Dengue en Tapachula: ¿qué significa realmente detectar el serotipo 2?

Los cuatro serotipos pueden causar dengue leve o grave. Explicamos por qué detectar DENV-2 importa para la vigilancia, pero no significa que sea «el peor tipo de dengue».

En redes sociales, una información útil puede convertirse en alarma con apenas unas palabras. Decir que se identificó el serotipo 2 del virus del dengue en Tapachula puede ser relevante para la vigilancia epidemiológica. Afirmar que se trata del “peor tipo de dengue” es otra cosa: simplifica en exceso lo que sabemos y puede hacer creer que el número del serotipo predice por sí solo la gravedad de una persona.

El dengue no se divide en una versión leve llamada DENV-1 y otras progresivamente más peligrosas. Existen cuatro serotipos del virus, pero cualquiera de ellos puede causar una infección sin síntomas, una enfermedad leve o dengue grave. La evolución depende de la interacción entre el virus, los antecedentes inmunológicos, las características de la persona, la oportunidad de la atención y el contexto epidemiológico.

Entonces, ¿por qué importa saber qué serotipo circula? Porque ese dato ayuda a anticipar cambios en la transmisión y en la susceptibilidad de una población. Es una señal para fortalecer la vigilancia y la preparación de los servicios de salud, no una sentencia sobre el desenlace de cada paciente.

Cuatro serotipos, una misma enfermedad

Los cuatro serotipos se denominan DENV-1, DENV-2, DENV-3 y DENV-4. Son virus estrechamente relacionados que producen la misma enfermedad: dengue.

Después de una infección, la persona desarrolla protección duradera contra el serotipo que la causó. Esa protección no se extiende de manera permanente a los otros tres. Por ello, alguien que ya tuvo dengue puede volver a infectarse posteriormente con un serotipo diferente.

Una segunda infección por otro serotipo se asocia con un mayor riesgo de dengue grave. Esto no significa que toda segunda infección será grave ni que una infección primaria esté libre de riesgo. Significa que el antecedente inmunológico es uno de varios factores que deben considerarse.

La clasificación clínica no depende del número del serotipo. Los equipos de salud valoran si existe dengue sin signos de alarma, dengue con signos de alarma o dengue grave, de acuerdo con la evolución y las manifestaciones de la persona.

¿Por qué la llegada o el regreso de un serotipo puede aumentar el riesgo?

Imaginemos una región en la que durante varios años predominó un serotipo y otro dejó de circular o se mantuvo en niveles muy bajos. Con el tiempo se incorporan nuevas generaciones y aumenta el número de personas que nunca estuvieron expuestas al serotipo ausente. Si éste vuelve a circular, puede encontrar una población con menor inmunidad específica.

Además, algunas personas habrán tenido antes una infección por otro serotipo. En ellas, una nueva infección será una exposición heteróloga —es decir, causada por un serotipo distinto— y tendrá una probabilidad mayor de evolucionar a formas graves que una primera infección, aunque el desenlace grave no sea inevitable.

Por eso la aparición o el aumento de un serotipo que llevaba tiempo sin predominar puede favorecer un incremento de casos y modificar el riesgo poblacional. La Organización Panamericana de la Salud utilizó precisamente este razonamiento al advertir en 2025 sobre la expansión de DENV-3 en países donde había circulado poco durante años.

La preocupación epidemiológica se relaciona con cuántas personas son susceptibles, qué exposiciones previas tuvieron, cuánto mosquito vector existe y qué tan preparados están la vigilancia y los servicios de salud. No surge simplemente de que el serotipo tenga el número 2, 3 o 4.

Entonces, ¿DENV-2 es “el peor”?

No existe una clasificación universal que ordene los serotipos del menos al más peligroso. Los cuatro se han asociado con brotes y con casos graves.

Algunos estudios han encontrado mayor frecuencia de gravedad con DENV-2 o con determinados genotipos en epidemias concretas. Otros han observado patrones diferentes. La Organización Mundial de la Salud señala que las variaciones en gravedad entre serotipos han sido inconsistentes entre estudios.

Esto permite una conclusión más precisa: DENV-2 merece vigilancia, como los otros serotipos, pero su identificación aislada no demuestra que una epidemia será más grave ni permite predecir la evolución de un paciente.

También conviene distinguir entre serotipo y genotipo. Dentro de cada serotipo existen linajes genéticos con características propias. El comportamiento de un brote puede relacionarse con el linaje viral, la inmunidad previa de la población, la densidad de mosquitos, el clima, la movilidad, el acceso a la atención y muchos otros factores. Reducir todo eso a “el dengue 2 es el peor” transforma una cuestión compleja en un eslogan engañoso.

Lo que observamos en Tapachula entre 2016 y 2018

Nuestro estudio prospectivo se realizó en cuatro instituciones de salud de Tapachula y siguió a personas con fiebre, exantema o ambos durante los primeros años posteriores a la introducción del Zika en México.

Se incorporaron 467 participantes con enfermedad febril o exantemática. Mediante pruebas de RT-PCR repetidas en sangre y orina se confirmaron 82 infecciones por dengue, 37 por Zika y una por chikungunya. En 307 episodios no se identificó alguno de esos tres virus, y en 40 participantes las muestras disponibles no permitieron descartar por completo las infecciones estudiadas.

El patrón cambió con rapidez. En la segunda mitad de 2016 predominó el Zika y el dengue apareció de manera esporádica. Durante 2017, el dengue aumentó, especialmente en el verano. En la primera mitad de 2018 ya no identificamos casos de Zika y observamos un pico importante de dengue durante mayo y junio.

Las personas con dengue fueron, en promedio, más jóvenes que quienes tenían Zika u otros episodios no identificados. También informaron con mayor frecuencia vivir cerca de agua estancada y conocer casos recientes de dengue en su vecindario. Estos resultados describieron grupos y exposiciones; no sirven para diagnosticar a una persona sin valoración y pruebas.

La lección más útil para la conversación actual es que la circulación de los virus cambia en el tiempo y dentro de espacios relativamente pequeños. La vigilancia local permite detectar esos cambios y orientar la respuesta.

Lo que nuestro estudio no puede decir sobre DENV-2

El estudio no fue diseñado para comparar los cuatro serotipos ni para determinar si uno causaba mayor gravedad. La prueba utilizada confirmaba infección por dengue, pero el análisis publicado no clasificó los casos de acuerdo con DENV-1, DENV-2, DENV-3 o DENV-4.

Tampoco describe la situación epidemiológica de Tapachula en 2026. Sus datos corresponden a 2016-2018 y proceden de personas que acudieron a servicios de salud y cumplían criterios de inclusión específicos. Para conocer la circulación actual deben consultarse los informes de la vigilancia epidemiológica y los resultados de laboratorio más recientes.

¿Qué sí permite afirmar la identificación de un serotipo?

Si un informe confirmado detecta DENV-2 en Tapachula, permite afirmar que ese serotipo está circulando en la población estudiada. Dependiendo del número de muestras, su distribución y la comparación con semanas y años previos, también puede ayudar a reconocer un cambio en el serotipo predominante.

Por sí solo, ese hallazgo no permite concluir que:

  • todas las infecciones serán más graves;
  • una persona con DENV-2 evolucionará mal;
  • el brote será necesariamente mayor que los anteriores;
  • DENV-2 sea siempre más peligroso que DENV-1, DENV-3 o DENV-4;
  • la gravedad pueda anticiparse sin valorar signos clínicos, antecedentes y evolución.

La detección debe interpretarse junto con el número de casos, la proporción de muestras tipificadas, la existencia de otros serotipos, las hospitalizaciones, los casos con signos de alarma, las defunciones y la distribución geográfica y temporal.

Para el paciente, lo importante son los signos de alarma

El serotipo no sustituye la vigilancia clínica. Una persona con sospecha de dengue debe recibir orientación médica y mantenerse atenta, especialmente cuando disminuye la fiebre, porque la fase crítica puede comenzar en ese momento.

Se debe buscar atención de inmediato ante dolor abdominal intenso, vómitos persistentes, sangrado de encías o nariz, sangre en vómito o evacuaciones, somnolencia o irritabilidad, dificultad para respirar, acumulación de líquidos, piel pálida y fría o debilidad marcada.

También es importante mantener una hidratación adecuada y evitar la automedicación. La aspirina, el ibuprofeno y otros antiinflamatorios no esteroideos pueden aumentar el riesgo de sangrado y no deben utilizarse ante sospecha de dengue salvo indicación expresa de un profesional que conozca el caso.

Del sobresalto a la acción útil

Una noticia sobre serotipos debería conducir a mejores preguntas: ¿el resultado fue confirmado por un laboratorio de referencia?, ¿cuántas muestras se tipificaron?, ¿es un hallazgo aislado o un cambio sostenido?, ¿qué muestran los casos graves y las hospitalizaciones?, ¿qué medidas se están reforzando?

La respuesta útil sigue siendo eliminar criaderos, cubrir y lavar recipientes de agua, utilizar repelente y barreras físicas, reconocer tempranamente los signos de alarma, consultar sin demora y sostener una vigilancia epidemiológica y de laboratorio capaz de detectar cambios.

El mensaje central

Los cuatro serotipos pueden causar dengue leve o grave. La introducción, reaparición o aumento de un serotipo importa porque cambia la susceptibilidad de la población y puede incrementar las infecciones secundarias por un serotipo distinto. Eso justifica vigilancia y preparación.

Pero identificar DENV-2 no equivale a descubrir “el peor dengue”. El número del serotipo no reemplaza el análisis epidemiológico ni permite anticipar por sí solo la evolución clínica. Comunicar con precisión no reduce el riesgo: ayuda a entenderlo y a responder mejor.

Héctor A. Rincón-León fue coautor del estudio realizado en Tapachula y participó en la adquisición de datos y la interpretación de los resultados.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual. Ante signos de alarma o deterioro clínico, busque atención inmediata.

¿Por qué algunos antibióticos dejan de funcionar en los hospitales? Señales de alerta desde Chiapas

Un estudio en un hospital de Chiapas analizó 1,300 aislamientos de infecciones asociadas a la atención de la salud. Explicamos qué revelaron las tendencias de resistencia y por qué los datos locales son esenciales para usar mejor los antibióticos.

Un estudio realizado en un hospital de tercer nivel de Chiapas analizó 1,300 aislamientos de infecciones asociadas a la atención de la salud. Los resultados mostraron que la resistencia no era un problema abstracto: varios de los microorganismos más frecuentes estaban perdiendo sensibilidad frente a antibióticos importantes.

Los datos corresponden al periodo 2009-2012 y no describen la situación actual de todos los hospitales. Su enseñanza, sin embargo, conserva plena vigencia: para elegir mejor los tratamientos, cada institución necesita saber qué microorganismos circulan y cómo cambia su resistencia con el tiempo.

La resistencia es del microorganismo, no de la persona

Cuando decimos que existe resistencia antimicrobiana no significa que el cuerpo de una persona se haya acostumbrado a un medicamento. Significa que una bacteria, un hongo, un virus o un parásito ha adquirido características que le permiten sobrevivir a un fármaco que antes podía controlarlo.

En una infección causada por una bacteria resistente, el tratamiento habitual puede dejar de ser eficaz. Esto puede prolongar la enfermedad, limitar las opciones terapéuticas y aumentar la necesidad de estudios, hospitalización o cuidados intensivos.

Los antibióticos no generan resistencia por una sola receta ni toda falla terapéutica se debe a este fenómeno. La resistencia surge y se selecciona mediante procesos biológicos complejos, pero el uso innecesario, incorrecto o excesivo de antimicrobianos acelera su aparición y propagación.

¿Qué estudiamos en Chiapas?

Entre septiembre de 2009 y diciembre de 2012 analizamos de manera retrospectiva los microorganismos identificados como causantes de infecciones hospitalarias en el Hospital Regional de Alta Especialidad Ciudad Salud, en Tapachula. Era una institución de tercer nivel con 90 camas y una unidad de cuidados intensivos de 12 camas.

El estudio incluyó 1,300 aislamientos microbiológicos. Esta cifra no equivale necesariamente a 1,300 pacientes: una misma persona podía aportar más de un aislamiento si presentó infecciones distintas. Se excluyeron los cultivos sin crecimiento, la contaminación, la colonización y las muestras repetidas del mismo sitio durante un mismo episodio.

En la actualidad se prefiere hablar de infecciones asociadas a la atención de la salud, porque pueden relacionarse con distintos procedimientos y espacios asistenciales, no sólo con permanecer internado.

¿Qué microorganismos aparecieron con mayor frecuencia?

De los 1,300 aislamientos:

  • 62.3% correspondió a bacterias gramnegativas.
  • 22.8% correspondió a bacterias grampositivas.
  • 14.9% correspondió a levaduras.

Los microorganismos más frecuentes fueron Pseudomonas aeruginosa —13.8% del total—, Escherichia coli —12.8%— y Candida albicans —8.3%—. También se identificaron Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumannii, especies de Enterococcus y diferentes estafilococos.

Seis grupos concentraron alrededor del 95% de los eventos: infecciones de la herida quirúrgica, neumonías, infecciones urinarias, infecciones del sitio de inserción de catéteres, bacteriemias e infecciones de la piel.

Estos porcentajes describen la experiencia de ese hospital durante aquellos años. No deben utilizarse como estimaciones actuales para Chiapas, México u otra institución.

Las señales que encendieron la alerta

El hallazgo más importante no fue un solo porcentaje, sino la dirección de varios cambios.

Escherichia coli mostró aumentos en la resistencia a aztreonam, cefepime y ceftazidima. Acinetobacter baumannii presentó incrementos frente a varios antibióticos; el aumento de la resistencia a amikacina alcanzó significación estadística en el análisis. En Pseudomonas aeruginosa, la resistencia a imipenem pasó de 47.1% en 2010 a 60.5% en 2012, aunque esa tendencia no fue estadísticamente significativa.

No todo se movió en la misma dirección. Klebsiella pneumoniae mostró disminuciones en la resistencia a amikacina y piperacilina con tazobactam. Esto recuerda que la resistencia no avanza de forma uniforme: depende del microorganismo, del medicamento, de la presión de selección, de las prácticas clínicas y de la transmisión dentro de cada institución.

Por eso un antibiograma hospitalario no es una lista estática. Es una fotografía que debe actualizarse y analizarse periódicamente.

¿Por qué no basta con usar un antibiótico “más fuerte”?

La expresión “antibiótico más fuerte” puede ser engañosa. El mejor tratamiento no es necesariamente el de espectro más amplio, sino el adecuado para el microorganismo probable o identificado, el sitio de infección, la gravedad, las características del paciente y la información local de sensibilidad.

En una infección grave puede ser necesario iniciar tratamiento antes de conocer el resultado del cultivo. Pero cuando el laboratorio identifica el microorganismo y su sensibilidad, el esquema debe reevaluarse: puede mantenerse, ajustarse o reducirse su espectro. Esta revisión ayuda a tratar mejor a la persona y a disminuir una exposición innecesaria a antimicrobianos.

Los porcentajes de nuestro estudio no deben emplearse para escoger hoy un tratamiento. Han cambiado el hospital, los microorganismos, los métodos de laboratorio, los criterios de interpretación y los patrones de uso de antibióticos. La decisión actual requiere datos recientes y valoración clínica individual.

Una advertencia local dentro de un problema mundial

La Organización Mundial de la Salud informó en 2025 que aproximadamente una de cada seis infecciones bacterianas confirmadas por laboratorio en el mundo durante 2023 fue resistente a los antibióticos evaluados. Entre 2018 y 2023, la resistencia aumentó en más de 40% de las combinaciones de microorganismo y antibiótico vigiladas.

Estas cifras globales no pueden compararse directamente con las de nuestro hospital: proceden de poblaciones, infecciones y métodos distintos. Sí muestran que la pregunta que planteamos hace una década sigue abierta y se ha vuelto más urgente.

La vigilancia local aporta algo que un promedio mundial no puede ofrecer: información útil para las decisiones cotidianas de una institución concreta. Al mismo tiempo, los datos estandarizados de muchos hospitales permiten reconocer tendencias regionales, detectar amenazas emergentes y orientar políticas de salud pública.

¿Qué puede hacer un hospital?

La resistencia antimicrobiana no se resuelve con una sola medida. Requiere un sistema coordinado:

  1. Prevenir las infecciones. Higiene de manos, vacunación, limpieza, aislamiento cuando corresponde y prácticas seguras durante cirugías y procedimientos.
  2. Cuidar los dispositivos invasivos. Colocar catéteres y ventiladores sólo cuando están indicados, mantenerlos correctamente y retirarlos en cuanto dejan de ser necesarios.
  3. Tomar muestras de calidad. Obtener cultivos cuando están indicados y, si la situación clínica lo permite, antes de iniciar antibióticos.
  4. Usar la información del laboratorio. Elaborar y actualizar antibiogramas, comunicar resultados oportunamente y distinguir infección, colonización y contaminación.
  5. Optimizar la prescripción. Elegir el medicamento, dosis, vía y duración adecuados; revisar el tratamiento cuando aparecen nuevos datos y suspenderlo cuando no está justificado.
  6. Vigilar y aprender. Seguir las infecciones y el consumo de antimicrobianos, analizar brotes y evaluar si las intervenciones realmente funcionan.

Estos programas necesitan la participación de medicina, enfermería, microbiología, farmacia, epidemiología, control de infecciones, dirección hospitalaria y pacientes. Ningún servicio puede resolver el problema por sí solo.

¿Qué podemos hacer fuera del hospital?

La población también puede ayudar sin asumir responsabilidades que corresponden a los sistemas de salud:

  • No usar antibióticos para resfriados, influenza u otras infecciones virales.
  • No comprar, compartir ni reutilizar sobrantes de antibióticos.
  • Tomarlos exactamente como fueron indicados y consultar antes de suspenderlos o modificar la dosis.
  • No exigir una receta de antibióticos cuando el personal de salud explica que no están indicados.
  • Mantener al día las vacunas y practicar higiene de manos para reducir infecciones y, con ello, la necesidad de antimicrobianos.

Lo que el estudio no puede afirmar

Fue un estudio retrospectivo de un solo hospital. Analizó aislamientos identificados mediante la vigilancia institucional, no una muestra representativa de todos los hospitales ni de toda la población de Chiapas. El número de aislamientos para cada combinación de microorganismo y antibiótico varió y algunas tendencias numéricas no alcanzaron significación estadística.

Además, los datos terminaron en 2012. No permiten conocer cuáles son hoy los microorganismos predominantes ni qué antibióticos conservan actividad en esa institución. Tampoco prueban que una práctica concreta haya causado cada aumento o disminución observados.

Su contribución fue documentar el problema local y mostrar la necesidad de medirlo de manera continua.

El mensaje central

No se puede mejorar lo que no se vigila. Un antibiótico útil hoy puede perder efectividad si se prescribe sin necesidad, si las infecciones no se previenen o si los microorganismos resistentes se transmiten sin ser detectados.

Nuestro estudio ofreció una fotografía histórica de un hospital de Chiapas. Su mensaje actual no es elegir un medicamento a partir de cifras antiguas, sino construir sistemas capaces de producir información reciente, convertirla en decisiones clínicas y proteger los antimicrobianos que todavía funcionan.

Héctor A. Rincón-León y Karla R. Navarro-Fuentes fuimos autores del estudio y participamos desde los servicios de investigación y epidemiología en Chiapas.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica ni debe utilizarse para elegir o modificar un tratamiento antimicrobiano.

Sarampión en México: ¿cómo abren las brechas de vacunación la puerta a nuevos brotes?

En 2020 advertimos que una emergencia podía debilitar la vacunación. Seis años después, explicamos qué enseñan los brotes de sarampión en México, por qué cada esquema incompleto importa y cómo actuar sin alarmismo.

En 2020, cuando la atención del mundo estaba concentrada en la COVID-19, publicamos un editorial con una preocupación concreta: que la emergencia interrumpiera los programas de vacunación y dejara espacio para el regreso de enfermedades prevenibles.

No era una predicción sobre un brote específico. Era una advertencia sobre el funcionamiento de la salud pública. El sarampión no necesita que desaparezcan todas las vacunas para volver a circular; le basta encontrar suficientes personas susceptibles conectadas entre sí.

Seis años después, esa reflexión resulta especialmente pertinente. El informe de situación de la Organización Panamericana de la Salud publicado el 1 de septiembre de 2026 registró, con datos hasta el 22 de agosto, 12,607 casos confirmados y 18 defunciones en México. En toda la Región de las Américas se habían notificado 51,027 casos: 4.6 veces más que durante el mismo periodo de 2025.

Las cifras pueden cambiar conforme avanza la vigilancia. Por eso deben leerse con fecha de corte y consultarse en los informes oficiales. Su mensaje, sin embargo, es claro: mantener una cobertura alta y homogénea de vacunación sigue siendo una tarea esencial.

¿Por qué el sarampión se propaga con tanta facilidad?

El sarampión es una enfermedad viral transmitida por el aire. Una persona infectada puede expulsar el virus al respirar, toser o estornudar. La Organización Mundial de la Salud señala que el virus puede permanecer activo en el aire o sobre superficies hasta dos horas y que una persona enferma puede generar hasta 18 infecciones secundarias cuando quienes la rodean no son inmunes.

Los primeros síntomas suelen aparecer entre 7 y 14 días después de la exposición. Incluyen fiebre, tos, escurrimiento nasal, ojos rojos y llorosos y pequeñas manchas blancas dentro de la boca. El exantema —las manchas rojizas en la piel— suele aparecer varios días después, primero en la cara y el cuello y luego en el resto del cuerpo.

Aunque muchas personas se recuperan, el sarampión no es una enfermedad trivial. Puede provocar neumonía, diarrea grave, encefalitis, daño ocular y muerte. El riesgo de complicaciones es mayor en menores de cinco años, personas adultas mayores de 30, embarazadas, personas con desnutrición o con inmunidad debilitada.

El daño no siempre termina cuando desaparece el exantema

En nuestro editorial explicamos un efecto menos conocido: la llamada “amnesia inmunitaria”. La infección puede reducir parte de la memoria que el sistema inmunitario había desarrollado contra otros microorganismos. Después de superar el sarampión, una persona puede quedar temporalmente más vulnerable a otras infecciones.

Esta es otra razón para no presentar el sarampión como una simple enfermedad de la infancia ni como “unos días de ronchas”. La prevención evita el episodio agudo, sus complicaciones y parte del riesgo que puede persistir después.

Una vacuna individual produce protección colectiva

La vacuna contra el sarampión es segura y efectiva. Se requieren dos dosis porque no todas las personas desarrollan una respuesta suficiente después de la primera. Debido a la enorme facilidad de transmisión del virus, las autoridades sanitarias buscan coberturas superiores al 95% para interrumpir las cadenas de contagio.

Ese porcentaje debe alcanzarse de manera homogénea. Un promedio nacional aparentemente adecuado puede ocultar municipios, comunidades, escuelas o grupos de edad con muchas personas sin esquema completo. Esas concentraciones de susceptibilidad permiten que un caso importado o una cadena no detectada produzcan un brote.

Vacunarse protege a quien recibe la dosis, pero también reduce las oportunidades de que el virus llegue a bebés demasiado pequeños para completar su esquema, personas con contraindicaciones médicas y quienes tienen mayor riesgo de enfermedad grave.

¿La pandemia explica el brote actual?

La respuesta corta es: no por sí sola.

Durante la emergencia por COVID-19 se aplazaron campañas, disminuyeron algunas consultas preventivas y millones de niñas y niños en el mundo dejaron de recibir vacunas a tiempo. Nuestro editorial llamó la atención sobre ese riesgo cuando todavía se desconocía cuánto duraría la interrupción.

Pero atribuir toda la situación de 2026 exclusivamente a la pandemia sería una simplificación. Las brechas de vacunación pueden acumularse por dificultades de acceso, desabasto, movilidad de la población, horarios poco accesibles, oportunidades perdidas durante las consultas, información confusa, desconfianza y diferencias entre territorios. La circulación internacional del virus también puede iniciar cadenas de transmisión allí donde encuentra suficientes personas susceptibles.

La lección es más amplia: los servicios esenciales de prevención deben continuar durante cualquier emergencia y después deben identificar y recuperar con rapidez los esquemas atrasados.

¿Qué podemos hacer hoy?

  1. Revisar la Cartilla Nacional de Salud. Conviene comprobar el esquema de niñas, niños y adolescentes, y revisar los propios antecedentes de vacunación.
  2. Pedir orientación si faltan dosis o existe duda. La estrategia puede cambiar según la edad, el antecedente y la situación epidemiológica. El personal de salud debe indicar qué vacuna corresponde.
  3. Consultar los puntos oficiales. La Secretaría de Salud habilitó la plataforma ¿Dónde me vacuno? para localizar sitios de vacunación y conocer los grupos prioritarios.
  4. Actuar ante síntomas compatibles. Fiebre acompañada de exantema, tos, escurrimiento nasal o conjuntivitis requiere valoración. Es recomendable contactar primero a los servicios de salud y seguir sus indicaciones para evitar exponer a otras personas en salas de espera o transportes.
  5. No automedicarse ni difundir rumores. No existe un tratamiento antiviral específico que cure el sarampión. La atención médica busca aliviar síntomas, detectar complicaciones y aplicar las medidas de salud pública necesarias.

La vacunación no debe convertirse en motivo de confrontación. Las preguntas legítimas merecen respuestas claras, respetuosas y basadas en evidencia. Recuperar la confianza exige vacunas disponibles, servicios accesibles y personal dispuesto a escuchar.

Lo que conserva vigencia desde 2020

El editorial que Karla Navarro-Fuentes y Héctor Rincón-León publicamos en la Revista Médica del Instituto Mexicano del Seguro Social no fue un estudio con pacientes. Fue un análisis y un llamado a proteger los programas de inmunización durante la emergencia por COVID-19.

Propusimos mejorar la información sobre coberturas, fortalecer la vigilancia, garantizar el acceso a las vacunas y estudiar cómo las emergencias sanitarias afectan los esquemas de inmunización. La situación de 2026 confirma la importancia práctica de esas tareas, aunque no permite afirmar que la pandemia sea la causa única del brote actual.

El mensaje central

El sarampión es tan contagioso que cada brecha importa. Los brotes no se controlan únicamente atendiendo a quienes enferman: se controlan encontrando esquemas incompletos, acercando la vacunación a la población, detectando casos con rapidez y comunicando sin alarmismo.

Revisar una cartilla parece una acción pequeña. Multiplicada en hogares, escuelas, consultorios y comunidades, puede cerrar la puerta que el virus necesita para seguir circulando.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica ni las indicaciones de las autoridades sanitarias.

Sífilis y herpes genital: ¿qué reveló un estudio con 462 personas migrantes en Tapachula?

Un estudio en tres albergues de Tapachula evaluó sífilis y VHS-2 en 462 personas migrantes. Explicamos sus resultados, sus límites y por qué la respuesta debe centrarse en el acceso a la atención, no en el estigma.

La movilidad humana no causa infecciones. Sin embargo, dormir en la calle, enfrentar violencia o discriminación y no tener acceso continuo a servicios de salud puede aumentar la vulnerabilidad durante el trayecto.

Un estudio realizado en tres albergues de Tapachula encontró una frecuencia importante de anticuerpos contra sífilis y virus del herpes simple tipo 2 (VHS-2) entre las personas migrantes participantes. Los resultados no describen a toda la población migrante ni permiten saber dónde ocurrió cada infección. Sí muestran una necesidad concreta: ofrecer prevención, pruebas, tratamiento y continuidad del cuidado sin estigma y sin importar la situación migratoria.

¿Cómo se realizó el estudio?

Entre octubre de 2021 y septiembre de 2022 participaron 462 personas adultas alojadas en tres espacios de atención a población migrante en Tapachula, Chiapas. Todas comprendían español, aceptaron participar mediante consentimiento informado, respondieron un cuestionario y proporcionaron una muestra de sangre.

La edad promedio fue de 31.2 años y 56.9% eran mujeres. El grupo reunía personas de distintos países: 41.1% había nacido en Honduras, 20.6% en Venezuela y 11.9% en El Salvador; el resto provenía de Guatemala, Nicaragua, Haití y otros lugares.

El equipo buscó anticuerpos contra Treponema pallidum, la bacteria que causa la sífilis, y contra VHS-2, principal causa de herpes genital. Cuando la prueba para sífilis resultó positiva, se utilizó otra prueba para distinguir una infección activa de una infección previamente tratada o curada.

Dos cifras que necesitan contexto

El 29.9% de las personas participantes presentó anticuerpos contra VHS-2. Esto indica una infección adquirida en algún momento de la vida, aunque la persona nunca haya notado lesiones. No permite saber cuándo o en qué país ocurrió la transmisión ni significa que todas tuvieran síntomas durante el estudio.

En el caso de la sífilis, 4.5% presentó anticuerpos. La mayoría correspondía a infecciones curadas o tratadas: 3.9% de toda la muestra. Sólo 0.67% tuvo una prueba compatible con sífilis activa.

Esta distinción es esencial. Decir que 4.5% “tenía sífilis activa” sería incorrecto y produciría una alarma que los resultados no justifican.

También se observó coinfección serológica por sífilis y VHS-2 en 2.38% de las personas participantes.

¿Qué condiciones acompañaron a estas infecciones?

La mitad de las personas dijo haber dormido en la calle durante los 12 meses previos y 76% señaló que nunca o casi nunca utilizaba condón. Poco más de la mitad se había realizado alguna vez una prueba de VIH.

Después de considerar varias características a la vez, los anticuerpos contra sífilis fueron más frecuentes entre hombres, personas con antecedente de lesiones genitales, quienes informaron relaciones sexuales con personas del mismo sexo y quienes también tenían anticuerpos contra VHS-2.

La seropositividad a VHS-2 se asoció con ser mujer, mayor edad, escolaridad básica, haber dormido en la calle, antecedente de prueba de VIH, inicio de la vida sexual entre los 14 y 17 años, dos o más parejas sexuales durante el año previo y seropositividad a sífilis.

Estas son asociaciones poblacionales, no explicaciones individuales ni juicios sobre las personas. Por ejemplo, haberse realizado una prueba de VIH no causa herpes: puede indicar que alguien percibió un riesgo previo o tuvo mayor contacto con servicios de salud. Del mismo modo, el estudio transversal no permite establecer qué ocurrió primero.

El hallazgo durante el embarazo

Trece participantes dijeron estar embarazadas. Dos presentaron anticuerpos contra sífilis y una de ellas tuvo datos de infección activa.

El número es demasiado pequeño para calcular una frecuencia precisa o generalizarla a otras embarazadas migrantes. Aun así, señala una oportunidad que no debe perderse. La sífilis durante el embarazo puede transmitirse al bebé, pero la detección y el tratamiento oportunos reducen de forma importante ese riesgo.

Una ruta migratoria no debería interrumpir el control prenatal, la entrega de resultados o la aplicación del tratamiento indicado.

¿Qué significa para los servicios de salud?

La respuesta útil no consiste en señalar a una nacionalidad o grupo. La Organización Mundial de la Salud subraya que las personas refugiadas y migrantes no aumentan por sí mismas el riesgo de transmisión en las comunidades de acogida; son ellas quienes con frecuencia quedan expuestas a condiciones precarias y barreras de atención.

En puntos de tránsito como Tapachula, los resultados respaldan una estrategia con varios componentes:

  1. Pruebas voluntarias, confidenciales e integradas. Siempre que sea apropiado, ofrecer evaluación para sífilis, VIH, hepatitis y otras infecciones de transmisión sexual.
  2. Resultados y tratamiento sin demora. Una prueba pierde utilidad si la persona continúa su viaje antes de recibir el resultado o no puede acceder al tratamiento.
  3. Prioridad durante el embarazo. Incorporar la detección temprana de sífilis al control prenatal y asegurar el tratamiento y seguimiento de la madre y el bebé.
  4. Prevención disponible y comprensible. Facilitar preservativos, información clara y consejería respetuosa, adaptada al idioma y contexto de cada persona.
  5. Continuidad entre ciudades y países. Entregar constancias clínicas seguras y crear mecanismos de referencia que funcionen aun cuando la persona cambie de localidad.
  6. Atención sin discriminación. La situación migratoria, la nacionalidad, la orientación sexual o la identidad de género no deben convertirse en barreras para recibir atención.

La sífilis es prevenible y curable con el tratamiento indicado. El herpes genital no tiene una cura que elimine el virus, pero existen antivirales que reducen la duración y la intensidad de los episodios y pueden disminuir el riesgo de transmisión. La valoración debe ser individual; una prueba serológica aislada no sustituye la historia clínica y el examen médico.

Lo que el estudio no puede afirmar

La muestra se obtuvo en tres albergues y sólo incluyó a personas adultas que comprendían español y aceptaron participar. No fue una selección representativa de todas las personas migrantes que transitan por Chiapas.

Además, el diseño fue transversal: exposición y resultado se midieron en el mismo periodo. Por ello, las asociaciones no prueban causalidad. Algunas conductas se informaron mediante cuestionario y pueden estar sujetas a memoria, deseabilidad social o temor a revelar información sensible. Los grupos pequeños —como las embarazadas o las personas de algunos países— produjeron estimaciones imprecisas.

Tampoco fue posible determinar si las infecciones se adquirieron antes o durante la migración. Usar los resultados para atribuir riesgo a un país de origen sería científicamente incorrecto y socialmente dañino.

El mensaje central

El principal hallazgo no es que migrar sea un riesgo biológico. Es que la prevención y la atención de las infecciones de transmisión sexual deben poder acompañar a las personas durante el tránsito.

Acercar pruebas confidenciales a los albergues, vincular rápidamente a tratamiento y sostener el cuidado prenatal puede beneficiar tanto a las personas migrantes como a la salud pública de las comunidades de tránsito y destino.

Miguel Ángel Sánchez Alemán, investigador del Instituto Nacional de Salud Pública, fue el primer autor y autor de correspondencia del estudio. Héctor Armando Rincón León participó como coautor.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.

Flavonoides y cáncer de mama: ¿qué encontró un estudio en mujeres de Chiapas?

Un estudio de casos y controles comparó la alimentación de 123 mujeres en Tapachula. Explicamos sus asociaciones, sus límites y por qué no prueban que un alimento prevenga el cáncer de mama.

¿Puede la alimentación ayudar a reducir el riesgo de cáncer de mama? Es una pregunta relevante, pero también fácil de convertir en promesas que la ciencia todavía no puede sostener.

Un estudio realizado en Tapachula exploró si el consumo habitual de alimentos ricos en flavonoides y otros polifenoles era diferente entre mujeres con y sin diagnóstico de cáncer de mama. Encontró varias asociaciones que merecen seguir investigándose. Sin embargo, no demostró que un alimento, una bebida o estos compuestos por sí solos prevengan la enfermedad.

La diferencia entre encontrar una asociación y probar una causa es el punto central para interpretar los resultados.

¿Qué son los flavonoides y los polifenoles?

Los polifenoles son compuestos producidos por las plantas. Dentro de este grupo se encuentran los flavonoides. Están presentes en frutas, verduras, leguminosas, cereales, semillas, nueces, té, especias y otros alimentos de origen vegetal.

En estudios experimentales se han investigado por sus posibles efectos antioxidantes, antiinflamatorios y sobre distintos procesos celulares. Pero que una sustancia produzca un efecto en el laboratorio no significa automáticamente que un alimento evite el cáncer en personas. En la vida real influyen el patrón completo de alimentación, las cantidades, la preparación, otros hábitos, la genética y numerosos factores clínicos y sociales.

¿Cómo se realizó el estudio?

La investigación incluyó a 123 mujeres atendidas en la Unidad de Medicina Familiar No. 11 del IMSS, en Tapachula, entre 2019 y 2021:

  • 42 tenían antecedente de cáncer de mama confirmado mediante estudio histopatológico;
  • 81 formaron el grupo de comparación y contaban con una mastografía BI-RADS 1 o 2, es decir, sin hallazgos sospechosos de cáncer.

Mediante un cuestionario se preguntó con qué frecuencia consumían distintos alimentos ricos en compuestos fenólicos. También se recopilaron datos como edad, peso, actividad física, antecedentes familiares, consumo de alcohol y tabaco, historia reproductiva, uso de hormonas y tiempo desde el último estudio de detección.

Se trató de un estudio de casos y controles: se comparó retrospectivamente la exposición alimentaria de ambos grupos. Este diseño es útil para detectar señales y proponer nuevas preguntas, pero no permite establecer por sí solo una relación de causa y efecto.

¿Qué encontraron?

Las mujeres con cáncer de mama tenían una edad promedio de 57.4 años, frente a 52.4 años en el grupo de comparación. El tipo histológico más frecuente entre los casos fue el carcinoma ductal.

En los análisis de cada alimento por separado aparecieron asociaciones entre una menor probabilidad de pertenecer al grupo con cáncer y el consumo de algunos frutos rojos, tomate, cebolla, jengibre, soya, ejote, trigo, nueces o semillas, chocolate, té, clavo, menta y aceite de oliva, entre otros.

No se observó una señal uniforme. La frecuencia de consumo modificó algunas asociaciones y ciertos resultados fueron discordantes; por ejemplo, las estimaciones para aguacate y chile cambiaron según la categoría analizada. Esto recuerda que no puede extraerse una lista de alimentos “protectores” a partir de estas tablas.

En el modelo que consideró conjuntamente variables clínicas y reproductivas, la menopausia después de los 55 años se asoció con mayores posibilidades de pertenecer al grupo con cáncer. También apareció una asociación con haber dejado pasar más de tres años desde el último estudio de detección, aunque la estimación fue imprecisa y no debe interpretarse como una causa de la enfermedad.

Por qué estos resultados requieren cautela

El estudio aporta información local valiosa y poco frecuente en Chiapas. A la vez, tiene límites importantes:

  1. Asociación no significa causalidad. El diseño retrospectivo no puede demostrar que el consumo de un alimento haya evitado o provocado cáncer.
  2. La muestra fue pequeña y localizada. Participaron 123 mujeres de una sola unidad; los resultados no representan automáticamente a todas las mujeres de Chiapas o de México.
  3. La dieta se reconstruyó mediante memoria. Recordar lo que se consumía antes del diagnóstico puede ser difícil, y algunas mujeres pudieron modificar su alimentación después de enfermar.
  4. Se hicieron muchas comparaciones. Al analizar numerosos alimentos y frecuencias por separado, aumenta la posibilidad de encontrar asociaciones por azar.
  5. Varias estimaciones fueron inestables. Algunos intervalos de confianza fueron muy amplios y hubo categorías con pocas participantes.
  6. Los hallazgos alimentarios fueron principalmente análisis separados. Por ello pueden estar influidos por edad, actividad física, peso, acceso a servicios u otras diferencias entre los grupos.

Estos límites no anulan el estudio. Definen su aporte real: generar hipótesis que necesitan comprobarse con muestras más grandes, seguimiento prospectivo y análisis del patrón alimentario completo.

¿Qué significa para la vida cotidiana?

La conclusión práctica no es añadir un alimento específico al menú ni tomar suplementos de flavonoides. La evidencia de salud pública respalda un patrón de alimentación variado, con frutas, verduras, leguminosas, cereales integrales y nueces, además de actividad física y mantenimiento de un peso saludable.

Tampoco debe interpretarse una asociación aislada con el vino como una recomendación. El consumo de alcohol es un factor de riesgo reconocido para cáncer de mama; no es aconsejable comenzarlo o aumentarlo con fines preventivos.

Una alimentación saludable puede formar parte del cuidado general, pero no sustituye la valoración médica, la detección oportuna ni el tratamiento. Ante una masa en la mama, cambios en la piel o el pezón, secreción anormal o cualquier hallazgo nuevo, conviene solicitar evaluación profesional.

El siguiente paso de la investigación

El valor de este trabajo está en abrir una línea de investigación situada en la población de Chiapas. Los próximos estudios podrían evaluar cantidades y preparaciones, agrupar alimentos en patrones dietéticos, medir mejor otros factores de riesgo y seguir a las participantes a lo largo del tiempo.

Así será posible distinguir una señal verdadera de una coincidencia estadística y comprender si la alimentación contribuye al riesgo dentro de un contexto mucho más amplio.

Karla Reyna Navarro Fuentes fue primera autora y autora de correspondencia del estudio; Héctor Armando Rincón León participó como coautor.

Fuentes

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.

Hipertensión: medir es sólo el comienzo. Hallazgos en casi 42 mil personas en México

En un tamizaje de 41,953 adultos en México, 17.1% tenía hipertensión sin tratar o insuficientemente controlada. Explicamos por qué medir es sólo el comienzo y cómo cerrar la ruta hacia el control.

Una medición de presión arterial dura pocos minutos. Lo difícil viene después: confirmar el diagnóstico, iniciar o ajustar el tratamiento y mantener un seguimiento que permita alcanzar el control.

Esa es una de las lecciones más claras de May Measurement Month 2022 en México. La campaña evaluó a 41,953 personas adultas y encontró que 7,176 —el 17.1% de todas las participantes— tenían hipertensión sin tratar o con un control insuficiente.

La cifra no describe la prevalencia nacional. Sí muestra cuánto puede descubrir una estrategia de detección cuando la medición se conecta con la atención clínica.

¿Cómo se realizó la campaña?

May Measurement Month es una iniciativa internacional para aumentar el conocimiento sobre la presión arterial. En México, la campaña de 2022 se llevó a cabo entre mayo y agosto, principalmente en unidades de primer contacto de Ciudad de México, Estado de México, Coahuila, Michoacán, Chiapas, Morelos y Campeche.

Participaron voluntariamente personas de 18 años o más. Personal médico y de enfermería capacitado realizó idealmente tres mediciones con la persona sentada y separadas por un minuto. Para el análisis se utilizó el promedio de la segunda y la tercera lectura.

El estudio consideró hipertensión una presión sistólica de 140 mmHg o más, una presión diastólica de 90 mmHg o más, o el uso de medicamentos antihipertensivos. Se consideró controlada cuando una persona que recibía tratamiento presentaba cifras menores de 140/90 mmHg.

La ruta desde la detección hasta el control

La edad promedio de las personas evaluadas fue de 48.5 años y 58.2% eran mujeres. Estos fueron los principales resultados:

  • 16,888 participantes, equivalentes al 40.3% de la muestra, cumplieron los criterios de hipertensión;
  • 85.7% de quienes tenían hipertensión ya conocían su diagnóstico;
  • 84.5% recibían medicamentos antihipertensivos;
  • 68.1% de las personas tratadas tenían la presión controlada;
  • si se considera a todas las personas con hipertensión, tratadas o no, el control alcanzó 57.5%;
  • 1,655 participantes, el 3.9% de la muestra, dijeron que nunca antes les habían medido la presión arterial.

También se identificaron 2,623 personas que no tomaban tratamiento y presentaron presión elevada durante el tamizaje. Al sumar a quienes recibían medicamentos pero continuaban fuera de control, 7,176 participantes tenían hipertensión sin tratar o insuficientemente controlada.

Conocer el diagnóstico no garantiza el control

Los porcentajes de conocimiento y tratamiento fueron altos dentro de esta muestra. Sin embargo, casi una de cada tres personas que tomaba medicamentos no alcanzó el nivel de control utilizado por el estudio.

Los autores plantearon que este resultado podría estar relacionado con inercia clínica, es decir, con la ausencia de ajustes oportunos cuando el tratamiento no consigue su objetivo. Pero el estudio no observó directamente las decisiones tomadas en cada consulta y, por ello, no permite atribuir la falta de control únicamente al personal de salud.

También pueden intervenir la toma irregular del medicamento, dosis o combinaciones insuficientes, efectos adversos, dificultades económicas o de acceso, poco tiempo de seguimiento, mediciones imprecisas y otros problemas clínicos. Distinguir entre estas posibilidades requiere una evaluación individual.

¿Qué aporta a la práctica clínica?

El tamizaje sirve cuando abre una ruta concreta de atención. En la consulta, esa ruta puede incluir:

  1. Medir correctamente. Usar un brazalete adecuado, permitir reposo, mantener una posición correcta y repetir la lectura reduce errores evitables.
  2. Confirmar. Una cifra elevada durante una campaña no equivale por sí sola a un diagnóstico definitivo. La Organización Mundial de la Salud señala que, en general, el diagnóstico requiere mediciones elevadas en dos días distintos.
  3. Evaluar el riesgo completo. La presión debe interpretarse junto con diabetes, enfermedad renal, tabaquismo, antecedentes cardiovasculares y otros factores.
  4. Revisar el tratamiento. Cuando la presión permanece elevada, conviene comprobar cómo se toman los medicamentos, explorar barreras y valorar si es necesario ajustar el esquema.
  5. Asegurar continuidad. Una referencia sin seguimiento puede convertirse en una oportunidad perdida. Los registros, recordatorios y citas de control ayudan a cerrar esa brecha.

Estas acciones también deben adaptarse a las condiciones sociales de cada persona. Como explicamos en nuestra entrada sobre escolaridad e hipertensión, la capacidad de acudir a consulta, comprender el plan y conseguir los medicamentos no se distribuye de manera uniforme.

Lo que las cifras no representan

La campaña utilizó un muestreo oportunista: participaron personas que acudieron voluntariamente a centros seleccionados, muchos de ellos vinculados con la seguridad social. No fue una encuesta probabilística de todos los adultos del país.

Por esa razón, el 40.3% observado no debe presentarse como la prevalencia de hipertensión en México ni compararse directamente con encuestas nacionales como si las poblaciones fueran equivalentes. La elevada proporción de participantes que ya conocían su diagnóstico o recibían tratamiento probablemente refleja, al menos en parte, el lugar y la forma en que fueron reclutados.

El diseño fue transversal y la información sobre antecedentes y medicamentos se obtuvo mediante cuestionario. Además, se estimaron estadísticamente lecturas faltantes para 368 participantes, el 0.9% de la muestra. Estas características deben considerarse al interpretar los resultados.

El mensaje central

Detectar una presión elevada es importante, pero el beneficio aparece cuando la persona llega a confirmación diagnóstica, tratamiento adecuado y seguimiento hasta alcanzar el control.

Las campañas amplias pueden encontrar a quienes nunca se habían medido, identificar tratamientos que necesitan revisión y recordar que la hipertensión suele avanzar sin síntomas. El reto para los servicios de salud es convertir cada medición en una oportunidad de atención continua.

Héctor Armando Rincón-León participó como coautor del estudio.

Fuentes

  • Alcocer L, Palomo S, Berumen Lechuga MG, et al. “May Measurement Month 2022: an analysis of blood pressure screening results from Mexico”. European Heart Journal Supplements. 2025;27(Suppl 7):vii54–vii56. Consultar el artículo.
  • Organización Mundial de la Salud. “Hipertensión”.

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.

Escolaridad e hipertensión: qué encontramos en 166 mil adultos en México

En 166,251 adultos evaluados en México, la hipertensión fue más frecuente entre quienes tenían menos años de estudio. Explicamos qué significa esta asociación, sus límites y su relevancia para la práctica clínica.

La presión arterial no depende solamente de lo que una persona come, cuánto ejercicio hace o si toma correctamente sus medicamentos. También se relaciona con las condiciones en las que vive, trabaja, aprende y recibe atención médica.

Una de esas condiciones es la escolaridad. Pero conviene aclararlo desde el principio: tener menos años de estudio no causa por sí mismo hipertensión, ni el nivel educativo determina inevitablemente la salud de alguien. La escolaridad puede funcionar como una señal de oportunidades y desventajas acumuladas a lo largo de la vida: ingresos, tipo de empleo, acceso a información comprensible, posibilidad de acudir a consulta, alimentación, estrés y continuidad del tratamiento, entre muchas otras.

Con esta perspectiva analizamos la relación entre escolaridad e hipertensión en 166,251 personas adultas que participaron en campañas mexicanas de medición de la presión arterial.

¿Qué estudiamos?

El trabajo reunió datos de las campañas May Measurement Month realizadas en México durante 2021, 2022 y 2023. Las personas acudieron voluntariamente a puntos de detección instalados en distintos estados del país.

Se consideró que una persona tenía hipertensión si había recibido previamente el diagnóstico, tomaba medicamentos para controlarla o presentaba una presión sistólica de al menos 140 mmHg o una presión diastólica de al menos 90 mmHg durante la evaluación.

Para el análisis se formaron tres grupos de escolaridad:

  • de 0 a 6 años de estudio;
  • de 7 a 12 años;
  • 13 años o más.

En el conjunto analizado, 60% eran mujeres, la edad promedio fue de 47 años y 37% cumplía criterios de hipertensión.

Una diferencia que no desapareció al ajustar los resultados

En las cifras sin ajustar, la hipertensión estuvo presente en:

  • 28% de quienes tenían 13 años o más de escolaridad;
  • 34% de quienes habían cursado entre 7 y 12 años;
  • 53% de quienes tenían entre 0 y 6 años de estudio.

Estas proporciones no pueden compararse de manera aislada, porque los grupos también diferían en edad, sexo y otras características. Por eso se realizó un análisis ajustado.

Después de considerar esas diferencias, las personas con 0 a 6 años de estudio tuvieron una prevalencia de hipertensión 22% mayor que quienes tenían 13 años o más. En el grupo de 7 a 12 años, la prevalencia fue 10% mayor.

La asociación fue más marcada en las mujeres. Además, la presión sistólica promedio fue más alta en los grupos con menor escolaridad: la diferencia alcanzó 7.7 mmHg en el conjunto de participantes, 9.2 mmHg entre las mujeres y 5.5 mmHg entre los hombres, al comparar los extremos de escolaridad.

¿Qué podría explicar la relación?

El estudio exploró algunos factores que podrían intervenir, como diabetes, consumo de alcohol, inactividad física y tabaquismo; en las mujeres también se consideró el antecedente de presión alta durante el embarazo.

En conjunto, estas variables explicaron estadísticamente alrededor de 14% a 19% de la asociación, según el sexo y el grupo educativo. Dicho de otra forma, la mayor parte de la diferencia no quedó explicada por los factores que se midieron.

Eso orienta la mirada hacia condiciones más amplias que no estaban disponibles en las encuestas: ingreso, ocupación, seguridad laboral, alimentación, estrés crónico, sueño, características del vecindario, acceso a medicamentos y servicios de salud, entre otras. No demuestra que alguna de ellas sea la causa; señala preguntas importantes para futuras investigaciones.

¿Por qué importa en la práctica clínica?

La escolaridad no debe utilizarse para etiquetar a las personas ni para anticipar que comprenderán menos o seguirán peor un tratamiento. Sí puede recordarnos que la prevención cardiovascular y la atención clínica necesitan ser accesibles para realidades muy distintas.

En la consulta, esto puede traducirse en acciones concretas:

  • medir la presión arterial de forma correcta y periódica, aun cuando no haya síntomas;
  • explicar el diagnóstico y el tratamiento con lenguaje claro, apoyos visuales y ejemplos cotidianos;
  • confirmar la comprensión pidiendo al paciente que explique con sus propias palabras el plan acordado;
  • preguntar por dificultades reales para conseguir medicamentos, asistir a consulta o cambiar hábitos;
  • integrar el control de diabetes y otros riesgos cardiovasculares;
  • reforzar el seguimiento, especialmente cuando existen barreras sociales o de acceso.

La hipertensión suele no producir síntomas. Por eso la Organización Mundial de la Salud subraya que medir la presión arterial es la única manera de detectarla con certeza.

Lo que este estudio no permite concluir

Los datos provienen de una detección voluntaria realizada en localidades seleccionadas, no de una muestra nacional representativa. Por lo tanto, el 37% observado no debe interpretarse como una nueva estimación de prevalencia para todo México.

Además, se trata de un análisis transversal: escolaridad, presión arterial y demás variables se observaron en el mismo periodo. Podemos hablar de una asociación, pero no afirmar que un nivel educativo determinado haya causado hipertensión. La escolaridad también es una medida parcial de la posición social y no sustituye información sobre ingreso, ocupación, entorno o acceso efectivo a la atención.

El artículo fue publicado en línea por BMC Public Health el 13 de agosto de 2026 como una versión aceptada, revisada por pares y citable, todavía sujeta a correcciones editoriales antes de la versión definitiva.

El mensaje central

La escolaridad no es un diagnóstico: es una pista sobre las condiciones sociales que pueden moldear el riesgo cardiovascular y la posibilidad de recibir atención oportuna.

Reducir las desigualdades en hipertensión requiere mucho más que recomendar buenos hábitos. También exige detección accesible, comunicación clínica comprensible, tratamientos disponibles y sistemas capaces de acompañar a cada persona según sus circunstancias.

Héctor Armando Rincón-León participó en el grupo de redacción y coordinación del estudio. Karla Reyna Navarro-Fuentes participó en la recolección de datos en Chiapas. Todas las personas autoras revisaron y aprobaron el manuscrito.

Fuentes

  • Collaborative Group on Arterial Hypertension. “Educational attainment and arterial hypertension in 160,000 Mexican adults: a pooled subanalysis of three surveys endorsed by the Collaborative Group on Arterial Hypertension”. BMC Public Health (publicación en línea, 2026). Consultar el artículo.
  • Organización Mundial de la Salud. “Hipertensión”.

Esta entrada tiene fines informativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica individual.

Seis olas de COVID-19 en Tapachula: cómo cambió la enfermedad entre 2020 y 2023

Analizamos 6,145 casos confirmados a lo largo de seis olas. La dificultad respiratoria, la necesidad de oxígeno y la mortalidad disminuyeron de manera marcada después de las primeras etapas.

Durante los primeros años de la pandemia no sólo cambió el número de contagios. También cambió la forma en que se presentaba la enfermedad, la gravedad de los pacientes y la presión ejercida sobre los servicios de salud.

Para entender esa transformación analizamos seis olas de COVID-19 atendidas en unidades de primer y segundo nivel del IMSS en Tapachula, Chiapas, entre marzo de 2020 y enero de 2023. Karla Navarro-Fuentes y Héctor Rincón-León participamos en el diseño, análisis, manejo de los datos y redacción del estudio.

Primero, una precisión importante sobre los números

Durante el periodo se registraron 18,319 personas sospechosas de COVID-19. De ellas, 13,045 fueron sometidas a una prueba y 6,145 resultaron positivas. Por tanto, el 47.1% corresponde a las personas evaluadas, no al total de casos sospechosos.

Esta distinción parece pequeña, pero es esencial: en epidemiología, un porcentaje sólo puede interpretarse correctamente cuando conocemos con claridad su denominador.

La tercera ola concentró más de la mitad de los casos

Los 6,145 casos confirmados se distribuyeron de manera muy desigual. La tercera ola, que coincidió temporalmente con el predominio nacional de Delta, reunió 3,205 casos: 52.2% del total.

Sin embargo, tener más casos no fue la única historia. Al comparar las seis olas observamos una transición progresiva desde cuadros con mayor afectación respiratoria y necesidad de cuidados hospitalarios hacia presentaciones con más síntomas de vías respiratorias superiores y mayor manejo ambulatorio.

De la falta de aire al predominio de síntomas respiratorios altos

En la primera ola, 47.6% de las personas confirmadas presentó disnea o falta de aire. En la sexta ola la proporción fue de 4.9%. El dolor torácico disminuyó de 41.8% a 7.6%, y la taquipnea —respiración anormalmente rápida— pasó de 4.4% a ningún caso registrado en la sexta ola.

Al mismo tiempo, algunos síntomas de vías respiratorias altas se hicieron más frecuentes. La rinorrea o escurrimiento nasal aumentó de 32.3% en la primera ola a 85.4% en la sexta; el dolor al tragar pasó de 52.5% a 77.8%.

Estos cambios no permiten diagnosticar una variante por los síntomas. Sí muestran que el perfil clínico observado por los servicios de salud fue distinto a medida que avanzó la pandemia.

La gravedad y la mortalidad disminuyeron

En la primera ola, 57.2% de los casos sobrevivió sin haber requerido oxígeno; para la sexta ola esa proporción alcanzó 94.4%. La proporción de fallecimientos entre los casos confirmados pasó de 24.0% en la primera ola a 0.7% en la sexta.

En el conjunto del periodo, 1,079 pacientes necesitaron hospitalización, 647 recibieron oxígeno y 432 fueron intubados. De estos últimos, 400 fallecieron. Esa mortalidad extremadamente alta entre las personas intubadas se concentró sobre todo en las primeras etapas y merece una lectura cuidadosa: probablemente refleja una combinación de enfermedad grave, llegada tardía, saturación hospitalaria, criterios de intubación y limitaciones de capacidad crítica. El diseño del estudio no permite separar cuánto aportó cada factor.

¿Por qué cambió tanto la enfermedad?

La reducción de la gravedad coincidió con varios procesos que ocurrieron al mismo tiempo:

  • el avance de la vacunación;
  • la inmunidad acumulada por infecciones previas y vacunación;
  • el reemplazo de variantes, con predominio de Ómicron desde la cuarta ola;
  • la experiencia adquirida por los equipos de salud y la mejoría de los protocolos clínicos.

La palabra clave es coincidió. No secuenciamos el virus de cada paciente y tampoco contamos con su antecedente individual de vacunación. Por eso no podemos afirmar que una variante o la vacuna explique por sí sola la evolución de cada caso.

Lo que Tapachula puede enseñar a los servicios de salud

Las epidemias no ejercen siempre la misma presión. En una etapa pueden faltar camas, oxígeno y capacidad de cuidados críticos; en otra, el reto puede trasladarse a la consulta ambulatoria, el diagnóstico y la vigilancia.

La experiencia de Tapachula sugiere cuatro prioridades para futuras emergencias respiratorias:

  1. Capacidad flexible: poder ampliar camas, oxígeno y personal sin desatender los servicios esenciales.
  2. Vigilancia conectada con la clínica: relacionar oportunamente los cambios en casos, síntomas y gravedad.
  3. Primer nivel fortalecido: identificar deterioro, atender cuadros leves y referir a tiempo a quienes presentan signos de alarma.
  4. Preparación adaptada al territorio: las ciudades fronterizas requieren planes que consideren movilidad, desigualdad y disponibilidad real de recursos.

Lo que el estudio no puede responder

Se trató de un análisis descriptivo de registros clínicos y de vigilancia. Pudo existir subregistro, especialmente durante los picos. Los criterios de prueba y diagnóstico pudieron variar entre unidades y momentos. Además, las variantes se asignaron por su predominio nacional en cada periodo, no mediante secuenciación individual.

También es importante recordar que los datos terminan en enero de 2023. Describen cómo cambió la pandemia en ese periodo; no representan por sí solos la situación epidemiológica actual.

El mensaje principal

La disminución observada en la gravedad no significa que la COVID-19 haya desaparecido. Significa que una epidemia puede cambiar de forma profunda y que los sistemas de salud deben aprender y ajustarse con la misma rapidez.

Hoy la vacunación forma parte del manejo sostenido de la COVID-19. La Organización Mundial de la Salud mantiene recomendaciones de vacunación periódica para los grupos con mayor riesgo de enfermedad grave, que deben aplicarse de acuerdo con los programas y lineamientos nacionales vigentes.

Mirar las seis olas en conjunto permite transformar una experiencia dolorosa en preparación: mejores datos, atención primaria sólida, capacidad hospitalaria adaptable y decisiones que reconozcan las particularidades de cada comunidad.

Fuentes

La información de este sitio es educativa y no sustituye una valoración médica individual ni las recomendaciones de las autoridades sanitarias.

Gusano barrenador: ¿Qué revelan 204 casos humanos en México?

Analizamos los primeros 204 casos humanos confirmados en México. Chiapas concentró casi seis de cada diez y las piernas fueron el sitio más afectado.

Durante décadas, el gusano barrenador del Nuevo Mundo parecía un problema superado en México. Eso cambió cuando reaparecieron casos en animales en 2024 y, posteriormente, casos humanos en 2025.

En un estudio publicado anticipadamente en la revista Emerging Infectious Diseases, analizamos los casos humanos confirmados por el sistema nacional de vigilancia entre el 13 de abril de 2025 y el 14 de marzo de 2026. Karla Navarro-Fuentes y Héctor Rincón-León participamos como coautores.

¿Qué es el gusano barrenador?

El nombre científico de la mosca es Cochliomyia hominivorax. La mosca adulta no “barrena” el cuerpo: el problema comienza cuando la hembra deposita sus huevos en una herida, una zona inflamada, una mucosa o un orificio natural.

Los huevos pueden abrirse en 12 a 24 horas. Las larvas penetran la lesión y se alimentan de tejido vivo, por lo que la miasis puede avanzar con rapidez y causar destrucción del tejido, infección bacteriana y pérdida de función si no se atiende oportunamente.

¿Qué encontramos?

Los informes oficiales registraron 204 casos humanos confirmados durante el periodo estudiado. En 202 existía información suficiente para analizar sus características clínicas y epidemiológicas.

  • Para marzo de 2026 ya se habían notificado casos en 12 entidades federativas.
  • Chiapas concentró 119 casos, equivalentes al 58.3% del total. Tapachula fue el municipio con más casos analizados: 35.
  • El 71.8% ocurrió en hombres y la edad promedio fue de 61 años.
  • Las piernas y los pies fueron la localización reportada con mayor frecuencia: 55% de los casos.
  • El 76.7% tenía al menos una condición clínica o social concurrente. Entre las más frecuentes estuvieron diabetes, consumo problemático de alcohol, hipertensión, neoplasias y padecimientos asociados con úlceras de la piel.
  • Se registraron seis fallecimientos entre las personas con miasis; al momento del reporte, sólo uno fue atribuido directamente a la infestación. La información disponible no permitió determinar cuánto pudo contribuir la miasis en los otros cinco.

Estos datos describen a las personas que fueron detectadas y notificadas. No significan que ser hombre, tener diabetes o vivir en Chiapas cause por sí mismo la enfermedad.

Las heridas crónicas merecen especial atención

La frecuencia de lesiones en las extremidades inferiores y de enfermedades concurrentes señala un punto práctico: las heridas crónicas, las úlceras, la disminución de la sensibilidad, la inmovilidad o las dificultades para el autocuidado pueden retrasar la detección del problema.

Por eso es importante revisar diariamente cualquier herida, en particular en pies y piernas; lavarla y mantenerla cubierta según las indicaciones del personal de salud; y buscar atención si empeora, presenta secreción, dolor creciente, mal olor o larvas visibles.

La sospecha de miasis requiere valoración médica. El tratamiento puede incluir retiro cuidadoso de las larvas, limpieza y manejo de la lesión, control del dolor y tratamiento de infecciones bacterianas. Los antiparasitarios sólo se utilizan en casos seleccionados y bajo supervisión profesional. No es recomendable intentar retirar profundamente las larvas ni automedicarse.

Un problema humano, animal y ambiental

La misma mosca puede afectar al ganado, animales de compañía, fauna silvestre y personas. Por eso su control exige un enfoque de Una Salud: vigilancia coordinada, diagnóstico y notificación oportunos, atención de animales afectados, control de su movilización y medidas para disminuir la población de la mosca.

La aparición de casos en animales puede advertir que el insecto ya circula en una zona antes de que se detecten casos humanos. La coordinación entre los servicios de salud, veterinarios, productores y comunidades es parte esencial de la prevención.

Lo que todavía no sabemos

Nuestro trabajo fue un estudio descriptivo basado en informes de vigilancia. No contó con una población de comparación ni con denominadores que permitieran calcular la incidencia o el riesgo individual. Además, es posible que existan casos no reconocidos o no notificados.

El periodo analizado terminó el 14 de marzo de 2026. Por lo tanto, sus 204 casos no deben presentarse como el total actual del país. La vigilancia oficial continúa y sus informes posteriores deben consultarse para conocer la situación más reciente.

El mensaje principal

No se trata de generar alarma, sino de reconocer un problema que volvió y que puede causar daño grave si pasa inadvertido. Cuidar las heridas, examinar de forma intencional las lesiones —especialmente en personas con dificultades para el autocuidado— y solicitar atención temprana son medidas sencillas que pueden cambiar el desenlace.

La reemergencia del gusano barrenador también nos recuerda algo más amplio: la salud humana no puede separarse de la salud animal ni del ambiente.

Fuentes

La información de este sitio es educativa y no sustituye una valoración médica individual.

Sobre el COVID en junio/julio de 2021

Miércoles 30 de junio de 2021

Esta es una breve actualización sobre lo relevante en relación con COVID a la mitad del 2021. En México, tenemos 5 vacunas diferentes que están siendo aplicadas a la población, y aproximadamente el 33% de la población mayor de 18 años ha recibido alguna dosis, aunque con esquema completo -las dos dosis en las vacunas que tienen este esquema-, únicamente a 19 millones, lo que representa sólo el 21% de ese grupo. Aún no es suficiente, pero va avanzando. Otra buena noticia es que la semana pasada inició el registro para vacunación de las personas de 30 años en adelante, lo cual es muy importante porque en estos momentos son el grupo poblacional más afectado por la enfermedad.

El punto de mayor importancia en este momento es la variante Delta, que posee características especiales que la hacen un riesgo mayor para todos.

La variante Delta se identificó en diciembre del 2020 en la India, y desde entonces ha ido diseminándose por el mundo poco a poco, se ha verificado ya en 80 países; en el Reino Unido, de donde salió la primera variante de interés clínico, la Alfa, la variante Delta ha adquirido importancia relativa y está convirtiéndose en la variante dominante, ya ha sido detectada en los Estados Unidos, pero aún en menos del 3% de los casos, también en México ya se reportó -en Nuevo León-, pero hasta ahora han sido casos aislados.

La principal preocupación es que esta variante puede producir una nueva ola de enfermedad, a diferencia de las otras variantes, esta sí es más mortífera, causa una infección más severa; la variante Alfa es un poco más infecciosa que la infección original, pero no causa una enfermedad más grave, la Delta sí lo hace, ocasiona enfermedad más seria y mayor mortalidad, y es aproximadamente 60% más infecciosa que la variante Alfa.

La buena noticia es que la variante Delta es aún cubierta por las vacunas, las vacunas actuales cubren estas nuevas variantes, al menos hasta ahora. La mala es que mientras la pandemia continúe, seguirán apareciendo variantes y puede llegar una que no sea cubierta por las vacunas, lo que sería terrible, significaría comenzar de nuevo como el año pasado. Mientras más gente se infecte, existen más probabilidades de que aparezcan nuevas variantes. Es la evolución ocurriendo a cada momento.

Y aún en países con altas tasas de vacunación, la infección se está manteniendo debido al porcentaje de la población que no se ha vacunado, incluso en países con mucha más cobertura que México, como los Estados Unidos, aún están lejos de la inmunidad de rebaño, a México le falta mucho más.

En los países con alta vacunación, las personas que están siendo hospitalizadas con la variante Delta son personas no vacunadas. Las vacunas actuales -las más estudiadas son las de RNAm como Pfizer y Moderna- proveen más o menos 90% de protección contra ser hospitalizado por la variante Delta.

Así que en este momento la única opción para los tomadores de decisiones en salud es: ¡VACUNAR a toda la población! Es la única manera de realmente poder frenar la pandemia y evitar nuevas oleadas de enfermedad.

En este punto creo que tenemos tres posibilidades, una -la menos probable desafortunadamente- es que realmente alcancemos la inmunidad de rebaño vacunando a marchas forzadas a toda la población, evitando así la aparición de nuevas variantes que representen un peligro para los ya vacunados; otra posibilidad, el peor escenario posible, es que a falta de vacuna la infección siga manteniéndose y aparezca una nueva variante que sea resistente a la inmunidad generada por la vacuna y por la infección previa, esencialmente REINICIANDO el escenario de pandemia del año pasado, ¡imaginen eso!

Yo creo que conforme van apareciendo nuevas variantes, y si tenemos la suerte de no llegar al peor escenario posible, podrá ocurrir la posibilidad intermedia: la enfermedad se mantendrá circulando y tendremos que recibir una nueva vacuna de refuerzo anualmente, la cual será actualizada para las variantes novedosas, tal como ocurre con influenza.

Recordemos que anualmente en México ocurren alrededor de 30 mil muertes por influenza con todo y la vacunación anual, es muy posible que en el escenario futuro tengamos el equivalente a los 30 mil muertos por influenza y otros 30 mil por COVID, actualizando y vacunando anualmente a la población.

Este último será, creo, el escenario más probable.

Y las personas que eligen no vacunarse -sumadas a las que no tienen acceso a la vacuna por la falta de ella a nivel mundial- serán las responsables de que la pandemia se mantenga y se convierta en una enfermedad endémica.

El otro tema importante es que ya se ha reconocido por la OMS y diferentes instancias de salud en todo el mundo que están ocurriendo casos de miocarditis con las vacunas de RNAm; hasta ahora estos casos han ocurrido en el orden de los 12.6 casos de miocarditis por 1 millón de dosis, se considera un evento raro y, claro, los beneficios de la vacuna son inmensamente mayores al riesgo. Los eventos de miocarditis asociados a vacunación han sido casos leves de los cuales muy pocos han requerido hospitalización. Han sido casos raros, leves y temporales, para la mayoría de ellos no habrá ninguna consecuencia a largo plazo, aunque claro, habrá casos graves que incluso puedan ocasionar muertes.

Desafortunadamente creo que esto -la miocarditis- será una nueva oportunidad para que los antivacunas sigan torpedeando los programas de vacunación.

Todo medicamento, todo, sin falta, posee efectos secundarios y si las personas tomaran tantos medicamentos como vacunas aplicadas, los veríamos con mucha más frecuencia. Cientos de personas mueren cada año en México y en cada uno de los países del mundo sólo por tomar paracetamol. En Inglaterra es la principal causa de falla hepática. Casi siempre es por tomar demasiado, aunque siempre pueden ocurrir casos de reacciones con las dosis correctas, la cosa es que todos los medicamentos poseen el potencial de ocasionar reacciones y eso se pierde de vista al satanizar a las vacunas siguiendo intereses políticos o anticientíficos.

Nunca será una mejor opción esperar que la pandemia infecte a la población mundial y se genere una inmunidad de rebaño natural, porque siempre aparecerán variantes y la enfermedad no se detendría nunca, ocasionando millones de muertes anuales.

Espero que podamos alcanzar el escenario ideal y cerrarle el paso a la enfermedad y sus variantes, o al menos un escenario intermedio en el cual podamos tener una vacunación anual y mantenerla a raya. Depende sobre todo de la capacidad del país para completar la vacunación de toda la población en el menor tiempo posible, esperando que la variante Delta y las que sigan no nos ganen la partida. ¡Esperemos!