciones serán más graves;
  • una persona con DENV-2 evolucionará mal;
  • el brote será necesariamente mayor que los anteriores;
  • DENV-2 sea siempre más peligroso que DENV-1, DENV-3 o DENV-4;
  • la gravedad pueda anticiparse sin valorar signos clínicos, antecedentes y evolución.

La detección debe interpretarse junto con el número de casos, la proporción de muestras tipificadas, la existencia de otros serotipos, las hospitalizaciones, los casos con signos de alarma, las defunciones y la distribución geográfica y temporal.

Para el paciente, lo importante son los signos de alarma

El serotipo no sustituye la vigilancia clínica. Una persona con sospecha de dengue debe recibir orientación médica y mantenerse atenta, especialmente cuando disminuye la fiebre, porque la fase crítica puede comenzar en ese momento.

Se debe buscar atención de inmediato ante dolor abdominal intenso, vómitos persistentes, sangrado de encías o nariz, sangre en vómito o evacuaciones, somnolencia o irritabilidad, dificultad para respirar, acumulación de líquidos, piel pálida y fría o debilidad marcada.

También es importante mantener una hidratación adecuada y evitar la automedicación. La aspirina, el ibuprofeno y otros antiinflamatorios no esteroideos pueden aumentar el riesgo de sangrado y no deben utilizarse ante sospecha de dengue salvo indicación expresa de un profesional que conozca el caso.

Del sobresalto a la acción útil

Una noticia sobre serotipos debería conducir a mejores preguntas: ¿el resultado fue confirmado por un laboratorio de referencia?, ¿cuántas muestras se tipificaron?, ¿es un hallazgo aislado o un cambio sostenido?, ¿qué muestran los casos graves y las hospitalizaciones?, ¿qué medidas se están reforzando?

La respuesta útil sigue siendo eliminar criaderos, cubrir y lavar recipientes de agua, utilizar repelente y barreras físicas, reconocer tempranamente los signos de alarma, consultar sin demora y sostener una vigilancia epidemiológica y de laboratorio capaz de detectar cambios.

El mensaje central

Los cuatro serotipos pueden causar dengue leve o grave. La introducción, reaparición o aumento de un serotipo importa porque cambia la susceptibilidad de la población y puede incrementar las infecciones secundarias por un serotipo distinto. Eso justifica vigilancia y preparación.

Pero identificar DENV-2 no equivale a descubrir “el peor dengue”. El número del serotipo no reemplaza el análisis epidemiológico ni permite anticipar por sí solo la evolución clínica. Comunicar con precisión no reduce el riesgo: ayuda a entenderlo y a responder mejor.

Héctor A. Rincón-León fue coautor del estudio realizado en Tapachula y participó en la adquisición de datos y la interpretación de los resultados.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual. Ante signos de alarma o deterioro clínico, busque atención inmediata.

¿Por qué algunos antibióticos dejan de funcionar en los hospitales? Señales de alerta desde Chiapas

Un estudio en un hospital de Chiapas analizó 1,300 aislamientos de infecciones asociadas a la atención de la salud. Explicamos qué revelaron las tendencias de resistencia y por qué los datos locales son esenciales para usar mejor los antibióticos.

Un estudio realizado en un hospital de tercer nivel de Chiapas analizó 1,300 aislamientos de infecciones asociadas a la atención de la salud. Los resultados mostraron que la resistencia no era un problema abstracto: varios de los microorganismos más frecuentes estaban perdiendo sensibilidad frente a antibióticos importantes.

Los datos corresponden al periodo 2009-2012 y no describen la situación actual de todos los hospitales. Su enseñanza, sin embargo, conserva plena vigencia: para elegir mejor los tratamientos, cada institución necesita saber qué microorganismos circulan y cómo cambia su resistencia con el tiempo.

La resistencia es del microorganismo, no de la persona

Cuando decimos que existe resistencia antimicrobiana no significa que el cuerpo de una persona se haya acostumbrado a un medicamento. Significa que una bacteria, un hongo, un virus o un parásito ha adquirido características que le permiten sobrevivir a un fármaco que antes podía controlarlo.

En una infección causada por una bacteria resistente, el tratamiento habitual puede dejar de ser eficaz. Esto puede prolongar la enfermedad, limitar las opciones terapéuticas y aumentar la necesidad de estudios, hospitalización o cuidados intensivos.

Los antibióticos no generan resistencia por una sola receta ni toda falla terapéutica se debe a este fenómeno. La resistencia surge y se selecciona mediante procesos biológicos complejos, pero el uso innecesario, incorrecto o excesivo de antimicrobianos acelera su aparición y propagación.

¿Qué estudiamos en Chiapas?

Entre septiembre de 2009 y diciembre de 2012 analizamos de manera retrospectiva los microorganismos identificados como causantes de infecciones hospitalarias en el Hospital Regional de Alta Especialidad Ciudad Salud, en Tapachula. Era una institución de tercer nivel con 90 camas y una unidad de cuidados intensivos de 12 camas.

El estudio incluyó 1,300 aislamientos microbiológicos. Esta cifra no equivale necesariamente a 1,300 pacientes: una misma persona podía aportar más de un aislamiento si presentó infecciones distintas. Se excluyeron los cultivos sin crecimiento, la contaminación, la colonización y las muestras repetidas del mismo sitio durante un mismo episodio.

En la actualidad se prefiere hablar de infecciones asociadas a la atención de la salud, porque pueden relacionarse con distintos procedimientos y espacios asistenciales, no sólo con permanecer internado.

¿Qué microorganismos aparecieron con mayor frecuencia?

De los 1,300 aislamientos:

  • 62.3% correspondió a bacterias gramnegativas.
  • 22.8% correspondió a bacterias grampositivas.
  • 14.9% correspondió a levaduras.

Los microorganismos más frecuentes fueron Pseudomonas aeruginosa —13.8% del total—, Escherichia coli —12.8%— y Candida albicans —8.3%—. También se identificaron Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumannii, especies de Enterococcus y diferentes estafilococos.

Seis grupos concentraron alrededor del 95% de los eventos: infecciones de la herida quirúrgica, neumonías, infecciones urinarias, infecciones del sitio de inserción de catéteres, bacteriemias e infecciones de la piel.

Estos porcentajes describen la experiencia de ese hospital durante aquellos años. No deben utilizarse como estimaciones actuales para Chiapas, México u otra institución.

Las señales que encendieron la alerta

El hallazgo más importante no fue un solo porcentaje, sino la dirección de varios cambios.

Escherichia coli mostró aumentos en la resistencia a aztreonam, cefepime y ceftazidima. Acinetobacter baumannii presentó incrementos frente a varios antibióticos; el aumento de la resistencia a amikacina alcanzó significación estadística en el análisis. En Pseudomonas aeruginosa, la resistencia a imipenem pasó de 47.1% en 2010 a 60.5% en 2012, aunque esa tendencia no fue estadísticamente significativa.

No todo se movió en la misma dirección. Klebsiella pneumoniae mostró disminuciones en la resistencia a amikacina y piperacilina con tazobactam. Esto recuerda que la resistencia no avanza de forma uniforme: depende del microorganismo, del medicamento, de la presión de selección, de las prácticas clínicas y de la transmisión dentro de cada institución.

Por eso un antibiograma hospitalario no es una lista estática. Es una fotografía que debe actualizarse y analizarse periódicamente.

¿Por qué no basta con usar un antibiótico “más fuerte”?

La expresión “antibiótico más fuerte” puede ser engañosa. El mejor tratamiento no es necesariamente el de espectro más amplio, sino el adecuado para el microorganismo probable o identificado, el sitio de infección, la gravedad, las características del paciente y la información local de sensibilidad.

En una infección grave puede ser necesario iniciar tratamiento antes de conocer el resultado del cultivo. Pero cuando el laboratorio identifica el microorganismo y su sensibilidad, el esquema debe reevaluarse: puede mantenerse, ajustarse o reducirse su espectro. Esta revisión ayuda a tratar mejor a la persona y a disminuir una exposición innecesaria a antimicrobianos.

Los porcentajes de nuestro estudio no deben emplearse para escoger hoy un tratamiento. Han cambiado el hospital, los microorganismos, los métodos de laboratorio, los criterios de interpretación y los patrones de uso de antibióticos. La decisión actual requiere datos recientes y valoración clínica individual.

Una advertencia local dentro de un problema mundial

La Organización Mundial de la Salud informó en 2025 que aproximadamente una de cada seis infecciones bacterianas confirmadas por laboratorio en el mundo durante 2023 fue resistente a los antibióticos evaluados. Entre 2018 y 2023, la resistencia aumentó en más de 40% de las combinaciones de microorganismo y antibiótico vigiladas.

Estas cifras globales no pueden compararse directamente con las de nuestro hospital: proceden de poblaciones, infecciones y métodos distintos. Sí muestran que la pregunta que planteamos hace una década sigue abierta y se ha vuelto más urgente.

La vigilancia local aporta algo que un promedio mundial no puede ofrecer: información útil para las decisiones cotidianas de una institución concreta. Al mismo tiempo, los datos estandarizados de muchos hospitales permiten reconocer tendencias regionales, detectar amenazas emergentes y orientar políticas de salud pública.

¿Qué puede hacer un hospital?

La resistencia antimicrobiana no se resuelve con una sola medida. Requiere un sistema coordinado:

  1. Prevenir las infecciones. Higiene de manos, vacunación, limpieza, aislamiento cuando corresponde y prácticas seguras durante cirugías y procedimientos.
  2. Cuidar los dispositivos invasivos. Colocar catéteres y ventiladores sólo cuando están indicados, mantenerlos correctamente y retirarlos en cuanto dejan de ser necesarios.
  3. Tomar muestras de calidad. Obtener cultivos cuando están indicados y, si la situación clínica lo permite, antes de iniciar antibióticos.
  4. Usar la información del laboratorio. Elaborar y actualizar antibiogramas, comunicar resultados oportunamente y distinguir infección, colonización y contaminación.
  5. Optimizar la prescripción. Elegir el medicamento, dosis, vía y duración adecuados; revisar el tratamiento cuando aparecen nuevos datos y suspenderlo cuando no está justificado.
  6. Vigilar y aprender. Seguir las infecciones y el consumo de antimicrobianos, analizar brotes y evaluar si las intervenciones realmente funcionan.

Estos programas necesitan la participación de medicina, enfermería, microbiología, farmacia, epidemiología, control de infecciones, dirección hospitalaria y pacientes. Ningún servicio puede resolver el problema por sí solo.

¿Qué podemos hacer fuera del hospital?

La población también puede ayudar sin asumir responsabilidades que corresponden a los sistemas de salud:

  • No usar antibióticos para resfriados, influenza u otras infecciones virales.
  • No comprar, compartir ni reutilizar sobrantes de antibióticos.
  • Tomarlos exactamente como fueron indicados y consultar antes de suspenderlos o modificar la dosis.
  • No exigir una receta de antibióticos cuando el personal de salud explica que no están indicados.
  • Mantener al día las vacunas y practicar higiene de manos para reducir infecciones y, con ello, la necesidad de antimicrobianos.

Lo que el estudio no puede afirmar

Fue un estudio retrospectivo de un solo hospital. Analizó aislamientos identificados mediante la vigilancia institucional, no una muestra representativa de todos los hospitales ni de toda la población de Chiapas. El número de aislamientos para cada combinación de microorganismo y antibiótico varió y algunas tendencias numéricas no alcanzaron significación estadística.

Además, los datos terminaron en 2012. No permiten conocer cuáles son hoy los microorganismos predominantes ni qué antibióticos conservan actividad en esa institución. Tampoco prueban que una práctica concreta haya causado cada aumento o disminución observados.

Su contribución fue documentar el problema local y mostrar la necesidad de medirlo de manera continua.

El mensaje central

No se puede mejorar lo que no se vigila. Un antibiótico útil hoy puede perder efectividad si se prescribe sin necesidad, si las infecciones no se previenen o si los microorganismos resistentes se transmiten sin ser detectados.

Nuestro estudio ofreció una fotografía histórica de un hospital de Chiapas. Su mensaje actual no es elegir un medicamento a partir de cifras antiguas, sino construir sistemas capaces de producir información reciente, convertirla en decisiones clínicas y proteger los antimicrobianos que todavía funcionan.

Héctor A. Rincón-León y Karla R. Navarro-Fuentes fuimos autores del estudio y participamos desde los servicios de investigación y epidemiología en Chiapas.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica ni debe utilizarse para elegir o modificar un tratamiento antimicrobiano.

Sífilis y herpes genital: ¿qué reveló un estudio con 462 personas migrantes en Tapachula?

Un estudio en tres albergues de Tapachula evaluó sífilis y VHS-2 en 462 personas migrantes. Explicamos sus resultados, sus límites y por qué la respuesta debe centrarse en el acceso a la atención, no en el estigma.

La movilidad humana no causa infecciones. Sin embargo, dormir en la calle, enfrentar violencia o discriminación y no tener acceso continuo a servicios de salud puede aumentar la vulnerabilidad durante el trayecto.

Un estudio realizado en tres albergues de Tapachula encontró una frecuencia importante de anticuerpos contra sífilis y virus del herpes simple tipo 2 (VHS-2) entre las personas migrantes participantes. Los resultados no describen a toda la población migrante ni permiten saber dónde ocurrió cada infección. Sí muestran una necesidad concreta: ofrecer prevención, pruebas, tratamiento y continuidad del cuidado sin estigma y sin importar la situación migratoria.

¿Cómo se realizó el estudio?

Entre octubre de 2021 y septiembre de 2022 participaron 462 personas adultas alojadas en tres espacios de atención a población migrante en Tapachula, Chiapas. Todas comprendían español, aceptaron participar mediante consentimiento informado, respondieron un cuestionario y proporcionaron una muestra de sangre.

La edad promedio fue de 31.2 años y 56.9% eran mujeres. El grupo reunía personas de distintos países: 41.1% había nacido en Honduras, 20.6% en Venezuela y 11.9% en El Salvador; el resto provenía de Guatemala, Nicaragua, Haití y otros lugares.

El equipo buscó anticuerpos contra Treponema pallidum, la bacteria que causa la sífilis, y contra VHS-2, principal causa de herpes genital. Cuando la prueba para sífilis resultó positiva, se utilizó otra prueba para distinguir una infección activa de una infección previamente tratada o curada.

Dos cifras que necesitan contexto

El 29.9% de las personas participantes presentó anticuerpos contra VHS-2. Esto indica una infección adquirida en algún momento de la vida, aunque la persona nunca haya notado lesiones. No permite saber cuándo o en qué país ocurrió la transmisión ni significa que todas tuvieran síntomas durante el estudio.

En el caso de la sífilis, 4.5% presentó anticuerpos. La mayoría correspondía a infecciones curadas o tratadas: 3.9% de toda la muestra. Sólo 0.67% tuvo una prueba compatible con sífilis activa.

Esta distinción es esencial. Decir que 4.5% “tenía sífilis activa” sería incorrecto y produciría una alarma que los resultados no justifican.

También se observó coinfección serológica por sífilis y VHS-2 en 2.38% de las personas participantes.

¿Qué condiciones acompañaron a estas infecciones?

La mitad de las personas dijo haber dormido en la calle durante los 12 meses previos y 76% señaló que nunca o casi nunca utilizaba condón. Poco más de la mitad se había realizado alguna vez una prueba de VIH.

Después de considerar varias características a la vez, los anticuerpos contra sífilis fueron más frecuentes entre hombres, personas con antecedente de lesiones genitales, quienes informaron relaciones sexuales con personas del mismo sexo y quienes también tenían anticuerpos contra VHS-2.

La seropositividad a VHS-2 se asoció con ser mujer, mayor edad, escolaridad básica, haber dormido en la calle, antecedente de prueba de VIH, inicio de la vida sexual entre los 14 y 17 años, dos o más parejas sexuales durante el año previo y seropositividad a sífilis.

Estas son asociaciones poblacionales, no explicaciones individuales ni juicios sobre las personas. Por ejemplo, haberse realizado una prueba de VIH no causa herpes: puede indicar que alguien percibió un riesgo previo o tuvo mayor contacto con servicios de salud. Del mismo modo, el estudio transversal no permite establecer qué ocurrió primero.

El hallazgo durante el embarazo

Trece participantes dijeron estar embarazadas. Dos presentaron anticuerpos contra sífilis y una de ellas tuvo datos de infección activa.

El número es demasiado pequeño para calcular una frecuencia precisa o generalizarla a otras embarazadas migrantes. Aun así, señala una oportunidad que no debe perderse. La sífilis durante el embarazo puede transmitirse al bebé, pero la detección y el tratamiento oportunos reducen de forma importante ese riesgo.

Una ruta migratoria no debería interrumpir el control prenatal, la entrega de resultados o la aplicación del tratamiento indicado.

¿Qué significa para los servicios de salud?

La respuesta útil no consiste en señalar a una nacionalidad o grupo. La Organización Mundial de la Salud subraya que las personas refugiadas y migrantes no aumentan por sí mismas el riesgo de transmisión en las comunidades de acogida; son ellas quienes con frecuencia quedan expuestas a condiciones precarias y barreras de atención.

En puntos de tránsito como Tapachula, los resultados respaldan una estrategia con varios componentes:

  1. Pruebas voluntarias, confidenciales e integradas. Siempre que sea apropiado, ofrecer evaluación para sífilis, VIH, hepatitis y otras infecciones de transmisión sexual.
  2. Resultados y tratamiento sin demora. Una prueba pierde utilidad si la persona continúa su viaje antes de recibir el resultado o no puede acceder al tratamiento.
  3. Prioridad durante el embarazo. Incorporar la detección temprana de sífilis al control prenatal y asegurar el tratamiento y seguimiento de la madre y el bebé.
  4. Prevención disponible y comprensible. Facilitar preservativos, información clara y consejería respetuosa, adaptada al idioma y contexto de cada persona.
  5. Continuidad entre ciudades y países. Entregar constancias clínicas seguras y crear mecanismos de referencia que funcionen aun cuando la persona cambie de localidad.
  6. Atención sin discriminación. La situación migratoria, la nacionalidad, la orientación sexual o la identidad de género no deben convertirse en barreras para recibir atención.

La sífilis es prevenible y curable con el tratamiento indicado. El herpes genital no tiene una cura que elimine el virus, pero existen antivirales que reducen la duración y la intensidad de los episodios y pueden disminuir el riesgo de transmisión. La valoración debe ser individual; una prueba serológica aislada no sustituye la historia clínica y el examen médico.

Lo que el estudio no puede afirmar

La muestra se obtuvo en tres albergues y sólo incluyó a personas adultas que comprendían español y aceptaron participar. No fue una selección representativa de todas las personas migrantes que transitan por Chiapas.

Además, el diseño fue transversal: exposición y resultado se midieron en el mismo periodo. Por ello, las asociaciones no prueban causalidad. Algunas conductas se informaron mediante cuestionario y pueden estar sujetas a memoria, deseabilidad social o temor a revelar información sensible. Los grupos pequeños —como las embarazadas o las personas de algunos países— produjeron estimaciones imprecisas.

Tampoco fue posible determinar si las infecciones se adquirieron antes o durante la migración. Usar los resultados para atribuir riesgo a un país de origen sería científicamente incorrecto y socialmente dañino.

El mensaje central

El principal hallazgo no es que migrar sea un riesgo biológico. Es que la prevención y la atención de las infecciones de transmisión sexual deben poder acompañar a las personas durante el tránsito.

Acercar pruebas confidenciales a los albergues, vincular rápidamente a tratamiento y sostener el cuidado prenatal puede beneficiar tanto a las personas migrantes como a la salud pública de las comunidades de tránsito y destino.

Miguel Ángel Sánchez Alemán, investigador del Instituto Nacional de Salud Pública, fue el primer autor y autor de correspondencia del estudio. Héctor Armando Rincón León participó como coautor.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.

Seis olas de COVID-19 en Tapachula: cómo cambió la enfermedad entre 2020 y 2023

Analizamos 6,145 casos confirmados a lo largo de seis olas. La dificultad respiratoria, la necesidad de oxígeno y la mortalidad disminuyeron de manera marcada después de las primeras etapas.

Durante los primeros años de la pandemia no sólo cambió el número de contagios. También cambió la forma en que se presentaba la enfermedad, la gravedad de los pacientes y la presión ejercida sobre los servicios de salud.

Para entender esa transformación analizamos seis olas de COVID-19 atendidas en unidades de primer y segundo nivel del IMSS en Tapachula, Chiapas, entre marzo de 2020 y enero de 2023. Karla Navarro-Fuentes y Héctor Rincón-León participamos en el diseño, análisis, manejo de los datos y redacción del estudio.

Primero, una precisión importante sobre los números

Durante el periodo se registraron 18,319 personas sospechosas de COVID-19. De ellas, 13,045 fueron sometidas a una prueba y 6,145 resultaron positivas. Por tanto, el 47.1% corresponde a las personas evaluadas, no al total de casos sospechosos.

Esta distinción parece pequeña, pero es esencial: en epidemiología, un porcentaje sólo puede interpretarse correctamente cuando conocemos con claridad su denominador.

La tercera ola concentró más de la mitad de los casos

Los 6,145 casos confirmados se distribuyeron de manera muy desigual. La tercera ola, que coincidió temporalmente con el predominio nacional de Delta, reunió 3,205 casos: 52.2% del total.

Sin embargo, tener más casos no fue la única historia. Al comparar las seis olas observamos una transición progresiva desde cuadros con mayor afectación respiratoria y necesidad de cuidados hospitalarios hacia presentaciones con más síntomas de vías respiratorias superiores y mayor manejo ambulatorio.

De la falta de aire al predominio de síntomas respiratorios altos

En la primera ola, 47.6% de las personas confirmadas presentó disnea o falta de aire. En la sexta ola la proporción fue de 4.9%. El dolor torácico disminuyó de 41.8% a 7.6%, y la taquipnea —respiración anormalmente rápida— pasó de 4.4% a ningún caso registrado en la sexta ola.

Al mismo tiempo, algunos síntomas de vías respiratorias altas se hicieron más frecuentes. La rinorrea o escurrimiento nasal aumentó de 32.3% en la primera ola a 85.4% en la sexta; el dolor al tragar pasó de 52.5% a 77.8%.

Estos cambios no permiten diagnosticar una variante por los síntomas. Sí muestran que el perfil clínico observado por los servicios de salud fue distinto a medida que avanzó la pandemia.

La gravedad y la mortalidad disminuyeron

En la primera ola, 57.2% de los casos sobrevivió sin haber requerido oxígeno; para la sexta ola esa proporción alcanzó 94.4%. La proporción de fallecimientos entre los casos confirmados pasó de 24.0% en la primera ola a 0.7% en la sexta.

En el conjunto del periodo, 1,079 pacientes necesitaron hospitalización, 647 recibieron oxígeno y 432 fueron intubados. De estos últimos, 400 fallecieron. Esa mortalidad extremadamente alta entre las personas intubadas se concentró sobre todo en las primeras etapas y merece una lectura cuidadosa: probablemente refleja una combinación de enfermedad grave, llegada tardía, saturación hospitalaria, criterios de intubación y limitaciones de capacidad crítica. El diseño del estudio no permite separar cuánto aportó cada factor.

¿Por qué cambió tanto la enfermedad?

La reducción de la gravedad coincidió con varios procesos que ocurrieron al mismo tiempo:

  • el avance de la vacunación;
  • la inmunidad acumulada por infecciones previas y vacunación;
  • el reemplazo de variantes, con predominio de Ómicron desde la cuarta ola;
  • la experiencia adquirida por los equipos de salud y la mejoría de los protocolos clínicos.

La palabra clave es coincidió. No secuenciamos el virus de cada paciente y tampoco contamos con su antecedente individual de vacunación. Por eso no podemos afirmar que una variante o la vacuna explique por sí sola la evolución de cada caso.

Lo que Tapachula puede enseñar a los servicios de salud

Las epidemias no ejercen siempre la misma presión. En una etapa pueden faltar camas, oxígeno y capacidad de cuidados críticos; en otra, el reto puede trasladarse a la consulta ambulatoria, el diagnóstico y la vigilancia.

La experiencia de Tapachula sugiere cuatro prioridades para futuras emergencias respiratorias:

  1. Capacidad flexible: poder ampliar camas, oxígeno y personal sin desatender los servicios esenciales.
  2. Vigilancia conectada con la clínica: relacionar oportunamente los cambios en casos, síntomas y gravedad.
  3. Primer nivel fortalecido: identificar deterioro, atender cuadros leves y referir a tiempo a quienes presentan signos de alarma.
  4. Preparación adaptada al territorio: las ciudades fronterizas requieren planes que consideren movilidad, desigualdad y disponibilidad real de recursos.

Lo que el estudio no puede responder

Se trató de un análisis descriptivo de registros clínicos y de vigilancia. Pudo existir subregistro, especialmente durante los picos. Los criterios de prueba y diagnóstico pudieron variar entre unidades y momentos. Además, las variantes se asignaron por su predominio nacional en cada periodo, no mediante secuenciación individual.

También es importante recordar que los datos terminan en enero de 2023. Describen cómo cambió la pandemia en ese periodo; no representan por sí solos la situación epidemiológica actual.

El mensaje principal

La disminución observada en la gravedad no significa que la COVID-19 haya desaparecido. Significa que una epidemia puede cambiar de forma profunda y que los sistemas de salud deben aprender y ajustarse con la misma rapidez.

Hoy la vacunación forma parte del manejo sostenido de la COVID-19. La Organización Mundial de la Salud mantiene recomendaciones de vacunación periódica para los grupos con mayor riesgo de enfermedad grave, que deben aplicarse de acuerdo con los programas y lineamientos nacionales vigentes.

Mirar las seis olas en conjunto permite transformar una experiencia dolorosa en preparación: mejores datos, atención primaria sólida, capacidad hospitalaria adaptable y decisiones que reconozcan las particularidades de cada comunidad.

Fuentes

La información de este sitio es educativa y no sustituye una valoración médica individual ni las recomendaciones de las autoridades sanitarias.

Gusano barrenador: ¿Qué revelan 204 casos humanos en México?

Analizamos los primeros 204 casos humanos confirmados en México. Chiapas concentró casi seis de cada diez y las piernas fueron el sitio más afectado.

Durante décadas, el gusano barrenador del Nuevo Mundo parecía un problema superado en México. Eso cambió cuando reaparecieron casos en animales en 2024 y, posteriormente, casos humanos en 2025.

En un estudio publicado anticipadamente en la revista Emerging Infectious Diseases, analizamos los casos humanos confirmados por el sistema nacional de vigilancia entre el 13 de abril de 2025 y el 14 de marzo de 2026. Karla Navarro-Fuentes y Héctor Rincón-León participamos como coautores.

¿Qué es el gusano barrenador?

El nombre científico de la mosca es Cochliomyia hominivorax. La mosca adulta no “barrena” el cuerpo: el problema comienza cuando la hembra deposita sus huevos en una herida, una zona inflamada, una mucosa o un orificio natural.

Los huevos pueden abrirse en 12 a 24 horas. Las larvas penetran la lesión y se alimentan de tejido vivo, por lo que la miasis puede avanzar con rapidez y causar destrucción del tejido, infección bacteriana y pérdida de función si no se atiende oportunamente.

¿Qué encontramos?

Los informes oficiales registraron 204 casos humanos confirmados durante el periodo estudiado. En 202 existía información suficiente para analizar sus características clínicas y epidemiológicas.

  • Para marzo de 2026 ya se habían notificado casos en 12 entidades federativas.
  • Chiapas concentró 119 casos, equivalentes al 58.3% del total. Tapachula fue el municipio con más casos analizados: 35.
  • El 71.8% ocurrió en hombres y la edad promedio fue de 61 años.
  • Las piernas y los pies fueron la localización reportada con mayor frecuencia: 55% de los casos.
  • El 76.7% tenía al menos una condición clínica o social concurrente. Entre las más frecuentes estuvieron diabetes, consumo problemático de alcohol, hipertensión, neoplasias y padecimientos asociados con úlceras de la piel.
  • Se registraron seis fallecimientos entre las personas con miasis; al momento del reporte, sólo uno fue atribuido directamente a la infestación. La información disponible no permitió determinar cuánto pudo contribuir la miasis en los otros cinco.

Estos datos describen a las personas que fueron detectadas y notificadas. No significan que ser hombre, tener diabetes o vivir en Chiapas cause por sí mismo la enfermedad.

Las heridas crónicas merecen especial atención

La frecuencia de lesiones en las extremidades inferiores y de enfermedades concurrentes señala un punto práctico: las heridas crónicas, las úlceras, la disminución de la sensibilidad, la inmovilidad o las dificultades para el autocuidado pueden retrasar la detección del problema.

Por eso es importante revisar diariamente cualquier herida, en particular en pies y piernas; lavarla y mantenerla cubierta según las indicaciones del personal de salud; y buscar atención si empeora, presenta secreción, dolor creciente, mal olor o larvas visibles.

La sospecha de miasis requiere valoración médica. El tratamiento puede incluir retiro cuidadoso de las larvas, limpieza y manejo de la lesión, control del dolor y tratamiento de infecciones bacterianas. Los antiparasitarios sólo se utilizan en casos seleccionados y bajo supervisión profesional. No es recomendable intentar retirar profundamente las larvas ni automedicarse.

Un problema humano, animal y ambiental

La misma mosca puede afectar al ganado, animales de compañía, fauna silvestre y personas. Por eso su control exige un enfoque de Una Salud: vigilancia coordinada, diagnóstico y notificación oportunos, atención de animales afectados, control de su movilización y medidas para disminuir la población de la mosca.

La aparición de casos en animales puede advertir que el insecto ya circula en una zona antes de que se detecten casos humanos. La coordinación entre los servicios de salud, veterinarios, productores y comunidades es parte esencial de la prevención.

Lo que todavía no sabemos

Nuestro trabajo fue un estudio descriptivo basado en informes de vigilancia. No contó con una población de comparación ni con denominadores que permitieran calcular la incidencia o el riesgo individual. Además, es posible que existan casos no reconocidos o no notificados.

El periodo analizado terminó el 14 de marzo de 2026. Por lo tanto, sus 204 casos no deben presentarse como el total actual del país. La vigilancia oficial continúa y sus informes posteriores deben consultarse para conocer la situación más reciente.

El mensaje principal

No se trata de generar alarma, sino de reconocer un problema que volvió y que puede causar daño grave si pasa inadvertido. Cuidar las heridas, examinar de forma intencional las lesiones —especialmente en personas con dificultades para el autocuidado— y solicitar atención temprana son medidas sencillas que pueden cambiar el desenlace.

La reemergencia del gusano barrenador también nos recuerda algo más amplio: la salud humana no puede separarse de la salud animal ni del ambiente.

Fuentes

La información de este sitio es educativa y no sustituye una valoración médica individual.