Catéteres, ventiladores y sondas: ¿qué aprendimos de 605 mil pacientes en 43 países?

Una red internacional siguió a 605,310 pacientes en 503 unidades de cuidados intensivos y mostró por qué medir las infecciones asociadas a catéteres, ventiladores y sondas es indispensable para prevenirlas.

En una unidad de cuidados intensivos, un catéter venoso central puede hacer posible administrar medicamentos indispensables. Un ventilador puede sostener la respiración. Una sonda urinaria puede ser necesaria para vigilar y tratar a una persona en estado crítico. Estos dispositivos salvan vidas, pero también abren una posible puerta de entrada a infecciones.

La pregunta importante no es si deben evitarse siempre, sino otra: ¿cómo usamos cada dispositivo sólo cuando aporta un beneficio y reducimos su riesgo mientras sigue siendo necesario? Para responderla hay que medir de forma consistente, comparar y convertir los datos en acciones de prevención.

Una red que hizo visibles las infecciones

Entre 2007 y 2012, el Consorcio Internacional para el Control de Infecciones Nosocomiales (INICC) reunió información prospectiva de 605,310 pacientes, hospitalizados durante más de 3.3 millones de días, en 503 unidades de cuidados intensivos de 263 hospitales y 43 países de América Latina, Asia, África y Europa.

El estudio utilizó definiciones estandarizadas para vigilar tres infecciones asociadas a dispositivos:

  • Infección del torrente sanguíneo asociada a catéter central.
  • Neumonía asociada a ventilación mecánica.
  • Infección de vías urinarias asociada a catéter urinario.

Utilizar los mismos criterios importa. Si cada hospital llama «infección» a algo diferente, sus cifras no pueden compararse ni permiten saber con claridad si una intervención funcionó.

Qué significa «por mil días de dispositivo»

No basta con contar infecciones. Una unidad que emplea cien catéteres durante varias semanas acumula más oportunidades de exposición que otra que utiliza diez durante pocos días. Por eso las tasas se expresan por 1,000 días de dispositivo.

Un día de dispositivo equivale a un paciente expuesto a ese dispositivo durante un día. Este denominador permite relacionar el número de infecciones con el tiempo real de exposición y seguir la tendencia de una unidad, aunque cambie su número de pacientes.

En el conjunto de unidades de cuidados intensivos de adultos y pediátricas, el estudio informó aproximadamente:

  • 4.8 infecciones del torrente sanguíneo por 1,000 días de catéter central.
  • 14.7 neumonías por 1,000 días de ventilación mecánica.
  • 5.3 infecciones urinarias por 1,000 días de catéter urinario.

Estas son cifras históricas de una red internacional; no representan la tasa actual de México, de Tapachula ni de un hospital específico. Tampoco deben compararse de manera automática con cualquier informe moderno: las definiciones, la mezcla de pacientes, los recursos y los sistemas de vigilancia pueden cambiar.

Detrás de cada tasa hay personas y días de hospitalización

El estudio también comparó, de manera cruda, a pacientes con y sin estas infecciones. En adultos y niños, la mortalidad registrada fue de 7.9 % entre quienes no tuvieron una infección asociada a dispositivo, frente a 24.9 % en quienes presentaron una infección del torrente sanguíneo asociada a catéter central, 23.4 % con neumonía asociada a ventilación y 13.3 % con infección urinaria asociada a catéter.

La estancia promedio fue de 6.1 días entre quienes no presentaron estas infecciones y rondó los 19 a 20 días en los tres grupos con infección.

Estas diferencias muestran la gravedad del problema, pero requieren una lectura prudente. Se trata de comparaciones crudas: las personas más enfermas suelen necesitar más dispositivos y permanecer más tiempo hospitalizadas. Por ello, no puede atribuirse toda la diferencia de mortalidad o estancia exclusivamente a la infección.

El informe también encontró una frecuencia importante de resistencia a varios antibióticos entre microorganismos aislados. La prevención tiene, por tanto, un doble valor: evita daño inmediato y reduce oportunidades para que las bacterias resistentes se propaguen y obliguen a utilizar tratamientos cada vez más limitados.

Vigilar no es llenar formatos

La vigilancia cobra sentido cuando cierra un ciclo: definir, contar, analizar, informar y actuar. Una tasa permite detectar dónde existe mayor margen de mejora, establecer una línea basal y comprobar si las medidas adoptadas producen un cambio sostenido.

La Organización Mundial de la Salud considera la vigilancia de las infecciones asociadas a la atención una parte esencial de los programas de prevención y control. En México, la gestión para prevenir estas infecciones vincula la vigilancia epidemiológica, la calidad de la atención, el uso racional de antibióticos y la prevención de la resistencia antimicrobiana.

En la práctica, los datos deben conducir a preguntas concretas:

  • ¿El dispositivo sigue siendo necesario hoy?
  • ¿Se colocó con la técnica y las barreras adecuadas?
  • ¿Se mantiene limpio, cerrado y bien fijado?
  • ¿El equipo cumple consistentemente la higiene de manos y los paquetes preventivos?
  • ¿Se retira tan pronto como deja de aportar beneficio?
  • ¿Las tasas y los hallazgos se comparten con quienes atienden a los pacientes?

No existe una medida aislada capaz de prevenir todas las infecciones. El resultado depende de sistemas confiables: personal capacitado, insumos disponibles, protocolos claros, observación del cumplimiento y retroalimentación oportuna.

La lección que permanece

Más de una década después de este informe, los dispositivos siguen siendo indispensables y las infecciones asociadas a la atención continúan entre los eventos adversos más frecuentes de los servicios de salud. Lo que cambian los datos no es la necesidad de usar un catéter, un ventilador o una sonda, sino la capacidad de identificar riesgos evitables y actuar antes de que se repitan.

La gran contribución de una red internacional no fue producir una sola cifra universal. Fue mostrar que hospitales muy distintos podían hablar un lenguaje epidemiológico común y transformar experiencias aisladas en evidencia útil para mejorar la seguridad del paciente.

Héctor Armando Rincón León y Karla Reyna Navarro Fuentes aparecen en el apéndice del artículo entre los investigadores del INICC participantes desde el Hospital Regional de Alta Especialidad Ciudad Salud, en Tapachula. Esta participación corresponde al trabajo de un consorcio internacional; no implica autoría principal en la primera página del artículo.

Fuentes

Esta entrada es divulgativa y no sustituye los protocolos institucionales, las definiciones de vigilancia vigentes ni la valoración de cada paciente.

Dengue en Tapachula: ¿qué significa realmente detectar el serotipo 2?

Los cuatro serotipos pueden causar dengue leve o grave. Explicamos por qué detectar DENV-2 importa para la vigilancia, pero no significa que sea «el peor tipo de dengue».

En redes sociales, una información útil puede convertirse en alarma con apenas unas palabras. Decir que se identificó el serotipo 2 del virus del dengue en Tapachula puede ser relevante para la vigilancia epidemiológica. Afirmar que se trata del “peor tipo de dengue” es otra cosa: simplifica en exceso lo que sabemos y puede hacer creer que el número del serotipo predice por sí solo la gravedad de una persona.

El dengue no se divide en una versión leve llamada DENV-1 y otras progresivamente más peligrosas. Existen cuatro serotipos del virus, pero cualquiera de ellos puede causar una infección sin síntomas, una enfermedad leve o dengue grave. La evolución depende de la interacción entre el virus, los antecedentes inmunológicos, las características de la persona, la oportunidad de la atención y el contexto epidemiológico.

Entonces, ¿por qué importa saber qué serotipo circula? Porque ese dato ayuda a anticipar cambios en la transmisión y en la susceptibilidad de una población. Es una señal para fortalecer la vigilancia y la preparación de los servicios de salud, no una sentencia sobre el desenlace de cada paciente.

Cuatro serotipos, una misma enfermedad

Los cuatro serotipos se denominan DENV-1, DENV-2, DENV-3 y DENV-4. Son virus estrechamente relacionados que producen la misma enfermedad: dengue.

Después de una infección, la persona desarrolla protección duradera contra el serotipo que la causó. Esa protección no se extiende de manera permanente a los otros tres. Por ello, alguien que ya tuvo dengue puede volver a infectarse posteriormente con un serotipo diferente.

Una segunda infección por otro serotipo se asocia con un mayor riesgo de dengue grave. Esto no significa que toda segunda infección será grave ni que una infección primaria esté libre de riesgo. Significa que el antecedente inmunológico es uno de varios factores que deben considerarse.

La clasificación clínica no depende del número del serotipo. Los equipos de salud valoran si existe dengue sin signos de alarma, dengue con signos de alarma o dengue grave, de acuerdo con la evolución y las manifestaciones de la persona.

¿Por qué la llegada o el regreso de un serotipo puede aumentar el riesgo?

Imaginemos una región en la que durante varios años predominó un serotipo y otro dejó de circular o se mantuvo en niveles muy bajos. Con el tiempo se incorporan nuevas generaciones y aumenta el número de personas que nunca estuvieron expuestas al serotipo ausente. Si éste vuelve a circular, puede encontrar una población con menor inmunidad específica.

Además, algunas personas habrán tenido antes una infección por otro serotipo. En ellas, una nueva infección será una exposición heteróloga —es decir, causada por un serotipo distinto— y tendrá una probabilidad mayor de evolucionar a formas graves que una primera infección, aunque el desenlace grave no sea inevitable.

Por eso la aparición o el aumento de un serotipo que llevaba tiempo sin predominar puede favorecer un incremento de casos y modificar el riesgo poblacional. La Organización Panamericana de la Salud utilizó precisamente este razonamiento al advertir en 2025 sobre la expansión de DENV-3 en países donde había circulado poco durante años.

La preocupación epidemiológica se relaciona con cuántas personas son susceptibles, qué exposiciones previas tuvieron, cuánto mosquito vector existe y qué tan preparados están la vigilancia y los servicios de salud. No surge simplemente de que el serotipo tenga el número 2, 3 o 4.

Entonces, ¿DENV-2 es “el peor”?

No existe una clasificación universal que ordene los serotipos del menos al más peligroso. Los cuatro se han asociado con brotes y con casos graves.

Algunos estudios han encontrado mayor frecuencia de gravedad con DENV-2 o con determinados genotipos en epidemias concretas. Otros han observado patrones diferentes. La Organización Mundial de la Salud señala que las variaciones en gravedad entre serotipos han sido inconsistentes entre estudios.

Esto permite una conclusión más precisa: DENV-2 merece vigilancia, como los otros serotipos, pero su identificación aislada no demuestra que una epidemia será más grave ni permite predecir la evolución de un paciente.

También conviene distinguir entre serotipo y genotipo. Dentro de cada serotipo existen linajes genéticos con características propias. El comportamiento de un brote puede relacionarse con el linaje viral, la inmunidad previa de la población, la densidad de mosquitos, el clima, la movilidad, el acceso a la atención y muchos otros factores. Reducir todo eso a “el dengue 2 es el peor” transforma una cuestión compleja en un eslogan engañoso.

Lo que observamos en Tapachula entre 2016 y 2018

Nuestro estudio prospectivo se realizó en cuatro instituciones de salud de Tapachula y siguió a personas con fiebre, exantema o ambos durante los primeros años posteriores a la introducción del Zika en México.

Se incorporaron 467 participantes con enfermedad febril o exantemática. Mediante pruebas de RT-PCR repetidas en sangre y orina se confirmaron 82 infecciones por dengue, 37 por Zika y una por chikungunya. En 307 episodios no se identificó alguno de esos tres virus, y en 40 participantes las muestras disponibles no permitieron descartar por completo las infecciones estudiadas.

El patrón cambió con rapidez. En la segunda mitad de 2016 predominó el Zika y el dengue apareció de manera esporádica. Durante 2017, el dengue aumentó, especialmente en el verano. En la primera mitad de 2018 ya no identificamos casos de Zika y observamos un pico importante de dengue durante mayo y junio.

Las personas con dengue fueron, en promedio, más jóvenes que quienes tenían Zika u otros episodios no identificados. También informaron con mayor frecuencia vivir cerca de agua estancada y conocer casos recientes de dengue en su vecindario. Estos resultados describieron grupos y exposiciones; no sirven para diagnosticar a una persona sin valoración y pruebas.

La lección más útil para la conversación actual es que la circulación de los virus cambia en el tiempo y dentro de espacios relativamente pequeños. La vigilancia local permite detectar esos cambios y orientar la respuesta.

Lo que nuestro estudio no puede decir sobre DENV-2

El estudio no fue diseñado para comparar los cuatro serotipos ni para determinar si uno causaba mayor gravedad. La prueba utilizada confirmaba infección por dengue, pero el análisis publicado no clasificó los casos de acuerdo con DENV-1, DENV-2, DENV-3 o DENV-4.

Tampoco describe la situación epidemiológica de Tapachula en 2026. Sus datos corresponden a 2016-2018 y proceden de personas que acudieron a servicios de salud y cumplían criterios de inclusión específicos. Para conocer la circulación actual deben consultarse los informes de la vigilancia epidemiológica y los resultados de laboratorio más recientes.

¿Qué sí permite afirmar la identificación de un serotipo?

Si un informe confirmado detecta DENV-2 en Tapachula, permite afirmar que ese serotipo está circulando en la población estudiada. Dependiendo del número de muestras, su distribución y la comparación con semanas y años previos, también puede ayudar a reconocer un cambio en el serotipo predominante.

Por sí solo, ese hallazgo no permite concluir que:

  • todas las infecciones serán más graves;
  • una persona con DENV-2 evolucionará mal;
  • el brote será necesariamente mayor que los anteriores;
  • DENV-2 sea siempre más peligroso que DENV-1, DENV-3 o DENV-4;
  • la gravedad pueda anticiparse sin valorar signos clínicos, antecedentes y evolución.

La detección debe interpretarse junto con el número de casos, la proporción de muestras tipificadas, la existencia de otros serotipos, las hospitalizaciones, los casos con signos de alarma, las defunciones y la distribución geográfica y temporal.

Para el paciente, lo importante son los signos de alarma

El serotipo no sustituye la vigilancia clínica. Una persona con sospecha de dengue debe recibir orientación médica y mantenerse atenta, especialmente cuando disminuye la fiebre, porque la fase crítica puede comenzar en ese momento.

Se debe buscar atención de inmediato ante dolor abdominal intenso, vómitos persistentes, sangrado de encías o nariz, sangre en vómito o evacuaciones, somnolencia o irritabilidad, dificultad para respirar, acumulación de líquidos, piel pálida y fría o debilidad marcada.

También es importante mantener una hidratación adecuada y evitar la automedicación. La aspirina, el ibuprofeno y otros antiinflamatorios no esteroideos pueden aumentar el riesgo de sangrado y no deben utilizarse ante sospecha de dengue salvo indicación expresa de un profesional que conozca el caso.

Del sobresalto a la acción útil

Una noticia sobre serotipos debería conducir a mejores preguntas: ¿el resultado fue confirmado por un laboratorio de referencia?, ¿cuántas muestras se tipificaron?, ¿es un hallazgo aislado o un cambio sostenido?, ¿qué muestran los casos graves y las hospitalizaciones?, ¿qué medidas se están reforzando?

La respuesta útil sigue siendo eliminar criaderos, cubrir y lavar recipientes de agua, utilizar repelente y barreras físicas, reconocer tempranamente los signos de alarma, consultar sin demora y sostener una vigilancia epidemiológica y de laboratorio capaz de detectar cambios.

El mensaje central

Los cuatro serotipos pueden causar dengue leve o grave. La introducción, reaparición o aumento de un serotipo importa porque cambia la susceptibilidad de la población y puede incrementar las infecciones secundarias por un serotipo distinto. Eso justifica vigilancia y preparación.

Pero identificar DENV-2 no equivale a descubrir “el peor dengue”. El número del serotipo no reemplaza el análisis epidemiológico ni permite anticipar por sí solo la evolución clínica. Comunicar con precisión no reduce el riesgo: ayuda a entenderlo y a responder mejor.

Héctor A. Rincón-León fue coautor del estudio realizado en Tapachula y participó en la adquisición de datos y la interpretación de los resultados.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual. Ante signos de alarma o deterioro clínico, busque atención inmediata.

¿Por qué algunos antibióticos dejan de funcionar en los hospitales? Señales de alerta desde Chiapas

Un estudio en un hospital de Chiapas analizó 1,300 aislamientos de infecciones asociadas a la atención de la salud. Explicamos qué revelaron las tendencias de resistencia y por qué los datos locales son esenciales para usar mejor los antibióticos.

Un estudio realizado en un hospital de tercer nivel de Chiapas analizó 1,300 aislamientos de infecciones asociadas a la atención de la salud. Los resultados mostraron que la resistencia no era un problema abstracto: varios de los microorganismos más frecuentes estaban perdiendo sensibilidad frente a antibióticos importantes.

Los datos corresponden al periodo 2009-2012 y no describen la situación actual de todos los hospitales. Su enseñanza, sin embargo, conserva plena vigencia: para elegir mejor los tratamientos, cada institución necesita saber qué microorganismos circulan y cómo cambia su resistencia con el tiempo.

La resistencia es del microorganismo, no de la persona

Cuando decimos que existe resistencia antimicrobiana no significa que el cuerpo de una persona se haya acostumbrado a un medicamento. Significa que una bacteria, un hongo, un virus o un parásito ha adquirido características que le permiten sobrevivir a un fármaco que antes podía controlarlo.

En una infección causada por una bacteria resistente, el tratamiento habitual puede dejar de ser eficaz. Esto puede prolongar la enfermedad, limitar las opciones terapéuticas y aumentar la necesidad de estudios, hospitalización o cuidados intensivos.

Los antibióticos no generan resistencia por una sola receta ni toda falla terapéutica se debe a este fenómeno. La resistencia surge y se selecciona mediante procesos biológicos complejos, pero el uso innecesario, incorrecto o excesivo de antimicrobianos acelera su aparición y propagación.

¿Qué estudiamos en Chiapas?

Entre septiembre de 2009 y diciembre de 2012 analizamos de manera retrospectiva los microorganismos identificados como causantes de infecciones hospitalarias en el Hospital Regional de Alta Especialidad Ciudad Salud, en Tapachula. Era una institución de tercer nivel con 90 camas y una unidad de cuidados intensivos de 12 camas.

El estudio incluyó 1,300 aislamientos microbiológicos. Esta cifra no equivale necesariamente a 1,300 pacientes: una misma persona podía aportar más de un aislamiento si presentó infecciones distintas. Se excluyeron los cultivos sin crecimiento, la contaminación, la colonización y las muestras repetidas del mismo sitio durante un mismo episodio.

En la actualidad se prefiere hablar de infecciones asociadas a la atención de la salud, porque pueden relacionarse con distintos procedimientos y espacios asistenciales, no sólo con permanecer internado.

¿Qué microorganismos aparecieron con mayor frecuencia?

De los 1,300 aislamientos:

  • 62.3% correspondió a bacterias gramnegativas.
  • 22.8% correspondió a bacterias grampositivas.
  • 14.9% correspondió a levaduras.

Los microorganismos más frecuentes fueron Pseudomonas aeruginosa —13.8% del total—, Escherichia coli —12.8%— y Candida albicans —8.3%—. También se identificaron Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumannii, especies de Enterococcus y diferentes estafilococos.

Seis grupos concentraron alrededor del 95% de los eventos: infecciones de la herida quirúrgica, neumonías, infecciones urinarias, infecciones del sitio de inserción de catéteres, bacteriemias e infecciones de la piel.

Estos porcentajes describen la experiencia de ese hospital durante aquellos años. No deben utilizarse como estimaciones actuales para Chiapas, México u otra institución.

Las señales que encendieron la alerta

El hallazgo más importante no fue un solo porcentaje, sino la dirección de varios cambios.

Escherichia coli mostró aumentos en la resistencia a aztreonam, cefepime y ceftazidima. Acinetobacter baumannii presentó incrementos frente a varios antibióticos; el aumento de la resistencia a amikacina alcanzó significación estadística en el análisis. En Pseudomonas aeruginosa, la resistencia a imipenem pasó de 47.1% en 2010 a 60.5% en 2012, aunque esa tendencia no fue estadísticamente significativa.

No todo se movió en la misma dirección. Klebsiella pneumoniae mostró disminuciones en la resistencia a amikacina y piperacilina con tazobactam. Esto recuerda que la resistencia no avanza de forma uniforme: depende del microorganismo, del medicamento, de la presión de selección, de las prácticas clínicas y de la transmisión dentro de cada institución.

Por eso un antibiograma hospitalario no es una lista estática. Es una fotografía que debe actualizarse y analizarse periódicamente.

¿Por qué no basta con usar un antibiótico “más fuerte”?

La expresión “antibiótico más fuerte” puede ser engañosa. El mejor tratamiento no es necesariamente el de espectro más amplio, sino el adecuado para el microorganismo probable o identificado, el sitio de infección, la gravedad, las características del paciente y la información local de sensibilidad.

En una infección grave puede ser necesario iniciar tratamiento antes de conocer el resultado del cultivo. Pero cuando el laboratorio identifica el microorganismo y su sensibilidad, el esquema debe reevaluarse: puede mantenerse, ajustarse o reducirse su espectro. Esta revisión ayuda a tratar mejor a la persona y a disminuir una exposición innecesaria a antimicrobianos.

Los porcentajes de nuestro estudio no deben emplearse para escoger hoy un tratamiento. Han cambiado el hospital, los microorganismos, los métodos de laboratorio, los criterios de interpretación y los patrones de uso de antibióticos. La decisión actual requiere datos recientes y valoración clínica individual.

Una advertencia local dentro de un problema mundial

La Organización Mundial de la Salud informó en 2025 que aproximadamente una de cada seis infecciones bacterianas confirmadas por laboratorio en el mundo durante 2023 fue resistente a los antibióticos evaluados. Entre 2018 y 2023, la resistencia aumentó en más de 40% de las combinaciones de microorganismo y antibiótico vigiladas.

Estas cifras globales no pueden compararse directamente con las de nuestro hospital: proceden de poblaciones, infecciones y métodos distintos. Sí muestran que la pregunta que planteamos hace una década sigue abierta y se ha vuelto más urgente.

La vigilancia local aporta algo que un promedio mundial no puede ofrecer: información útil para las decisiones cotidianas de una institución concreta. Al mismo tiempo, los datos estandarizados de muchos hospitales permiten reconocer tendencias regionales, detectar amenazas emergentes y orientar políticas de salud pública.

¿Qué puede hacer un hospital?

La resistencia antimicrobiana no se resuelve con una sola medida. Requiere un sistema coordinado:

  1. Prevenir las infecciones. Higiene de manos, vacunación, limpieza, aislamiento cuando corresponde y prácticas seguras durante cirugías y procedimientos.
  2. Cuidar los dispositivos invasivos. Colocar catéteres y ventiladores sólo cuando están indicados, mantenerlos correctamente y retirarlos en cuanto dejan de ser necesarios.
  3. Tomar muestras de calidad. Obtener cultivos cuando están indicados y, si la situación clínica lo permite, antes de iniciar antibióticos.
  4. Usar la información del laboratorio. Elaborar y actualizar antibiogramas, comunicar resultados oportunamente y distinguir infección, colonización y contaminación.
  5. Optimizar la prescripción. Elegir el medicamento, dosis, vía y duración adecuados; revisar el tratamiento cuando aparecen nuevos datos y suspenderlo cuando no está justificado.
  6. Vigilar y aprender. Seguir las infecciones y el consumo de antimicrobianos, analizar brotes y evaluar si las intervenciones realmente funcionan.

Estos programas necesitan la participación de medicina, enfermería, microbiología, farmacia, epidemiología, control de infecciones, dirección hospitalaria y pacientes. Ningún servicio puede resolver el problema por sí solo.

¿Qué podemos hacer fuera del hospital?

La población también puede ayudar sin asumir responsabilidades que corresponden a los sistemas de salud:

  • No usar antibióticos para resfriados, influenza u otras infecciones virales.
  • No comprar, compartir ni reutilizar sobrantes de antibióticos.
  • Tomarlos exactamente como fueron indicados y consultar antes de suspenderlos o modificar la dosis.
  • No exigir una receta de antibióticos cuando el personal de salud explica que no están indicados.
  • Mantener al día las vacunas y practicar higiene de manos para reducir infecciones y, con ello, la necesidad de antimicrobianos.

Lo que el estudio no puede afirmar

Fue un estudio retrospectivo de un solo hospital. Analizó aislamientos identificados mediante la vigilancia institucional, no una muestra representativa de todos los hospitales ni de toda la población de Chiapas. El número de aislamientos para cada combinación de microorganismo y antibiótico varió y algunas tendencias numéricas no alcanzaron significación estadística.

Además, los datos terminaron en 2012. No permiten conocer cuáles son hoy los microorganismos predominantes ni qué antibióticos conservan actividad en esa institución. Tampoco prueban que una práctica concreta haya causado cada aumento o disminución observados.

Su contribución fue documentar el problema local y mostrar la necesidad de medirlo de manera continua.

El mensaje central

No se puede mejorar lo que no se vigila. Un antibiótico útil hoy puede perder efectividad si se prescribe sin necesidad, si las infecciones no se previenen o si los microorganismos resistentes se transmiten sin ser detectados.

Nuestro estudio ofreció una fotografía histórica de un hospital de Chiapas. Su mensaje actual no es elegir un medicamento a partir de cifras antiguas, sino construir sistemas capaces de producir información reciente, convertirla en decisiones clínicas y proteger los antimicrobianos que todavía funcionan.

Héctor A. Rincón-León y Karla R. Navarro-Fuentes fuimos autores del estudio y participamos desde los servicios de investigación y epidemiología en Chiapas.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica ni debe utilizarse para elegir o modificar un tratamiento antimicrobiano.

Seis olas de COVID-19 en Tapachula: cómo cambió la enfermedad entre 2020 y 2023

Analizamos 6,145 casos confirmados a lo largo de seis olas. La dificultad respiratoria, la necesidad de oxígeno y la mortalidad disminuyeron de manera marcada después de las primeras etapas.

Durante los primeros años de la pandemia no sólo cambió el número de contagios. También cambió la forma en que se presentaba la enfermedad, la gravedad de los pacientes y la presión ejercida sobre los servicios de salud.

Para entender esa transformación analizamos seis olas de COVID-19 atendidas en unidades de primer y segundo nivel del IMSS en Tapachula, Chiapas, entre marzo de 2020 y enero de 2023. Karla Navarro-Fuentes y Héctor Rincón-León participamos en el diseño, análisis, manejo de los datos y redacción del estudio.

Primero, una precisión importante sobre los números

Durante el periodo se registraron 18,319 personas sospechosas de COVID-19. De ellas, 13,045 fueron sometidas a una prueba y 6,145 resultaron positivas. Por tanto, el 47.1% corresponde a las personas evaluadas, no al total de casos sospechosos.

Esta distinción parece pequeña, pero es esencial: en epidemiología, un porcentaje sólo puede interpretarse correctamente cuando conocemos con claridad su denominador.

La tercera ola concentró más de la mitad de los casos

Los 6,145 casos confirmados se distribuyeron de manera muy desigual. La tercera ola, que coincidió temporalmente con el predominio nacional de Delta, reunió 3,205 casos: 52.2% del total.

Sin embargo, tener más casos no fue la única historia. Al comparar las seis olas observamos una transición progresiva desde cuadros con mayor afectación respiratoria y necesidad de cuidados hospitalarios hacia presentaciones con más síntomas de vías respiratorias superiores y mayor manejo ambulatorio.

De la falta de aire al predominio de síntomas respiratorios altos

En la primera ola, 47.6% de las personas confirmadas presentó disnea o falta de aire. En la sexta ola la proporción fue de 4.9%. El dolor torácico disminuyó de 41.8% a 7.6%, y la taquipnea —respiración anormalmente rápida— pasó de 4.4% a ningún caso registrado en la sexta ola.

Al mismo tiempo, algunos síntomas de vías respiratorias altas se hicieron más frecuentes. La rinorrea o escurrimiento nasal aumentó de 32.3% en la primera ola a 85.4% en la sexta; el dolor al tragar pasó de 52.5% a 77.8%.

Estos cambios no permiten diagnosticar una variante por los síntomas. Sí muestran que el perfil clínico observado por los servicios de salud fue distinto a medida que avanzó la pandemia.

La gravedad y la mortalidad disminuyeron

En la primera ola, 57.2% de los casos sobrevivió sin haber requerido oxígeno; para la sexta ola esa proporción alcanzó 94.4%. La proporción de fallecimientos entre los casos confirmados pasó de 24.0% en la primera ola a 0.7% en la sexta.

En el conjunto del periodo, 1,079 pacientes necesitaron hospitalización, 647 recibieron oxígeno y 432 fueron intubados. De estos últimos, 400 fallecieron. Esa mortalidad extremadamente alta entre las personas intubadas se concentró sobre todo en las primeras etapas y merece una lectura cuidadosa: probablemente refleja una combinación de enfermedad grave, llegada tardía, saturación hospitalaria, criterios de intubación y limitaciones de capacidad crítica. El diseño del estudio no permite separar cuánto aportó cada factor.

¿Por qué cambió tanto la enfermedad?

La reducción de la gravedad coincidió con varios procesos que ocurrieron al mismo tiempo:

  • el avance de la vacunación;
  • la inmunidad acumulada por infecciones previas y vacunación;
  • el reemplazo de variantes, con predominio de Ómicron desde la cuarta ola;
  • la experiencia adquirida por los equipos de salud y la mejoría de los protocolos clínicos.

La palabra clave es coincidió. No secuenciamos el virus de cada paciente y tampoco contamos con su antecedente individual de vacunación. Por eso no podemos afirmar que una variante o la vacuna explique por sí sola la evolución de cada caso.

Lo que Tapachula puede enseñar a los servicios de salud

Las epidemias no ejercen siempre la misma presión. En una etapa pueden faltar camas, oxígeno y capacidad de cuidados críticos; en otra, el reto puede trasladarse a la consulta ambulatoria, el diagnóstico y la vigilancia.

La experiencia de Tapachula sugiere cuatro prioridades para futuras emergencias respiratorias:

  1. Capacidad flexible: poder ampliar camas, oxígeno y personal sin desatender los servicios esenciales.
  2. Vigilancia conectada con la clínica: relacionar oportunamente los cambios en casos, síntomas y gravedad.
  3. Primer nivel fortalecido: identificar deterioro, atender cuadros leves y referir a tiempo a quienes presentan signos de alarma.
  4. Preparación adaptada al territorio: las ciudades fronterizas requieren planes que consideren movilidad, desigualdad y disponibilidad real de recursos.

Lo que el estudio no puede responder

Se trató de un análisis descriptivo de registros clínicos y de vigilancia. Pudo existir subregistro, especialmente durante los picos. Los criterios de prueba y diagnóstico pudieron variar entre unidades y momentos. Además, las variantes se asignaron por su predominio nacional en cada periodo, no mediante secuenciación individual.

También es importante recordar que los datos terminan en enero de 2023. Describen cómo cambió la pandemia en ese periodo; no representan por sí solos la situación epidemiológica actual.

El mensaje principal

La disminución observada en la gravedad no significa que la COVID-19 haya desaparecido. Significa que una epidemia puede cambiar de forma profunda y que los sistemas de salud deben aprender y ajustarse con la misma rapidez.

Hoy la vacunación forma parte del manejo sostenido de la COVID-19. La Organización Mundial de la Salud mantiene recomendaciones de vacunación periódica para los grupos con mayor riesgo de enfermedad grave, que deben aplicarse de acuerdo con los programas y lineamientos nacionales vigentes.

Mirar las seis olas en conjunto permite transformar una experiencia dolorosa en preparación: mejores datos, atención primaria sólida, capacidad hospitalaria adaptable y decisiones que reconozcan las particularidades de cada comunidad.

Fuentes

La información de este sitio es educativa y no sustituye una valoración médica individual ni las recomendaciones de las autoridades sanitarias.

Gusano barrenador: ¿Qué revelan 204 casos humanos en México?

Analizamos los primeros 204 casos humanos confirmados en México. Chiapas concentró casi seis de cada diez y las piernas fueron el sitio más afectado.

Durante décadas, el gusano barrenador del Nuevo Mundo parecía un problema superado en México. Eso cambió cuando reaparecieron casos en animales en 2024 y, posteriormente, casos humanos en 2025.

En un estudio publicado anticipadamente en la revista Emerging Infectious Diseases, analizamos los casos humanos confirmados por el sistema nacional de vigilancia entre el 13 de abril de 2025 y el 14 de marzo de 2026. Karla Navarro-Fuentes y Héctor Rincón-León participamos como coautores.

¿Qué es el gusano barrenador?

El nombre científico de la mosca es Cochliomyia hominivorax. La mosca adulta no “barrena” el cuerpo: el problema comienza cuando la hembra deposita sus huevos en una herida, una zona inflamada, una mucosa o un orificio natural.

Los huevos pueden abrirse en 12 a 24 horas. Las larvas penetran la lesión y se alimentan de tejido vivo, por lo que la miasis puede avanzar con rapidez y causar destrucción del tejido, infección bacteriana y pérdida de función si no se atiende oportunamente.

¿Qué encontramos?

Los informes oficiales registraron 204 casos humanos confirmados durante el periodo estudiado. En 202 existía información suficiente para analizar sus características clínicas y epidemiológicas.

  • Para marzo de 2026 ya se habían notificado casos en 12 entidades federativas.
  • Chiapas concentró 119 casos, equivalentes al 58.3% del total. Tapachula fue el municipio con más casos analizados: 35.
  • El 71.8% ocurrió en hombres y la edad promedio fue de 61 años.
  • Las piernas y los pies fueron la localización reportada con mayor frecuencia: 55% de los casos.
  • El 76.7% tenía al menos una condición clínica o social concurrente. Entre las más frecuentes estuvieron diabetes, consumo problemático de alcohol, hipertensión, neoplasias y padecimientos asociados con úlceras de la piel.
  • Se registraron seis fallecimientos entre las personas con miasis; al momento del reporte, sólo uno fue atribuido directamente a la infestación. La información disponible no permitió determinar cuánto pudo contribuir la miasis en los otros cinco.

Estos datos describen a las personas que fueron detectadas y notificadas. No significan que ser hombre, tener diabetes o vivir en Chiapas cause por sí mismo la enfermedad.

Las heridas crónicas merecen especial atención

La frecuencia de lesiones en las extremidades inferiores y de enfermedades concurrentes señala un punto práctico: las heridas crónicas, las úlceras, la disminución de la sensibilidad, la inmovilidad o las dificultades para el autocuidado pueden retrasar la detección del problema.

Por eso es importante revisar diariamente cualquier herida, en particular en pies y piernas; lavarla y mantenerla cubierta según las indicaciones del personal de salud; y buscar atención si empeora, presenta secreción, dolor creciente, mal olor o larvas visibles.

La sospecha de miasis requiere valoración médica. El tratamiento puede incluir retiro cuidadoso de las larvas, limpieza y manejo de la lesión, control del dolor y tratamiento de infecciones bacterianas. Los antiparasitarios sólo se utilizan en casos seleccionados y bajo supervisión profesional. No es recomendable intentar retirar profundamente las larvas ni automedicarse.

Un problema humano, animal y ambiental

La misma mosca puede afectar al ganado, animales de compañía, fauna silvestre y personas. Por eso su control exige un enfoque de Una Salud: vigilancia coordinada, diagnóstico y notificación oportunos, atención de animales afectados, control de su movilización y medidas para disminuir la población de la mosca.

La aparición de casos en animales puede advertir que el insecto ya circula en una zona antes de que se detecten casos humanos. La coordinación entre los servicios de salud, veterinarios, productores y comunidades es parte esencial de la prevención.

Lo que todavía no sabemos

Nuestro trabajo fue un estudio descriptivo basado en informes de vigilancia. No contó con una población de comparación ni con denominadores que permitieran calcular la incidencia o el riesgo individual. Además, es posible que existan casos no reconocidos o no notificados.

El periodo analizado terminó el 14 de marzo de 2026. Por lo tanto, sus 204 casos no deben presentarse como el total actual del país. La vigilancia oficial continúa y sus informes posteriores deben consultarse para conocer la situación más reciente.

El mensaje principal

No se trata de generar alarma, sino de reconocer un problema que volvió y que puede causar daño grave si pasa inadvertido. Cuidar las heridas, examinar de forma intencional las lesiones —especialmente en personas con dificultades para el autocuidado— y solicitar atención temprana son medidas sencillas que pueden cambiar el desenlace.

La reemergencia del gusano barrenador también nos recuerda algo más amplio: la salud humana no puede separarse de la salud animal ni del ambiente.

Fuentes

La información de este sitio es educativa y no sustituye una valoración médica individual.