Catéteres, ventiladores y sondas: ¿qué aprendimos de 605 mil pacientes en 43 países?

Una red internacional siguió a 605,310 pacientes en 503 unidades de cuidados intensivos y mostró por qué medir las infecciones asociadas a catéteres, ventiladores y sondas es indispensable para prevenirlas.

En una unidad de cuidados intensivos, un catéter venoso central puede hacer posible administrar medicamentos indispensables. Un ventilador puede sostener la respiración. Una sonda urinaria puede ser necesaria para vigilar y tratar a una persona en estado crítico. Estos dispositivos salvan vidas, pero también abren una posible puerta de entrada a infecciones.

La pregunta importante no es si deben evitarse siempre, sino otra: ¿cómo usamos cada dispositivo sólo cuando aporta un beneficio y reducimos su riesgo mientras sigue siendo necesario? Para responderla hay que medir de forma consistente, comparar y convertir los datos en acciones de prevención.

Una red que hizo visibles las infecciones

Entre 2007 y 2012, el Consorcio Internacional para el Control de Infecciones Nosocomiales (INICC) reunió información prospectiva de 605,310 pacientes, hospitalizados durante más de 3.3 millones de días, en 503 unidades de cuidados intensivos de 263 hospitales y 43 países de América Latina, Asia, África y Europa.

El estudio utilizó definiciones estandarizadas para vigilar tres infecciones asociadas a dispositivos:

  • Infección del torrente sanguíneo asociada a catéter central.
  • Neumonía asociada a ventilación mecánica.
  • Infección de vías urinarias asociada a catéter urinario.

Utilizar los mismos criterios importa. Si cada hospital llama «infección» a algo diferente, sus cifras no pueden compararse ni permiten saber con claridad si una intervención funcionó.

Qué significa «por mil días de dispositivo»

No basta con contar infecciones. Una unidad que emplea cien catéteres durante varias semanas acumula más oportunidades de exposición que otra que utiliza diez durante pocos días. Por eso las tasas se expresan por 1,000 días de dispositivo.

Un día de dispositivo equivale a un paciente expuesto a ese dispositivo durante un día. Este denominador permite relacionar el número de infecciones con el tiempo real de exposición y seguir la tendencia de una unidad, aunque cambie su número de pacientes.

En el conjunto de unidades de cuidados intensivos de adultos y pediátricas, el estudio informó aproximadamente:

  • 4.8 infecciones del torrente sanguíneo por 1,000 días de catéter central.
  • 14.7 neumonías por 1,000 días de ventilación mecánica.
  • 5.3 infecciones urinarias por 1,000 días de catéter urinario.

Estas son cifras históricas de una red internacional; no representan la tasa actual de México, de Tapachula ni de un hospital específico. Tampoco deben compararse de manera automática con cualquier informe moderno: las definiciones, la mezcla de pacientes, los recursos y los sistemas de vigilancia pueden cambiar.

Detrás de cada tasa hay personas y días de hospitalización

El estudio también comparó, de manera cruda, a pacientes con y sin estas infecciones. En adultos y niños, la mortalidad registrada fue de 7.9 % entre quienes no tuvieron una infección asociada a dispositivo, frente a 24.9 % en quienes presentaron una infección del torrente sanguíneo asociada a catéter central, 23.4 % con neumonía asociada a ventilación y 13.3 % con infección urinaria asociada a catéter.

La estancia promedio fue de 6.1 días entre quienes no presentaron estas infecciones y rondó los 19 a 20 días en los tres grupos con infección.

Estas diferencias muestran la gravedad del problema, pero requieren una lectura prudente. Se trata de comparaciones crudas: las personas más enfermas suelen necesitar más dispositivos y permanecer más tiempo hospitalizadas. Por ello, no puede atribuirse toda la diferencia de mortalidad o estancia exclusivamente a la infección.

El informe también encontró una frecuencia importante de resistencia a varios antibióticos entre microorganismos aislados. La prevención tiene, por tanto, un doble valor: evita daño inmediato y reduce oportunidades para que las bacterias resistentes se propaguen y obliguen a utilizar tratamientos cada vez más limitados.

Vigilar no es llenar formatos

La vigilancia cobra sentido cuando cierra un ciclo: definir, contar, analizar, informar y actuar. Una tasa permite detectar dónde existe mayor margen de mejora, establecer una línea basal y comprobar si las medidas adoptadas producen un cambio sostenido.

La Organización Mundial de la Salud considera la vigilancia de las infecciones asociadas a la atención una parte esencial de los programas de prevención y control. En México, la gestión para prevenir estas infecciones vincula la vigilancia epidemiológica, la calidad de la atención, el uso racional de antibióticos y la prevención de la resistencia antimicrobiana.

En la práctica, los datos deben conducir a preguntas concretas:

  • ¿El dispositivo sigue siendo necesario hoy?
  • ¿Se colocó con la técnica y las barreras adecuadas?
  • ¿Se mantiene limpio, cerrado y bien fijado?
  • ¿El equipo cumple consistentemente la higiene de manos y los paquetes preventivos?
  • ¿Se retira tan pronto como deja de aportar beneficio?
  • ¿Las tasas y los hallazgos se comparten con quienes atienden a los pacientes?

No existe una medida aislada capaz de prevenir todas las infecciones. El resultado depende de sistemas confiables: personal capacitado, insumos disponibles, protocolos claros, observación del cumplimiento y retroalimentación oportuna.

La lección que permanece

Más de una década después de este informe, los dispositivos siguen siendo indispensables y las infecciones asociadas a la atención continúan entre los eventos adversos más frecuentes de los servicios de salud. Lo que cambian los datos no es la necesidad de usar un catéter, un ventilador o una sonda, sino la capacidad de identificar riesgos evitables y actuar antes de que se repitan.

La gran contribución de una red internacional no fue producir una sola cifra universal. Fue mostrar que hospitales muy distintos podían hablar un lenguaje epidemiológico común y transformar experiencias aisladas en evidencia útil para mejorar la seguridad del paciente.

Héctor Armando Rincón León y Karla Reyna Navarro Fuentes aparecen en el apéndice del artículo entre los investigadores del INICC participantes desde el Hospital Regional de Alta Especialidad Ciudad Salud, en Tapachula. Esta participación corresponde al trabajo de un consorcio internacional; no implica autoría principal en la primera página del artículo.

Fuentes

Esta entrada es divulgativa y no sustituye los protocolos institucionales, las definiciones de vigilancia vigentes ni la valoración de cada paciente.

¿Por qué algunos antibióticos dejan de funcionar en los hospitales? Señales de alerta desde Chiapas

Un estudio en un hospital de Chiapas analizó 1,300 aislamientos de infecciones asociadas a la atención de la salud. Explicamos qué revelaron las tendencias de resistencia y por qué los datos locales son esenciales para usar mejor los antibióticos.

Un estudio realizado en un hospital de tercer nivel de Chiapas analizó 1,300 aislamientos de infecciones asociadas a la atención de la salud. Los resultados mostraron que la resistencia no era un problema abstracto: varios de los microorganismos más frecuentes estaban perdiendo sensibilidad frente a antibióticos importantes.

Los datos corresponden al periodo 2009-2012 y no describen la situación actual de todos los hospitales. Su enseñanza, sin embargo, conserva plena vigencia: para elegir mejor los tratamientos, cada institución necesita saber qué microorganismos circulan y cómo cambia su resistencia con el tiempo.

La resistencia es del microorganismo, no de la persona

Cuando decimos que existe resistencia antimicrobiana no significa que el cuerpo de una persona se haya acostumbrado a un medicamento. Significa que una bacteria, un hongo, un virus o un parásito ha adquirido características que le permiten sobrevivir a un fármaco que antes podía controlarlo.

En una infección causada por una bacteria resistente, el tratamiento habitual puede dejar de ser eficaz. Esto puede prolongar la enfermedad, limitar las opciones terapéuticas y aumentar la necesidad de estudios, hospitalización o cuidados intensivos.

Los antibióticos no generan resistencia por una sola receta ni toda falla terapéutica se debe a este fenómeno. La resistencia surge y se selecciona mediante procesos biológicos complejos, pero el uso innecesario, incorrecto o excesivo de antimicrobianos acelera su aparición y propagación.

¿Qué estudiamos en Chiapas?

Entre septiembre de 2009 y diciembre de 2012 analizamos de manera retrospectiva los microorganismos identificados como causantes de infecciones hospitalarias en el Hospital Regional de Alta Especialidad Ciudad Salud, en Tapachula. Era una institución de tercer nivel con 90 camas y una unidad de cuidados intensivos de 12 camas.

El estudio incluyó 1,300 aislamientos microbiológicos. Esta cifra no equivale necesariamente a 1,300 pacientes: una misma persona podía aportar más de un aislamiento si presentó infecciones distintas. Se excluyeron los cultivos sin crecimiento, la contaminación, la colonización y las muestras repetidas del mismo sitio durante un mismo episodio.

En la actualidad se prefiere hablar de infecciones asociadas a la atención de la salud, porque pueden relacionarse con distintos procedimientos y espacios asistenciales, no sólo con permanecer internado.

¿Qué microorganismos aparecieron con mayor frecuencia?

De los 1,300 aislamientos:

  • 62.3% correspondió a bacterias gramnegativas.
  • 22.8% correspondió a bacterias grampositivas.
  • 14.9% correspondió a levaduras.

Los microorganismos más frecuentes fueron Pseudomonas aeruginosa —13.8% del total—, Escherichia coli —12.8%— y Candida albicans —8.3%—. También se identificaron Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumannii, especies de Enterococcus y diferentes estafilococos.

Seis grupos concentraron alrededor del 95% de los eventos: infecciones de la herida quirúrgica, neumonías, infecciones urinarias, infecciones del sitio de inserción de catéteres, bacteriemias e infecciones de la piel.

Estos porcentajes describen la experiencia de ese hospital durante aquellos años. No deben utilizarse como estimaciones actuales para Chiapas, México u otra institución.

Las señales que encendieron la alerta

El hallazgo más importante no fue un solo porcentaje, sino la dirección de varios cambios.

Escherichia coli mostró aumentos en la resistencia a aztreonam, cefepime y ceftazidima. Acinetobacter baumannii presentó incrementos frente a varios antibióticos; el aumento de la resistencia a amikacina alcanzó significación estadística en el análisis. En Pseudomonas aeruginosa, la resistencia a imipenem pasó de 47.1% en 2010 a 60.5% en 2012, aunque esa tendencia no fue estadísticamente significativa.

No todo se movió en la misma dirección. Klebsiella pneumoniae mostró disminuciones en la resistencia a amikacina y piperacilina con tazobactam. Esto recuerda que la resistencia no avanza de forma uniforme: depende del microorganismo, del medicamento, de la presión de selección, de las prácticas clínicas y de la transmisión dentro de cada institución.

Por eso un antibiograma hospitalario no es una lista estática. Es una fotografía que debe actualizarse y analizarse periódicamente.

¿Por qué no basta con usar un antibiótico “más fuerte”?

La expresión “antibiótico más fuerte” puede ser engañosa. El mejor tratamiento no es necesariamente el de espectro más amplio, sino el adecuado para el microorganismo probable o identificado, el sitio de infección, la gravedad, las características del paciente y la información local de sensibilidad.

En una infección grave puede ser necesario iniciar tratamiento antes de conocer el resultado del cultivo. Pero cuando el laboratorio identifica el microorganismo y su sensibilidad, el esquema debe reevaluarse: puede mantenerse, ajustarse o reducirse su espectro. Esta revisión ayuda a tratar mejor a la persona y a disminuir una exposición innecesaria a antimicrobianos.

Los porcentajes de nuestro estudio no deben emplearse para escoger hoy un tratamiento. Han cambiado el hospital, los microorganismos, los métodos de laboratorio, los criterios de interpretación y los patrones de uso de antibióticos. La decisión actual requiere datos recientes y valoración clínica individual.

Una advertencia local dentro de un problema mundial

La Organización Mundial de la Salud informó en 2025 que aproximadamente una de cada seis infecciones bacterianas confirmadas por laboratorio en el mundo durante 2023 fue resistente a los antibióticos evaluados. Entre 2018 y 2023, la resistencia aumentó en más de 40% de las combinaciones de microorganismo y antibiótico vigiladas.

Estas cifras globales no pueden compararse directamente con las de nuestro hospital: proceden de poblaciones, infecciones y métodos distintos. Sí muestran que la pregunta que planteamos hace una década sigue abierta y se ha vuelto más urgente.

La vigilancia local aporta algo que un promedio mundial no puede ofrecer: información útil para las decisiones cotidianas de una institución concreta. Al mismo tiempo, los datos estandarizados de muchos hospitales permiten reconocer tendencias regionales, detectar amenazas emergentes y orientar políticas de salud pública.

¿Qué puede hacer un hospital?

La resistencia antimicrobiana no se resuelve con una sola medida. Requiere un sistema coordinado:

  1. Prevenir las infecciones. Higiene de manos, vacunación, limpieza, aislamiento cuando corresponde y prácticas seguras durante cirugías y procedimientos.
  2. Cuidar los dispositivos invasivos. Colocar catéteres y ventiladores sólo cuando están indicados, mantenerlos correctamente y retirarlos en cuanto dejan de ser necesarios.
  3. Tomar muestras de calidad. Obtener cultivos cuando están indicados y, si la situación clínica lo permite, antes de iniciar antibióticos.
  4. Usar la información del laboratorio. Elaborar y actualizar antibiogramas, comunicar resultados oportunamente y distinguir infección, colonización y contaminación.
  5. Optimizar la prescripción. Elegir el medicamento, dosis, vía y duración adecuados; revisar el tratamiento cuando aparecen nuevos datos y suspenderlo cuando no está justificado.
  6. Vigilar y aprender. Seguir las infecciones y el consumo de antimicrobianos, analizar brotes y evaluar si las intervenciones realmente funcionan.

Estos programas necesitan la participación de medicina, enfermería, microbiología, farmacia, epidemiología, control de infecciones, dirección hospitalaria y pacientes. Ningún servicio puede resolver el problema por sí solo.

¿Qué podemos hacer fuera del hospital?

La población también puede ayudar sin asumir responsabilidades que corresponden a los sistemas de salud:

  • No usar antibióticos para resfriados, influenza u otras infecciones virales.
  • No comprar, compartir ni reutilizar sobrantes de antibióticos.
  • Tomarlos exactamente como fueron indicados y consultar antes de suspenderlos o modificar la dosis.
  • No exigir una receta de antibióticos cuando el personal de salud explica que no están indicados.
  • Mantener al día las vacunas y practicar higiene de manos para reducir infecciones y, con ello, la necesidad de antimicrobianos.

Lo que el estudio no puede afirmar

Fue un estudio retrospectivo de un solo hospital. Analizó aislamientos identificados mediante la vigilancia institucional, no una muestra representativa de todos los hospitales ni de toda la población de Chiapas. El número de aislamientos para cada combinación de microorganismo y antibiótico varió y algunas tendencias numéricas no alcanzaron significación estadística.

Además, los datos terminaron en 2012. No permiten conocer cuáles son hoy los microorganismos predominantes ni qué antibióticos conservan actividad en esa institución. Tampoco prueban que una práctica concreta haya causado cada aumento o disminución observados.

Su contribución fue documentar el problema local y mostrar la necesidad de medirlo de manera continua.

El mensaje central

No se puede mejorar lo que no se vigila. Un antibiótico útil hoy puede perder efectividad si se prescribe sin necesidad, si las infecciones no se previenen o si los microorganismos resistentes se transmiten sin ser detectados.

Nuestro estudio ofreció una fotografía histórica de un hospital de Chiapas. Su mensaje actual no es elegir un medicamento a partir de cifras antiguas, sino construir sistemas capaces de producir información reciente, convertirla en decisiones clínicas y proteger los antimicrobianos que todavía funcionan.

Héctor A. Rincón-León y Karla R. Navarro-Fuentes fuimos autores del estudio y participamos desde los servicios de investigación y epidemiología en Chiapas.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica ni debe utilizarse para elegir o modificar un tratamiento antimicrobiano.